La soledad de la Presidenta

Por Joaquín Morales Solá

EL kirchnerismo puro se atropella en su sesgo adulador hasta llevársela por delante a Cristina Kirchner. El viejo peronismo no la atrae a la Presidenta ni por sus ideas ni por su estética (por ésta, más que por otra cosa). Sí. Cristina está sola , deduce, no sin información, un legislador cercano a la Presidenta. No se refería a la soledad afectiva, que está atravesando necesariamente, sino a la soledad política. Su discurso de apertura del año legislativo fue ilustrativo de esa tensión que viven tanto el peronismo como ella. A Cristina le faltó tiempo para azotar a sus adversarios políticos, ejercicio que practica con particular deleite, pero que esta vez estuvo ausente, salvo una alusión al infaltable Mauricio Macri. Necesitaba retar a sus propios adeptos, ya sean sindicalistas o políticos; requería, más que nada, poner la casa en orden ante la inminencia de un desmadre por izquierda y por derecha.

La Presidenta debería hurgar primero en ella misma para encontrar una explicación al erial donde está, en sus modos de hacer política y en sus métodos de relacionarse con sus seguidores más próximos. ¿Por qué ellos creen que haciendo sólo un cristinismo fanático pueden conseguir su simpatía? ¿Por qué compiten entre ellos por la apología de la jefa? ¿No será, acaso, que la distancia presidencial que ella pone con todos y la necesidad de alimentar el alto concepto que tiene de sí misma están en el origen de las cosas? Un párrafo aparte merecen, desde ya, los exponentes de esa izquierda kirchnerista que sólo se siente cómoda cuando adula un liderazgo.

Diana Conti se manifestó ultrakirchnerista antes de proponer una reforma constitucional para crear la perspectiva de una "Cristina eterna". Nadie en política y en su sano juicio se manifiesta "ultra" de nada. La condición de ultra es la negación de la política. Ese es un calificativo que inventó el periodismo para describir ciertas adhesiones políticas cerriles, pero que ningún político se lo infligió; ni siquiera los que profesaron los peores fanatismos de la historia. "Ultra" es casi un sinónimo de "ceguera".

La reforma de la Constitución es virtualmente imposible, aunque el pecado de Conti fue sólo hacer público lo que el cristinismo más exaltado venía reflexionando en voz baja, casi inaudible. La reforma de la Constitución necesita, por mandato de la propia Constitución, que la aprueben los dos tercios del total de votos de cada Cámara del Congreso. Proyecto imposible.

Una terca fracción del oficialismo creyó encontrar un atajo cuando descubrió la posibilidad de un plebiscito después de un eventual triunfo de Cristina en las elecciones de octubre. Es un camino posible, pero que no evitará nunca el procedimiento constitucional; es decir, los inalcanzables dos tercios de diputados y senadores, separadamente. El plebiscito es una consulta popular que no elude la obligación de cumplir con el debido procedimiento constitucional. Pueden flamearlo en las narices de la oposición, como hizo Menem en su momento, para presionar a la política y a las instituciones. Presión. No mucho más que eso.

Lo peor que le sucedió a la Presidenta es que, en la práctica, el ultrakirchnerismo se convirtió en anticristinista. ¿Está dispuesta la sociedad argentina a avalar, aunque fuere una fantasía sin sustentación, la perspectiva de una "Cristina eterna"? El plazo que la sociedad argentina les ha dado históricamente a sus gobernantes, incluidas las dictaduras, ha sido de seis años, más o menos. Menem duró 10 años, pero fue un político impopular durante todo su segundo mandato. Su etapa estaba políticamente concluida cuando cumplió los primeros seis años. "Cristina eterna" parece, en fin, un eslogan de sus opositores antes que de sus aduladores. La Presidenta salió en el acto a exorcizar ese demonio, que se lo impuso su propio círculo creyendo que la seducía. Guste o no, el tema ya quedó instalado.

