FATE, la caída de una empresa que fue símbolo de soberanía tecnológica

FATE, la caída de una empresa que fue símbolo de soberanía tecnológica

Construyó calculadoras de vanguardia, que se exportaban, desarrolladas por investigadores expulsados por la dictadura. Su cierre simboliza los embates recurrentes contra la idea de que un país periférico puede desarrollar tecnología soberana 

Por

Nora Bär

En estos días las quiebras de empresas se suceden a ritmo de vértigo. Suman decenas de miles en los últimos dos años; según Fundar, exactamente 21.938. Pero aunque todos son lamentables, algunos representan más que meras noticias económicas. El cierre de FATE (Fábrica Argentina de Telas Engomadas, luego convertida en productora de neumáticos y pionera de la electrónica nacional) es el epílogo de una larga historia y un símbolo de los embates contra un proyecto de país. 

Para entender por qué su desaparición es trascendente, y no solo para sus casi mil trabajadores que quedan en la calle, hay que remontarse a hace más de ocho décadas. A un vendedor ambulante de impermeables en el barrio del Once. A la Segunda Guerra Mundial. A la “noche de los bastones largos”. A una calculadora que sacó del mercado argentino a Olivetti. Y a un ingeniero, entre varios otros, que todavía recuerda aquellos años como la aventura más importante de su vida.

Su fundador, Leiser Madanes, llegó a la Argentina desde Polonia en 1912 como tantos otros a “hacer la América”. Después de trabajar durante años como vendedor ambulante, pudo instalar un negocio en el corazón del Once: la Casa Madanes, cuyo producto estrella eran los “capotines”, impermeables de hule para la lluvia. Pronto comenzó a diversificarse hacia otros derivados del caucho, hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial y el caucho se convirtió en un material estratégico que empezó a escasear. Comenzó a procesarlo industrialmente, y en 1940 funda FATE Neumáticos. La primera planta, en el barrio porteño de Saavedra, tenía apenas 1.000 metros cuadrados.

 

La fabricación de neumáticos comenzó en pequeña escala

 

“Cuando ellos se iniciaron, no había neumáticos nacionales –cuenta Bruno Massare, editor de la agencia de noticias científicas y tecnológicas TSS de la Universidad Nacional de San Martín, docente e investigador en ciencias sociales, cuya tesis doctoral se centra en FATE Electrónica–. Ellos literalmente crearon una industria, algo muy valioso. Y crecieron a pulmón. Desarrollaron el primer neumático radial del país y en los años setenta, una calculadora de primer nivel; al punto que llegaron a exportarla a Inglaterra, México y Brasil. Fueron, claramente, líderes en América Latina. Y pudieron hacerlo porque era una empresa que apostaba a la investigación en un momento en que eran pocas, muy pocas las compañías que hacían desarrollo de tecnología”. 

El gran salto vino al terminar la guerra, cuando Estados Unidos modernizó su aparato productivo y liberó equipamiento industrial para la exportación. Los Madanes negociaron con empresas norteamericanas, firmaron un convenio de transferencia de tecnología y en 1960 comenzaron la construcción de una nueva planta en San Fernando, en un predio de 65 hectáreas con 47.000 metros cuadrados cubiertos y maquinarias que representaban la más avanzada tecnología disponible. En 1969, fabricaron el primer neumático radial "made in Argentina”, que permitió sortear la escasez del mercado internacional, una revolución tecnológica impulsada por las terminales automotrices. Para ese momento, la planta ya empleaba a 800 personas.

Ese emprendimiento fue fruto de una serie de acontecimientos paradójicos. El 29 de julio de 1966, tres semanas después del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía, la policía entró con bastones a las facultades de Ciencias Exactas, Arquitectura, Medicina e Ingeniería de la UBA, y golpeó a estudiantes y docentes que se resistían a la intervención. Muchos investigadores renunciaron o fueron expulsados. Otros emigraron. Manuel Madanes —hijo de Leiser y por entonces a cargo de la empresa— había sido compañero de escuela y era muy amigo de Manuel Sadosky, el matemático que sería luego conocido como el padre de la computación argentina (organizó el Instituto de Cálculo de la UBA y trajo al país la primera computadora en una universidad, Clementina). Tras la “noche de los bastones largos”, Madanes le enviaba dinero para sostener a algunos de los profesionales que habían sido desplazados de la universidad. Según explica Elio Díaz, que fue desde operario hasta gerente y estudioso del caso FATE y coautor del libro Una Experiencia de Desarrollo Independiente de la Industria Electrónica Argentina de Tecnología de Punta, Fate División Electrónica 1969-1976, fue el propio Sadosky quien un día le propuso un cambio de lógica: en lugar de darle dinero, ¿por qué no tomaba directamente a esa gente para trabajar en el desarrollo industrial de la empresa?

