Horacio Quiroga nunca ha estado tan sonriente como en los últimos tiempos. Lejos de alguna elección inmediata que lo acose, lleva cuatro meses de su cuarta gestión y ha recibido más dinero (y más promesas de dinero) que en todas las gestiones anteriores, de parte del gobierno nacional. Ni siquiera cuando se embanderó de la cabeza a los pies con la revolución popular y nacional del kirchnerismo: entonces, puso todo el entusiasmo, y recibió a cambio una palmaditas de consuelo, sin un billete que las respaldara.
Ahora, en estos días del post-kirchnerismo, Quiroga no para de cerrar acuerdos para hacer obras. El último, por unos 500 millones de pesos, lo cerró en la última semana. Los funcionarios de Mauricio Macri lo reciben, lo tratan bien, y especialmente, abren una billetera generosa con provincias y municipios como hacía mucho no se veía. Curiosamente, todo esto pasa mientras la economía amenaza con 40 por ciento de inflación para el año, con tarifas ajustadas al nivel del subsidio cero, el consumo cayendo y la reactivación todavía lejana. Los gobernantes se sonríen y prometen obras y un futuro resplandeciente, pero en el mientras tanto, el bolsillo popular se achica.
En el reino de las eternas paradojas que es Argentina, la contradicción entre una economía que pasó de la distribución demagógica a la austeridad recaudadora, y el nivel de respaldo que reciben los gobiernos, se explica tal vez por otra variable, la que se asienta en la corrupción, todavía no demostrada, aunque sí explicitada en investigaciones judiciales, que han llegado ya a la imputación de la presidente Cristina Fernández en una causa de lavado de dinero, a pocos días de que deba comparecer ante un juez por la causa de venta de dólares a futuro. Se cometería un error si esta visión de la corrupción se detiene solo en el kirchnerismo, que es, de alguna manera, la víctima propiciatoria del momento político. La corrupción va más allá, y más acá también. Muchos políticos neuquinos deberían considerar esta cuestión, no sea caso que la eventual ola justiciera les pase por arriba antes de darse cuenta.
Habrá que esperar antes que anticipar cataclismos que tal vez no ocurran. Por ahora, solo cabe señalar el precario equilibrio, que hace sonreír a los políticos y fruncir el ceño a los ciudadanos. Observar cómo se mueven las piezas de la realidad, sin perder el rumbo de la prudencia. Entender que la misma realidad que embarca en un viaje a Rusia, antes de visitar Estados Unidos, al gobernador Omar Gutiérrez, la misma que recolecta postales de obras futuras alrededor de Horacio Quiroga, es la misma que lo tiene ocupado a Oscar Parrilli y sus compañeros del kirchnerismo residual neuquino organizando marchas y protestas para defender a la jefa Cristina, desde una resistencia anacrónica aunque también real, que pinta un país dividido entre buenos y malos, como en la saga de Stars Wars, y en el que el saludo de la fuerza te acompaña se equipara con la V de la victoria final en la lucha contra cipayos, gorilas y vende patrias.
En este escenario estrambótico, que se explica más desde el hartazgo que desde las convicciones positivas, es indudable que el derrame de beneficios que cae sobre el gobierno de Gutiérrez y el de Quiroga desde el gobierno nacional, es la expresión de la necesidad política que tiene Macri de construir su propia fortaleza. Así como Néstor Kirchner construyó la suya sobre la base de hacer todo lo contrario de lo que habían hecho Menem-Cavallo-De la Rúa, Macri replica la inexorabilidad cíclica de la política argentina haciendo todo lo contrario de lo largamente perpetrado durante una década. De alimentar obsesivamente el consumo, se pasó a desalentarlo; de cerrar las fronteras al mundo, se pasó a la apertura; de disciplinar a las provincias con la canilla casi siempre cerrada, se pasó al generoso derrame, que es en realidad mínimo, pero que sobresale por el contraste.
Hay, empero, más fuegos artificiales que fiesta verdadera. Gutiérrez va a Rusia pero es improbable que pueda volver con Chihuido asegurado. Quiroga espera la visita de Guillermo Dietrich para anunciar por dónde pasará el metrobus neuquino, pero no puede asegurar que asegurará la solución de los problemas del transporte neuquino, que le pertenecen más a las desigualdades sociales enormes de la capital, que a los colectivos propiamente dichos.
Es que esta Argentina, al recuperar una mayor dosis de realidad, es más áspera que la anterior. En esta Argentina, por ejemplo, CALF pasará de pagar la electricidad que distribuye en Neuquén de 10 millones de pesos por mes, a 24 millones. No recuperará en la misma proporción, y en el camino tendrá que hacer obras (muchas) no siempre financiadas por otro.
Se puede decir, tal vez, que es preferible en todo caso transitar sobre un camino real, y no sobre uno impostado, ya que el real –por su propia esencia- será más duradero, más previsible, más sólido. Se llegaría, así, más fácil y más rápido a la meta.
Lo cierto es que, en el mientras tanto, los beneficiados del post-kirchnerismo, que en Neuquén son paradójicamente los mismos que lo respaldaron, incluso en elecciones concretas, durante el esplendor Nac & Pop, disfrutan de mieles impensadas. Es difícil imaginar la amargura en medio de la engañosa dulzura del presente. Será responsabilidad de la pericia política local, no caer en la trampa que puede estar ahí nomás, a la vuelta de un futuro no tan lejano.





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