Respeta a Cristina y elogia su capacidad, pero traza diferencias con Kirchner. En los pasillos del poder, aseguran que va "colocando" a sus "doce apóstoles".
El funcionario ya reubicó en otras direcciones estatales a ocho de una docena de colaboradores de su mayor confianza, que llegaron con él en 2004, y a los cuales alguna vez bautizó como los "doce apóstoles".
Reunió al grupo en su oficina durante la noche del viernes 1 de julio y, tras retar a dos porque tenían desacomodadas sus corbatas, les comunicó que al ciclo le quedaban cinco meses.
"Conmigo llegaron y conmigo se irán", les dijo a los ejecutores de sus iniciativas durante siete años de decisiones e intromisiones en organismos como el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), al que intervino en enero de 2007 y sobre el que aún tiene injerencia directa.
Dio pocos argumentos, pero dejó en claro que está cansado y que si bien la relación con Cristina Fernández es buena, no goza de la misma confianza e iguales permisos que cuando era un "soldado" del fallecido Néstor Kirchner, a quien había llegado vía Julio de Vido durante los años '90 en Río Gallegos (Santa Cruz).
Días antes, había anticipado su retirada a un grupo de empresarios --encabezado por uno de sus amigos, el matarife Alberto Samid-- y, rápidamente, surgieron las suspicacias de que podría ser una jugada electoral.
Quienes lo escuchaban mantuvieron dudas sobre la veracidad del mensaje: el propio Moreno había jugado con irse ya en julio de 2008, de 2009 y de 2010.
La muerte de Kirchner, sin embargo, cambió el panorama. Cristina gobierna desde el 10 de diciembre de 2007, pero Néstor era el principal interlocutor del secretario de Comercio y el que le daba las órdenes finales.
En un intento por bajarle el perfil autoritario, Néstor lo bautizó "Lassie". Como respuesta, Moreno colocó una foto de la famosa perra collie en su escritorio y colgó un cuadro con la imagen del ex presidente en el despacho.
También hizo correr el rumor de haber puesto una pistola arriba de la mesa en una reunión con empresarios; llevó guantes de box a Papel Prensa para desafiar en un show filmado a representantes del grupo Clarín y fue echado con amenazas de muerte del mercado ganadero de Liniers.
Hay más datos que sirven para pintar al personaje: es un licenciado en economía que se arremanga la camisa y disciplina a sus inferiores con lenguaje de barrio, que a las mujeres las llama "pebeta" y a los ministros les dice "chabón"; un funcionario reconocido por sus pares como un "enfermo del trabajo" que, de madrugada, llama a sus empleados para pedirles resultados de tareas pasadas.
"Los precios se van al c..., los empresarios hacen lo que se les canta y vos estás durmiendo", reprendió a un colaborador durante un caluroso sábado de marzo de 2010 a las cuatro y cuarto de la mañana.
Siempre con la venia presidencial y con el dedo índice en alto, echó a decenas de profesionales de la secretaría de Comunicaciones, de Comercio Interior y del INDEC, donde incluso se animó a incorporar barrabravas del club Nueva Chicago.
Su salida estará marcada por la necesidad del gobierno de comenzar a corregir la senda por la que transita el INDEC, por alcanzar un consenso con los empresarios para poner coto a la inflación y por la decisión de Cristina de tener colaboradores "de su estilo".
Nada dijo Moreno sobre qué planea para su futuro personal y político. Sólo bromeó con que no se le caerán los pantalones por volver a la ferretería que regenteó en San Martín (norte del conurbano), durante los '90.
"Cristina es una grandísima presidenta y la tenemos que bancar, sea como sea, pero, para mí, no es Néstor. Todos a trabajar. Rápido. Adiós", transmitió Moreno a los "doce apóstoles", se levantó y fue a hablar por teléfono. Como todas las suyas, la reunión se terminó en forma abrupta.





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