 

Carlos Varsavsky (a la izquierda) y Manuel Madanes

 

Así, Madanes incorporó a investigadores del Instituto de Cálculo, estadísticos, matemáticos, físicos de Exactas. Entre ellos, estaba el astrofísico Carlos Varsavsky, docente e investigador que terminó convirtiéndose en asesor de investigación. Un poco por la visión de estos pioneros y otro por la tragedia de la represión, FATE se convirtió en algo sin precedente en la historia industrial argentina: un ámbito en el que científicos trabajaban en el desarrollo de tecnología de punta.

"En ese tiempo eran muy pocas las compañías que hacían desarrollo de tecnología –destaca Massare–. La Argentina ya entonces tenía recursos humanos muy buenos para investigación, en química, en matemática, en lo que era la incipiente computación. Esa gente, que tenía cargos de investigación en la universidad, termina recalando en FATE”.

La calculadora que doblegó a Olivetti

El ingeniero Roberto Zubieta, que dirigía un laboratorio de semiconductores en la Facultad de Ingeniería de la UBA, articuló el equipo que haría historia. A través de Carlos Varsavsky, la gente de FATE lo contactó con la idea de que la empresa pudiera realizar algo desarrollado por técnicos e ingenieros argentinos. Zubieta convocó a Pedro Joselevich, ingeniero en telecomunicaciones especializado en electrónica, que por esas cosas de la vida había ingresado al mundo de los sistemas digitales gracias a una beca en Philips. También se sumó Alberto Bilotti, nacido en Bahía Blanca y graduado en la Universidad Nacional de La Plata, a quien Joselevich (hoy de 89 años) describe como "un ingenierazo".

El objetivo era audaz: diseñar y fabricar en el país una calculadora electrónica de punta, usando lo más avanzado de la tecnología disponible. En ese momento, eso significaba la "lógica TTL, transistor-transistor", que era la vanguardia de los circuitos integrados.

 

La calculadora electrónica Cifra 311, una de las primeras del mundo

 

"Fue una aventura tecnológica que recuerdo como la más importante de mi vida", cuenta ahora Joselevich, emocionado.  El proceso resultó largo y artesanal: primero diseñaron todo en papel, después construyeron un prototipo cableando manualmente los pines [terminales metálicas conductoras que permiten la conexión eléctrica entre el chip interno y componentes externos] de los circuitos integrados. Cada defecto se corregía, cada componente se ajustaba. “No tenían impresora, así que un colega que había partido a Palo Alto, en Silicon Valley, actuó como embajador técnico y consiguió una de la firma Seiko”, detalla Joselevich, que diseñó la interfaz que permitía que la calculadora la comandara.

El diseño físico de la caja fue otra batalla: se involucraron dos arquitectos expertos en diseño industrial, Silvio Grichener –que había trabajado en Philips de Brasil– y Arturo Montagú. Hubo grandes discusiones, porque hacerla de plástico, en pequeña escala,  resultaba muy costoso. Al final, la caja fue de aluminio. El teclado, al principio importado, luego se integró localmente. El diseño de los circuitos impresos, 154 elementos que había que ensamblar e interconectar, se realizó en Estados Unidos con métodos que Joselevich califica como muy laboriosos.

“La primera calculadora así construida fue bautizada Cifra 311. Tenía 150 circuitos integrados de tercera generación. Y era tan buena que puso en tela de juicio la existencia de Olivetti en el mercado argentino: la superaba tecnológicamente”, afirma Díaz. Así, FATE Electrónica, como fue llamada la división creada para este proyecto, fue creciendo, lanzando nuevas series. Una calculadora científica pequeña, otra en plástico fabricada en grandes cantidades, máquinas de contabilidad, circuitos impresos de doble faz, minicomputadoras. Llegaron incluso a desarrollar el prototipo funcional de una computadora completa.

 

FATE fabricaba neumáticos de alta tecnología

 

Esta área de investigación llegó a tener 80 personas. “Para hacerse una idea –subraya Massare–,  en 1976, toda la industria manufacturera argentina contaba con apenas 245 científicos e ingenieros. Un tercio de ellos trabajaban en FATE”.

En 1975, FATE Electrónica —sin contar Aluar ni la división de neumáticos— tenía 860 empleados. Era una empresa enorme desde cualquier punto de vista, pero especialmente si se la mide en el contexto de la industria tecnológica latinoamericana de la época.

“Todo esto se hizo en un entorno político-económico en que el Estado nos ayudaba, permitiéndonos importar los componentes necesarios que no se fabricaban en el país con aranceles muy bajos, pero con el compromiso de FATE Electrónica de integrar cada vez más –recuerda Díaz–. Se hicieron varias series de calculadoras diferentes. Una científica chiquita, una ya con una matriz para plástico, porque las cantidades eran mayores, con una impresora nueva, mucho más pequeña. Después, se empezaron a fabricar circuitos impresos con una técnica muy avanzada. Eso fue un desarrollo tecnológico importante, porque no es nada simple de hacer. También máquinas de contabilidad”.

