Mirándose en un espejo que le devolvió una imagen que nadie le conocía, Florencio Randazzo, con un solo gesto quemó varias bibliotecas sobre teoría política, casi todas los que abordan la política pragmática, y se consumió a sí mismo en una incomprensible hoguera de vanidades, tan sólo a horas del cierre de listas electorales de las que saldrá el próximo presidente de la Nación.
En mayo, Tres Líneas informó con fuentes de su ministerio que Randazzo sería precandidato presidencial “hasta que la Paso de agosto digan lo contrario”, (http://www.treslineas.com.ar/elecciones-2015-randazzo-para-presidencia-n-1273760.html) y la garantía de esa voluntad era el hecho de que ningún dirigente K lo había convencido de morigerar sus críticas a Daniel Scioli, incluida una charla con la propia presidenta, “en la que caminó por la cornisa”. Todo un antecedente.
El miércoles pasado en Olivos, otra vez como interlocutor de la presidenta, el ministro y hasta entonces precandidato presidencial, fue presa del desequilibrio y con metáfora o sin ella, cayó al peor vacío que le puede aguardar a un dirigente: el político.
Pisoteó a la ciencia política clásica y a las dos grandes vías por donde transita la vida del dirigente político. La Arquitectónica, todo lo que es capaz de construir en su carrera que le permita ascender, escalar; y la fase Agonal, en la que aplica todo su talento y bagaje personal para evitar su ‘muerte’ política.
Con créditos enormes provenientes de la entrega de trenes cero kilómetro, de nuevos documentos personales a domicilio en tiempo récord, o el reparto de la tarjeta SUBE de subsidio a usuarios del transporte público, en términos arquitectónicos Randazzo lo tenía todo, como en un sueño. En la otra vía, Florencio trastabilló mal.
Apenas fue Carlos Zannini vice de Scioli, Randazzo cayó en estado de amnesia y ya no se reconoció a sí mismo ni a nadie más. Para su desgracia, tampoco a la presidenta Cristina Kirchner. Y fue justo ante su mayor benefactora que intentó un incomprensible juego de resistencia y negociación, omitiendo su evidente falta de pinet para encarar semejante empresa.
Dueño de una autoestima formidable, creyó poder imponerle sus puntos de vista. ¿Qué imagen le habría devuelto antes el espejo? Interrogante de diván psicoanalítico, solo un profesional del rubro podría hacer ‘hablar’ al espejo, por otro lado típico objeto de vanidad. Pero abandonó Olivos siendo candidato a nada y sin precisiones sobre su suerte dentro del gabinete.
Militante del peronismo, fuerza política verticalista si las hay, Randazzo se desubicó históricamente igual que aquellos jóvenes de finales de los años 60, quienes al visitar al general Perón en Puerta de Hierro, frustrados porque el jefe político ante el que reportaban les impartía directivas que ellos no compartían.
Aún inoportuna, inconveniente, aquella primera JP de nombres imborrables como Envar El Khadri, Jorge Rulli, Felipe Vallese o Carlos Caride, militaron y resistieron en contexto de dictaduras militares represivas y, aún enfrentados a su líder, no abandonaron el peronismo. En contraste, Florencio renunció a todo en abundancia, despegándose del proyecto colectivo.
La nota de Tres Líneas citada más arriba, incluía afirmaciones muy enfáticas acerca de una lucha sin retorno de parte de Randazzo, quemador de naves y puentes, capaz de resistir todos los archivos. “Seré presidente o no seré nada”, decía. Ese es el único consuelo para el ministro. Sin contar el tremendo costo político y personal, es cierto: cumplió con su palabra.




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