Mauricio Macri tendrá el desafío de conseguir las divisas para continuar con el desarrollo y la consolidación del mercado interno.
Cambiemos también deberá resolver el litigio con los buitres sin perder de vista los intereses argentinos. La alta extranjerización, otro reto.
Después de 12 años de kirchnerismo, el presidente electo por Cambiemos, Mauricio Macri recibirá el 10 de diciembre próximo un país que ya sentó las bases de un crecimiento con inclusión y que ahora tiene por delante el desafío de avanzar hacia un modelo de desarrollo autónomo. El primer gran acierto del ex presidente Néstor Kirchner, cuyos beneficios ahora hereda Macri, fue comprender que la única forma de sacar a la Argentina del profundo estancamiento económico que desembocó en la crisis socioeconómica de 2001-02 era dar un giro de 180º y cambiar el paradigma económico neoliberal que reinó desde mediados de la década del '70 hasta el 2002. Kirchner comprendió enseguida que era imposible poner en marcha un programa de crecimiento si la Argentina no se independizaba de las políticas de ajuste y los dictados que el Fondo Monetario les imponen a las naciones en vías de desarrollo. En este contexto y alentado por un país que empezaba a mostrar señales muy fuertes de recuperación, con tasas de crecimiento cercanas a los dos dígitos, Kirchner anunció el 16 de diciembre de 2005, la cancelación anticipada de la deuda total con el Fondo que ascendía a U$S 9810 millones, que la Argentina cubrió con reservas del Banco Central. Como parte de este proceso de desendeudamiento que sigue vigente hoy la administración Kirchner también puso en marcha en 2005 y 2010 un ambicioso proceso de reestructuración de una deuda externa en default de U$S 81 mil millones, que incluyó un canje con quitas de hasta el 70 por ciento. Este proceso de desendeudamiento también comprendió el pago en cinco años de U$S 9700 millones al Club de París.
De acuerdo a un informe de la consultora MCKinsey, la Argentina es uno de los pocos países que redujo la deuda total en relación al PBI, ubicándose hoy ligeramente por arriba del 11% mientras que naciones como Brasil la aumentaron en un 27%; Grecia en un 103%; e Irlanda en un 172 por ciento. Este proceso de desendeudamiento se encontró con un escollo insalvable, cuya resolución definitiva le quedará al gobierno de Macri: los fondos buitre. El problema fue increscendo cuando el juez de juez de Nueva York Thomas Griesa se hizo eco del reclamo buitre y puso en tela de juicio toda la reestructuración de la deuda que había recibido el apoyo de casi el 93% de los acreedores. Ahora los buitres están esperando que asuma el próximo gobierno para tratar de avanzar en una negociación que favorezca sus intereses.
La política de desendeudamiento y el pago puntual del acuerdo con los acreedores, le permitió a la Argentina consolidar la senda del crecimiento que había iniciado en 2003 a través de la recuperación de la economía real y el empleo.
Entre 2003 y 2008, la Argentina creció a una tasa promedio cercana al 8% gracias a una política de recuperación del mercado interno que se motorizó por la instrumentación de políticas heterodoxas que priorizaron la creación de empleo y la mejora del salario real. El quiebre de la lógica neoliberal condujo a una política que orientó un crecimiento traccionado por la demanda, cristalizado en un PBI que casi se duplicó en precios constantes al pasar de los $ 535.828.336.000 en el segundo trimestre de 2004 a los 913.640.350.000 en el segundo trimestre de 2015, una variación superior al 70 por ciento. El consumo de las familias, en el mismo periodo, pasó de $ 353.767.400.000 a 643.057.437.000, un incremento de casi 82 por ciento. Por su parte, el consumo y la inversión del Estado, casi duplicó. En la misma sintonía la inversión privada acompañó el proceso de crecimiento al pasar del 16,62% del PBI al 19,52 por ciento. Uno de los ejes centrales de este crecimiento se sustentó en la recuperación del tejido industrial que hoy tiene una envergadura muy distinta a la de principios del siglo XXI. El macrismo encuentra una Argentina con una fortaleza fabril -que había sido arrasada en las tres décadas precedentes a la era kirchnerista- en franca recuperación y pese a los avatares de la crisis internacional y sus efectos en Brasil. Así, entre 2003 y 2014, el sector industrial se expandió un 92%, llegando a representar el 19,5% del PBI, lo que ubica a la Argentina en una posición privilegiada en comparación con otros países de la región: en Brasil, la Industria representa el 10,8% de su PBI; en Chile, el 10%; en Colombia el 11,1% y en Perú el 14,2 por ciento. Por el lado de las exportaciones de manufacturas de origen industrial, pasaron de U$S 8000 millones en 2003 a U$S 24.100 millones en 2014, mostrando una expansión superior al 200 por ciento.
