Fernando GonzalezLos dirigentes del país adolescente se resisten a leer la historia de la Argentina reciente. Echarle un simple vistazo a la decadencia de Raúl Alfonsín que comenzó en el momento en que tanto pensar en aquel tercer movimiento histórico con el que planeaba perpetuarse en el poder le quitó el fuego de sus primeros años de gestión. A Carlos Menem le salió bien su primera reelección, si se pueden extraer conclusiones positivas de aquel Pacto de Olivos que aumentó el número de senadores y cambió el primer ministro que pedía la UCR por la jefatura de gabinete que hoy ocupa Aníbal Fernández. Pero la re-reelección menemista le hizo perder el poder al peronismo y preparó la tormenta perfecta de la crisis de 2001.
Cuando los políticos argentinos empiezan a concentrar sus esfuerzos en el futuro lejano inevitablemente se desacomodan las piezas del presente. Allí están ahora los kirchneristas más desaforados haciendo planes de continuidad para Cristina mirando al 2015 como si la compleja elección de 2011 ya estuviera ganada. Y siempre son los ultras los que alimentan la llama, como también lo fueron con Alfonsín y con Menem, porque son los que carecen de todo proyecto propio fuera de flotar atentos en alguna de las bodegas del barco insignia.
Quisiéramos una Cristina eterna, dijo ayer la senadora Diana Conti, como si se tratara apenas de una broma o como si no supiera el daño histórico que las apuestas a la eternidad le hicieron a la Argentina. Al menos la legisladora habla de un capricho personalista y no de alguna otra hipótesis más arriesgada cercana al surrealismo institucional. Porque hay, por ejemplo, un funcionario kirchnerista de los importantes que desde hace un mes está hablando (afortunadamente hasta ahora lejos de los micrófonos) de impulsar una reforma constitucional que consagre formalmente el predominio de un partido político al que denomina -sin sonrojarse- como de la revolución. Y al que compara con el PRI mexicano que se mantuvo por algo más de setenta años en el poder.
Cristina es presidenta desde hace tres años y tiene el derecho legítimo y personal de presentarse a una reelección en octubre. Si las encuestas la favorecen y el ánimo la acompaña seguramente intentará quedarse en la Casa Rosada por otros cuatro años para lo que deberá vencer a los candidatos de la oposición. Pero éste sigue siendo el país en el que las leyes no alcanzan y se sancionan sólo para quebrarlas. Ojalá este humo retro de re-reelección 2015 sea otra alucinación alimentada por la alcahuetería. Una maniobra de distracción diseñada para desviarnos de las verdaderas carencias. El problema de la Argentina, y el de todos nosotros, es esa insistencia patética en chocar siempre contra los mismos fantasmas.





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