La Presidenta sabe que su casi único capital político es el crecimiento de la economía y que su riesgo político está en la inflación y en la inseguridad. Los niveles actuales de inseguridad le impiden imaginar una solución perceptible en apenas ocho meses, que son los que restan hasta las elecciones. La única salida que encontró es hacer anuncios políticos todos los días, que no están en condiciones de espantar a ladrones ni a criminales. Y la inflación vacila en el límite mismo de la paciencia de los argentinos; todavía parece pesar más en el ánimo colectivo la posibilidad del consumo que el aumento de los precios.

Los sindicatos son la clave de ese conflicto en los días en que comienzan a debatirse los aumentos salariales del año. Los gremialistas más grandes (o con mayor capacidad de fuego) pertenecen todos a la derecha peronista, aunque se hayan maquillado de progresistas. Gran parte de esos sindicalistas están siendo perseguidos por la Justicia por la corrupción con que manejaron las obras sociales; corrupción que es criminal en muchos casos. Algunos están cerca de la cárcel. El nivel de los aumentos salariales será una carta de negociación con el gobierno: pedirán impunidad y ofrecerán moderación. Cristina sabe que amparar la corrupción sindical no sería nunca una buena propuesta electoral. Le huirá a un acuerdo en esos términos.

Trataba de disciplinar a los duros sindicalistas cuando la izquierda de su propia fracción la sorprendió con otro zafarrancho: pidió que Mario Vargas Llosa fuera censurado como orador principal de la Feria del Libro. Es un contrasentido que intelectuales clamen al cielo por la censura. Pero el kirchnerismo cree que todo le pertenece: esa feria es un evento privado que puede hacer lo que quiera en un país supuestamente libre. Los intelectuales kirchneristas ni siquiera han leído a Vargas Llosa; el célebre escritor es el más persistente luchador, entre los escritores latinoamericanos, contra los autoritarismos de cualquier signo, sean militares o civiles.

Sólo la última dictadura militar censuró a Vargas Llosa y a Julio Cortázar. Una vez más, la historia demuestra que la matriz del autoritarismo es una sola. ¿El pensamiento económico de Vargas Llosa es liberal? Sí. Pero ¿acaso la opinión es un delito en la Argentina de hoy? Vargas Llosa no es un liberal. ¡Es el último premio Nobel de Literatura! , se escandalizó un peronista que solía frecuentar al kirchnerismo. Es ahora también, quizás, el escritor con más repercusión periodística en el mundo. Es lo que Cristina entrevió en soledad cuando ordenó frenar la censura contra Vargas Llosa; éste vendrá a la Argentina, pero nada lo salvará del acoso y la agresión del kirchnerismo más rancio. No importa. Vargas Llosa es un escritor excepcional, pero también un hombre con un enorme coraje.

¿Cómo se lleva adelante una campaña electoral con un promedio de tres desastrosos errores por semana? Una encuesta seria preguntó en los últimos días a miles de argentinos si querían en octubre el cambio o la continuidad. La encuesta no dio ningún nombre. Se limitó a esa simple pregunta. Un 35 por ciento prefirió la continuidad y un 65 por ciento eligió el cambio. Un dato revelador es que los encuestadores necesitaron llamar a 10.000 o 15.000 personas para poder hablar sólo con 1000 de ellas. El resto no quiere oír de elecciones ni de encuestas.

El final es un misterio, entonces. Dependerá de que el Gobierno no se siga esforzando en perder parte de ese tercio que pide la continuidad, y que la oposición empiece a administrar bien la mayoría que aspira a un cambio. Es una exigencia demasiado alta, porque no se resolverá nunca con la fragmentación opositora ni rectificando en soledad los desquicios que hacen muy cerca de Cristina. El problema de la Presidenta no consiste, en efecto, en las multitudes interesadas y pasajeras que la halagan, vaya donde vaya, sino en su constante soledad.

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