Un tiempo con noticias menos gratas llegó antes de lo esperado

Por Julio Blanck

Un borrador con algunas de las medidas de eliminación de subsidios, que anunciaron el todavía ministro de Economía y su colega de Planificación el miércoles pasado, ya estaba avanzado desde antes del domingo en que Cristina sumó la carrada de votos que la llevaron a la reelección. Pero la incertidumbre y la desconfianza derivadas del torpe modo en que se buscó frenar el deslizamiento hacia el dólar, apuraron el tiempo de ese anuncio fuera de libreto.

Julio De Vido ya le había comentado a gente de su confianza, antes de la elección del 23 de octubre, que el Gobierno se encaminaba a tomar “ decisiones que van a alterar el humor social” , según las palabras transmitidas a Clarín por un testigo de aquellas conversaciones.

Ese humor social que De Vido anticipó iba a ser alterado, es el mismo que con tanta potencia acompañó a Cristina en la elección, gracias a la muy inteligente construcción de imagen y discurso de la Presidenta, y a la persistencia en tiempo e intensidad de las políticas de asistencia y fomento, derramadas desde el Estado sobre los segmentos sociales mayoritarios .

El primer paso en la quita de subsidios a los servicios que reciben empresas, percibido en general de modo positivo, podría ser apenas un recurso de pura coyuntura. Sin embargo, Amado Boudou ofreció un anticipo de lo que puede venir, cuando al comunicar que se quitaba una pequeña porción de esa descomunal masa de subsidios dijo -palabras más o menos- que es irracional mantener ese privilegio a quienes viven en la comodidad y el lujo, como él en su apartamento de Puerto Madero.

Más tarde o más temprano, van a ser más caras las tarifas de luz, gas, agua y transporte que pagan muchos de los argentinos que votaron por Cristina . Podrán ensayarse explicaciones, todas muy racionales, acerca de la justicia y necesidad de tal encarecimiento. Pero el bolsillo suele ser remiso a entender ese tipo de argumentos. En el bolsillo hay más plata o hay menos plata, y de allí deriva una porción sustancial del humor social. Es una cuestión económica, pero también un insumo estratégico de la política. El éxito electoral de Cristina es un claro ejemplo de ello.

Por eso, otra cuestión que se empezó a atender antes del domingo electoral es de qué modo comunicar y defender las novedades ingratas , para que no se termine intentando apagar el incendio con fuego. En un sector clave del Gobierno hay escasa confianza en que, más allá de los funcionarios involucrados, los propagandistas habituales sean aptos y suficientes para hacer otra cosa que bajar línea de modo más o menos burdo.

El problema es que si los gurkas de la propaganda oficial buscan culpables, gimnasia que han sabido ejecutar casi a la perfección, no habrá cómo encontrarlos afuera de las decisiones que tomaron los gobiernos de Néstor y Cristina en estos años. Y tampoco podrán identificar como agentes de esa perversión a otros que no sean los funcionarios encargados de ejecutar una política que permitió sostener tarifas fijas, o casi, mientras todos los demás precios de la economía subían a un promedio superior al 20% anual. Algo parecido se hizo con el dólar.

Eso provocó fuerte impacto positivo en la sociedad y mucho gasto público indiscriminado a cambio de un jugoso rédito electoral, todo al costo de una inconsistencia estructural que reclama modificaciones. El Gobierno tiene respaldo político y económico de sobr a para hacerlo sin romper el cristalero. Ahora es cuestión de eficacia.

Está claro que la economía fue un pilar sustancial de la contundente reelección de Cristina. Pero que había correcciones que operar tampoco era un secreto que se guardaba sólo entre iniciados o especialistas.

Una reveladora encuesta poselectoral realizada por la consultora OPSM, que dirige Enrique Zuleta Puceiro, mostró que el 50,6% de los consultados cree que el Gobierno “debe introducir algún cambio” en su política económica. Otro 24,4% sostiene que deben ser “cambios profundos” y un muy minoritario 5,1% afirma que “debe modificar totalmente el rumbo”. En la otra punta de las preferencias, un 13,5% dice que Cristina “debe ratificar totalmente su política económica”. Esta última opción recoge apenas la cuarta parte de la proporción de votos que reeligieron a la Presidenta.

El sondeo de OPSM certifica, como antes otras consultoras, que el control del Estado sobre la economía , eje central de la acción del kirchnerismo en estos ocho años, cuenta con amplio apoyo. Un 51,9% pidió “algo más” de control estatal y un 34,0% quiere “mucho más” de esa medicina. La suma excede generosamente a los votantes de Cristina y habla de un estado de opinión social generalizado.

Para evitar iracundias sobreactuadas, digamos que la encuesta citada, de alcance nacional y realizada la semana posterior al triunfo de Cristina, mostró a un 59% de personas que evaluaron positivo para el futuro que la Presidenta hubiera sido reelecta, el 55,2% sostuvo que no hay riesgos de hegemonía política por la dimensión del triunfo, el 71,1% dijo que el país seguiirá igual o mejor en el futuro inmediato, el 51,9% sosutvo estar contento y esperanzado para el mediano plazo y el 59% dijo que el resultado electoral contribuirá a la estabilidad económica del país.

Sin embargo, como se mencionó antes, son mayoría también los que opinan que serán necesarios algunos cambios. El primero de ellos parece despuntar entonces por el lado de los subsidios a granel, que desequilibran las cuentas del Estado.

El tema, quedó dicho, se coló de modo anticipado en la gestión diaria de un gobierno que afronta su propia transición. Eso se llama pelea por futuros espacios de poder , posicionamientos que esperan recibir la bendición de Cristina, principio y fin de todas las decisiones.

Boudou y De Vido se han recelado mucho en estos últimos años. Más exactamente, desde que el vicepresidente electo irrumpió en el Olimpo kirchnerista donde De Vido habitaba desde los tiempos inmemoriales de la gestión en Santa Cruz. Ahora parece haberlos acercado un adversario común en las intrigas de palacio: el también poderoso secretario Legal, Carlos Zannini.

Piensan distinto en cuestiones de economía y también de política.

Boudou se va del gabinete para ser vicepresidente pero pretende tener fuerte influencia en la gestión que viene, por sí mismo y por los aliados que intenta sembrar en el futuro equipo de gobierno.

De Vido permanecerá en el núcleo duro de Cristina y no descarta seguir en otro ministerio importante; pero sin perder gravitación en el área de obras públicas y servicios, y manteniendo el vínculo con el peronismo, empresarios y gremialistas.

Zannini se va a quedar donde está, lo que es toda una definición. Los que lo conocen dicen que alienta la organización del cristinismo como una fuerza política que reconozca afluentes diversos y dependa cada vez menos del poder territorial y de las estructuras tradicionales del peronismo.

Son las líneas que empiezan a esbozarse, cuando algunos datos de la economía obligan a Cristina a usar antes del tiempo previsto el enorme capital político conquistado en las urnas.

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