"La División Electrónica fue una apuesta fuerte y atrevida: encaró la producción escalonada de calculadoras de escritorio y de mano, sistemas contables y finalmente, una computadora argentina, Con el golpe de 1976 todo terminó. Dos arietes derribaron este proyecto de autonomía tecnológica: el fin de las protecciones y medidas de apoyo del Estado que recibió la empresa; y la apertura económica impulsada por el neoliberalismo del Ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, permitiendo la invasión de calculadoras y computadoras extranjeras que sí tenían apoyo de sus respectivos Estados. Todo agravado con un creciente clima de represión, persecución política y exilio para sus protagonistas", escribe Bruno Pedro de Alto en Visión País.

 

 

Durante unos años, fue una alianza entre empresa privada y política pública, algo paradójico, porque ocurrió durante un gobierno que había destruido la universidad. Como señala Díaz, el mismo golpe de Estado que expulsó a los científicos de las aulas, en un rasgo de nacionalismo, permitió el desarrollo tecnológico de la industriaPero el mismo mecanismo que habilitó el crecimiento fue también el instrumento de su destrucción. En 1976, con el golpe de Estado encabezado por Jorge Rafael Videla y la llegada de José Alfredo Martínez de Hoz al Ministerio de Economía, un nuevo esquema arancelario estableció que importar los componentes electrónicos costaría más que importar el producto terminado. De un día para otro, resultaba más barato traer una calculadora completa desde Japón que fabricar una en Argentina. “Todo eso se canceló cuando vino el señor Martínez de Hoz, que impuso aranceles sobre los componentes mayores que los que se aplicaban al producto terminado y la producción japonesa hizo inviable la existencia de FATE Electrónica”, cuenta Díaz

"La producción japonesa hacía inviable la existencia de FATE Electrónica", recuerda Pedro Joselevich con una amargura que no se disipó con los años. Massare coincide en que la ventaja tecnológica que FATE había construido con tanto esfuerzo se perdió de manera abrupta en 1976. No por razones técnicas ni por limitaciones del talento local, sino por un cambio en la idea de país. FATE Electrónica desapareció y el prototipo de computadora que había desarrollado, que podría haber marcado una época, quedó abortado.

 

 

Antes de que la electrónica colapsara, FATE había dado otro paso en su diversificación. A partir del asesoramiento de investigadores de Exactas, la empresa había explorado la posibilidad de producir aluminio a partir de tierras de Misiones. Era una ilusión técnicamente costosa. Pero la Fuerza Aérea tenía un proyecto propio de producción de aluminio y Manuel Madanes decidió asociarse. De esa alianza improbable nació Aluar, la única empresa productora de aluminio primario de la Argentina y una de las más importantes de Sudamérica. Con el tiempo, ese terminó siendo el principal negocio del grupo. 

“Podríamos decir que FATE tiene tres historias: sus inicios como fábrica argentina de telas engomadas, la producción de neumáticos, la electrónica, y la productora de aluminio”, resume Díaz. En 2015, FATE fabricaba anualmente más de 15 millones de neumáticos para automóviles, camionetas, camiones, ómnibus, tractores y maquinaria vial. Tras la muerte de Manuel Madanes, el liderazgo de la empresa pasó por una serie de conflictos sucesorios hasta recaer en Javier, su nieto, que Elio Díaz describe como un hábil empresario, pero sin el espíritu de su abuelo. 

 

Manuel Sadosky

 

Más allá de los responsables individuales, el cierre de FATE tiene una dimensión que trasciende lo empresarial. Pedro Joselevich lo siente como un duelo. “Un país sin desarrollo industrial es un país para menos gente –afirma Massare–. No se puede vivir solamente de servicios o del agro. Sin industria se pierden capacidades como país, soberanía”. 

FATE es, en este sentido, una demostración empírica de ese principio. La empresa pudo hacer calculadoras porque ya tenía un laboratorio y una cultura de investigación forjados en la producción de neumáticos. Pudo hacer Aluar porque tenía el músculo institucional y el capital humano acumulado en tres décadas de industria y la capacidad de desarrollo tecnológico que había logrado en otra área.

La pregunta que plantea su desaparición no es solo qué perdemos, sino qué queremos ser. Sin políticas que permitan aprovechar el conocimiento y el talento de nuestros científicos, su traducción en industria, en exportaciones, en empleo calificado, en soberanía. Su cierre es el epílogo lamentable de una historia que llegó a mostrar que con políticas públicas adecuadas y talento científico es posible competir en la primera línea de la tecnología. 

Comentá la nota