Por: Ignacio Fidanza. El secuestro de Maduro en una operación militar le permitió a Trump mostrar una victoria sin hundirse en una guerra, como las criticadas incursiones en Irak y Afganistán.
El secuestro del presidente Maduro por parte de militares de Estados Unidos es un acontecimiento político de primer orden, que abre un efecto dominó en el mundo de consecuencias impredecibles. El primer interrogante es que impedirá ahora a Xi Jinping o Putin, que tienen comandos tan buenos como los Delta norteamericanos, optar por una vía similar con los líderes de países que les molestan.
Lo que pasó no es nuevo. La administración de Bush padre en su momento secuestro al presidente de Panamá, Manuel Noriega, que pasó sin escalas de general amigo de Estados Unidos a narco inescrupuloso. Fue las dos cosas.
El New York Times advirtió en su editorial de este sábado que la decisión de Trump puede hundir a Estados Unidos en el pantano de las fallidas experiencias de cambio de régimen, como le ocurrió en Irak, Afganistán y Libia, aumentando en el largo plazo el descrédito internacional de la potencia del Norte.
Pero acaso habría que evitar la tentación de las simplificaciones rápidas. La versión del siglo XXI de la Doctrina Monroe que parece ir delineando Trump, combina de manera muy pragmática, negociación política, presión pública descarada, promesas de premios y castigos económicos y ahora, fuerza militar.
El América para los americanos del magnate, por ahora se caracteriza por intervenciones decisivas para cambiar el estado de las cosas, seguidas de repliegue. Pasó en la Argentina con su ayuda determinante a Milei antes de las elecciones, cuando el Tesoro intervino directamente en el mercado de divisas argentino y Trump condicionó su respaldo al país a un triunfo electoral del libertario. Conseguido el objetivo, no se cumplieron -al menos por ahora- ninguna de las promesas: ni los 20 mil millones de dólares del swap ni los 20 mil millones de dólares del JP Morgan.
La versión del siglo XXI de la Doctrina Monroe que parece ir delineando Trump, combina de manera muy pragmática, negociación política, presión pública descarada, promesas de premios y castigos económicos y ahora, fuerza militar.
El criterio de Trump, muy en sintonía con su visión transaccional de la vida, parece ser tratar de obtener la mayor ventaja geopolítica posible, al menor costo posible. Las constantes amenazas de intervención militar en territorio mexicano para combatir a los carteles, han logrado que el gobierno de izquierda de Claudia Sheinbaum se someta de manera absoluta a las dos prioridades de Trump: blindar la frontera y poner aranceles a China.
Otra simplificación que se ofrece en bandeja es ver la operación de Venezuela como la confirmación de la voluntad imperial de Trump. Si esto es cierto: ¿Qué clase de Imperio imagina el norteamericano, que busca afianzar su poder en Latinoamérica, mientras se retira de Europa? La vocación imperial, es por definición global.
Estados Unidos arrastra desde su consolidación como potencia esas contradicciones. Es el único imperio basado en una democracia directa de la historia y en su rica historia política siempre se han turnado globalistas y aislacionistas. Trump es una mezcla muy peculiar de ambas tendencias.
Tampoco es posible soslayar que el ascenso de China ha magullado la autopercibida excepcionalidad norteamericana. Un ascenso que combina poderío económico, pero también militar y tecnológico. Así, mientras Trump ultimaba los detalles del secuestro de Maduro, submarinos chinos navegaban bajo el hielo del Polo Norte, demasiado cerca de Alaska, anticipando la voluntad de abrir la ruta polar, que acerca Europa a la potencia asiática.
Por eso, acaso las intervenciones en los frágiles países de Sudamérica, ofrezcan a Trump un escenario que disimule la condición de superpotencia desafiada que enfrenta hoy Estados Unidos.
Pero nada es sencillo con Trump, porque no es un presidente ideológico. El detalle que confunde, es que suele agitar temas ideológicos, como la batalla cultural contra el ideario woke. Pero si se mira de cerca se observa que siempre lo hace buscando un rédito electoral y la consolidación de su base, con la que no casualmente suele tener encontronazos, por su tendencia a romper las estructuras ideológicas, incluida la supuestamente propia.
Así se acerca o aleja de Lula según le convenga, lo mismo que hizo con López Obrador antes y ahora con Sheinbaum. En esa plasticidad pragmática es que le saca varios cuerpos a Milei, en el juego de la política grande.
Pero ahora dio un paso irreversible. El régimen chavista tiene que caer y Venezuela tiene que tener elecciones libres por primera vez en décadas. Cualquier intermedio que implique la permanencia del chavismo será leído como una derrota y una estafa, sobre todo por la oposición venezolana que lidera Corina Machado, que ya tuvo que aceptar que Trump ignore su pedido de instaurar en el poder a Edmundo González. Como si fuera tan sencillo como apretar un botón.
Pero claro, para entender lo que pasó, acaso no haya que mirar tanto a Venezuela si no a Estados Unidos. Trump viene de perder casi todas las elecciones importantes que enfrentó este año, incluso tuvo que soportar humillantes derrotas en sus dos ciudades: Miami y Nueva York. Su popularidad está en los niveles más bajos desde que asumió este segundo mandato y su manejo de la economía es muy cuestionado.
No es un secreto que cuando los presidentes norteamericanos enfrentan problemas internos, la tentación de una guerra que blinde su liderazgo, siempre está. Pero como Trump es Trump y su campaña fue contra las guerras eternas de los demócratas, acaso encontró en el secuestro de un Presidente el atajo que buscaba.


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