Asimismo esta Argentina en proceso de reindustrialización que recibirá Macri es un país que ha emprendido el camino de la sustitución de importaciones, reduciendo la participación de las mismas sobre el Producto Bruto. Según los últimos datos disponibles del 2014 se fabrican en el país el 92% de las heladeras, contra el 33% en 2003; el 87% del calzado, contra el 78% en 2003; el 73% de las cosechadoras, contra el 16%; el 52% de las motos contra el 28% o el 94% de los televisores en relación con el 23% de 2003. Pese a la recuperación o justamente por ella, en los últimos 12 años el peso de las multinacionales y las grandes empresas locales en la economía continuó creciendo, fenómeno que se ha ido calcificando desde la dictadura y le plantea muchas interrogantes a Macri pues de no revertirse se profundizará la descapitalización del país. No obstante ello, el nuevo gobierno recibirá un Estado con más herramientas de regulación y control que el existente en la primera etapa del kirchnerismo. Aunque la modernización del Estado y la necesidad de incorporar herramientas más sofisticadas de control de los recursos económicos, tecnológicos y humanos también quedó pendiente. Quizás el organismo mejor dotado a estos efectos sea la AFIP, que en los últimos años sumó tecnología de punta y firmó acuerdos con otros países con el propósito de reducir la evasión y la elusión impositiva. Otros activos importantes que deja el kirchnerismo es la recuperación de empresas clave para el desarrollo nacional y la inclusión social como es el caso de YPF, una petrolera dirigida por profesionales reconocidos en todo el mundo. Pero en el club de las recuperadas no hay que perder de vista a Aerolíneas Argentinas, el Correo Argentino y Aysa, entre otras. Resulta imposible crecer e incluir a todo el territorio si no se cuenta con empresas estatales y nacionales de estas características. Tampoco hay que perder de vista que el 21 de octubre de 2008 el Congreso reestatizó los recursos del sistema jubilatorio que hoy cuenta con un Fondo de Garantía de Sustentabilidad con activos superiores a los $ 540 mil millones. Uno de los problemas que deberá afrontar el próximo gobierno son las históricas dificultades de divisas que hoy se traducen en un nivel de reservas próximos a los U$S 26 mil millones y en las restricciones que se observan a la hora de adquirir dólares en el mercado de divisas.
Macri tendrá que buscar las divisas necesarias para capear la crisis internacional que resintió el ingreso de recursos genuinos de la Argentina por la caída abrupta del precio de los commodities y las menores exportaciones de productos industriales por la recesión en Brasil. Pero una vez que supere la coyuntura, Cambiemos deberá aprovechar todos los activos que cosechó el país en la última década para continuar fortaleciendo la producción industrial y agroindustrial, incorporando conocimiento y valor agregado. Sin perder de vista que esto sólo es posible si se prosigue con un proyecto nacional que incluya a todos los argentinos. «
Inflación, concentración y puja distributiva
En los últimos 12 años no se revirtieron los altos grados de concentración y extranjerización de la estructura productiva local. Estos fenómenos impactaron en la evolución de los precios y seguirán impactando en el futuro, a menos que se profundice una política de desarrollo que tienda a introducir más competencia en los mercados y una mayor nacionalización. Así, por ejemplo, se ha verificado la fuerte relación que existe entre los precios internos mayoristas de la siderurgia, la química básica, el petróleo y los cereales con los precios internacionales de esos productos. Por esa razón, en contextos de subas de precios internacionales (como sucedió hasta hace poco, con el ciclo de los commodities) eso redundó en incrementos significativos de los precios pagados por los compradores locales, junto con el aumento de las ganancias unitarias de los productores. El mismo efecto de la suba de precios internacionales es el que se verifica en caso de eliminación de retenciones o de devaluación. Pero esa capacidad de trasladar la devaluación y la suba de precios internacionalesable a la eliminación de retenciones) está, a su vez, determinada por los altos niveles de concentración de algunos de los mercados analizados así como por la significativa transnacionalización de la estructura productiva de dichos sectores. En los casos de los sectores que dependen de insumos exportables, lo que se observa son fuertes presiones por el lado de los costos. En sectores de elevada concentración, como el cemento y la cerveza, se verificaron dinámicas de precios divergentes respecto de los costos, las cuales redundaron en fuertes incrementos de la rentabilidad unitaria. A estos factores del lado de la oferta, hay que sumar el componente inercial. Es que Mauricio Macri también herederá un país con una elevada densidad sindical y un movimiento obrero fuerte, producto de la recuperación del empleo de la que da cuenta la brusca caída en la tasa de desocupación desde el 20,4% de 2003 hasta el 5,9% actual. El reempoderamiento del sector trabajador, avalado e institucionalizado por el Estado nacional con las paritarias y el Consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil, ha permitido que el impacto redistributivo de la puja sea progresivo, de modo que los salarios (así como las jubilaciones y asignaciones) les ganaran a los precios. Hoy el 20% más pobre captura el 5,2% del ingreso nacional contra el 2,6% que alcanzaba en 2003. En sentido contrario, el 10% más rico se queda hoy con el 29,7% contra el 39,3% de 2003. Que este notable avance no se retrotraiga a la dinámica de las décadas previas exige una decidida acción del gobierno para poner límite a los formadores de precios, por un lado, y seguir favoreciendo a los sectores populares y medios, por el otro.



Comentá la nota