Hacer memoria, "reconstruir" la vida y romper el "mandato de silencio": relatos de hijos rebeldes de genocidas

Hacer memoria,

A 50 años del último golpe de Estado, El Canciller habló con tres miembros de "Historias Desobedientes", asociación formada por familiares de represores que rechazan el accionar de sus parientes y luchan por los derechos humanos.

 

María Josefina Severino

 

os 24 de marzo en Argentina interpelan a distintos sectores, desde sobrevivientes de la última dictadura y personas interesadas por los derechos humanos, hasta grupos negacionistas. Incluso, la conmoción por el golpe de Estado de 1976, del que este martes se cumplen 50 años, cala fuerte en familiares de genocidas que repudian el accionar de sus parientes y militan la Memoria, la Verdad y la Justicia. Entre ellos están Javier VacaNéstor Rojo y Adriana Britos, parte de la asociación "Historias Desobedientes" y dueños de vidas muy distintas pero atravesadas por un factor común, que desarrollaron en diálogo con El Canciller: la necesidad de romper con el silencio cómplice.

El primero de ellos, quien aclaró que su verdad es "inconclusa" y que su búsqueda continúa, tiene 61 años y es hijo de Omar Jesús Vaca, suboficial del Ejército e integrante del Destacamento de Inteligencia del exbatallón 121 de Rosario entre 1970 y 1978. El sargento, que murió en 2005 y no llegó a ser juzgado, trabajaba a las órdenes del ex teniente coronel Pascual Oscar Guerrieri, condenado en 2010 a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad.

Omar Jesús (segundo desde la izquierda) junto a sus colegas del Ejército (Foto: gentileza Javier Vaca).

"Yo no tenía conciencia de muchas cosas porque venía de una familia militar", señaló Javier, quien aseguró que hoy "transpira" derechos humanos y recordó que, aunque siempre confrontaba a su padre por el gobierno de facto, hubo un momento bisagra. Fue a fines de la década de 1980, al ver en la televisión una noticia sobre el ex Centro Clandestino de Detención (CCD) Quinta de Funes. Ese fue uno de los lugares por los que había pasado su progenitor, cuyas palabras llegaron como una revelación: "No van a encontrar nada porque quemamos todo".

El licenciado en Ciencia Política y docente señaló que eso "fue clave para ponerlo a él en ese lugar", que era el núcleo de "organización de la represión, la tortura y el genocidio" en el Litoral. Luego lo relacionó con un golpe comando a los tribunales de Rosario en 1984, en el que "robaron todos los archivos de la dictadura", y con su actitud "de limpiar las culpas". Además, tras admitir que quien le dio la vida "se transformó en un objeto de estudio" para él, aclaró que "la reconstrucción es muy lenta" y precisó: "Nos ponemos a hacer memoria de lo que sucedía al interior de nuestra familia".

Javier entendió que su papá era un genocida "después de atar muchos cabos" (Foto: captura de video Memoria Abierta).

En el caso de Néstor, de 56 años y que nació en el partido bonaerense de Azul en el seno de un hogar policial, su historia está marcada por la lucha por su identidad. A los 46 descubrió que quien era su padrino, Mario Rubén Maití, y que fue jefe de su papá de crianza en la Unidad Regional XI, era en realidad su progenitor, lo que lo llevó a iniciar un juicio para confirmar sus orígenes. Supo también que el comisario había sido condenado en la megacausa Base Naval de Mar del Plata. "Yo tuve que reconstruir toda mi vida", confesó.

De un lado, Néstor, y del otro, su papá biológico, Mario Rubén Maití (Foto: gentileza Néstor Rojo).

"Imaginate cómo es que siendo militante terminás siendo hijo de un genocida", reflexionó Rojo -quien para ese entonces ya promovía la defensa de los derechos humanos-, sobre su vínculo con el policía fallecido en 2020 en prisión domiciliaria. Asimismo, tras advertir que nunca más volvió a tener contacto con su mamá, que hoy tiene 94 años y de quien se enteró que cometió hechos de tortura, remarcó: "No quiero ser cómplice del silencio de mi familia".

En ese sentido, reconoció que "es la vida y la mancha" que les "tocó" como parientes de represores y destacó: "Estamos del lado humano de las cosas. Del lado de los 30.000 (detenidos desaparecidos), de las Madres y Abuelas (de Plaza de Mayo) y de los Hijos. Y que aparezcan los bebés que faltan. No olvidamos, no perdonamos y sobre todo no nos reconciliamos".

Néstor (detrás del cartel verde) no pudo denunciar ni declarar contra su mamá debido a que los artículos 178 y 242 del Código Penal lo prohíben (Foto: Facebook Historias Desobedientes Argentina).

Por su parte, Adriana, nacida en 1969, es hija de Hugo Cayetano Britos, jefe de brigada del Departamento de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Córdoba, más conocida como "Patota del D2", quien fue condenado en 2009 por crímenes de lesa humanidad y murió en prisión domiciliaria. Ella entró a la misma fuerza "buscando respuestas", según precisó en diálogo con este medio, pero lamentó: "Solamente encontré silencio".

Britos (a la izquierda) junto a su compañera Mercedes Francés en un evento en Río Ceballos en el marco del 50° aniversario de la dictadura (Foto: gentileza Adriana Britos).

A su vez, señaló que ya de pequeña tuvo noción del accionar de su progenitor. Uno de los hechos que recuerda fue alrededor de 1975, antes del inicio de la dictadura, cuando el comisario llegó a su casa del barrio Parque Liceo con un joven en el baúl del auto y les pidió: "No salgan porque está el bulto afuera". La frase, que aludía a José Osatintsky, hijo de un dirigente de Montoneros que iba a "su destino final", la escuchó en más de una ocasión durante sus vacaciones en el ex CCD Chalet de Hidráulica, en donde vivió sus "experiencias más terribles".

Adriana, una de sus hermanas, su mamá y su abuela en el bote en el que a veces estaban "los bultos" (Foto: gentileza Adriana Britos).

"En algún momento a mi padre le pregunté dónde estaban los desaparecidos y él me dijo 'no me acuerdo'", señaló Britos y advirtió que "él ejercía su cargo incluso adentro" de su casa, en donde eran cuatro hijas y su madre, quien en la actualidad "no se anima a declarar porque tiene miedo". Al respecto, relató que si alguien "quería revelar algo de su actividad", amenazaba con que las "iba a quemar vivas a todas". Ese poder se había manifestado ya en 1965 cuando, según supo años después, su papá asesinó y desapareció a dos hermanos mellizos de ella.

Hugo Cayetano Britos se refería a las Abuelas de Plaza de Mayo como mujeres que estaban "locas" (Foto: gentileza Adriana Britos).

Tanto Javier como Néstor y Adriana enfrentan el negacionismo de parientes y eligen la desobediencia para "romper el mandato de silencio". Así, el primero de ellos expresó su preocupación por "los discursos y la ideología de fondo de este Gobierno, que promueve el odio y el rechazo a todo aquel que piense distinto, al igual que se hacía en la dictadura", mientras que el segundo opinó que "Victoria Villarruel es hija obediente", y la tercera subrayó: "No me van a poder decir que no hubo represión o genocidio o la teoría de los dos demonios o que esto no ocurrió o que no son 30.000".

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