Mientras el gobernador Daniel Scioli se toma sus días de descanso en el exterior, continua a paso lento el proceso del año electoral. La incertidumbre aún compite con aquellas eventuales certezas que están en la declamación.
Eso parece suceder en el oficialismo, para el cual marzo parece una meta lejana. Ese es el mes en el cual se divisa la primera estación, que tiene que ver con la definición de Cristina Fernández acerca de su reelección. Mucho han hablado quienes suelen garantizar sus aciertos en base a meras especulaciones. Algunos, tal vez lo hacen a manera de presión y otros como expresión de deseos.
Pero lo cierto es que sólo a partir de esa decisión se avanza sobre el resto. Algo que resulta peyorativo si se tiene en cuenta que en la palabra “resto” entran las postulaciones provinciales, al Congreso Nacional y a la Legislatura. Aquí es donde aparece el juego de las suspicacias que nada tiene de lúdico.
Y la real identificación con el proyecto nacional y la intención de voto son dos bienes de capital que se cuentan como el oro.
Ocurre que, en los últimos dos meses, la postulación de Martín Sabbatella para la gobernación puso en duda la identificación de la gobernación con el proyecto kirchnerista. Además se instaló peligrosamente la posibilidad de que los votos aportados por Daniel Scioli no alcancen para ratificar a Cristina en la Casa Rosada.
Esto no tiene que ver con la intención de voto personal de Scioli. Cuenta con votos propios por fuera del oficialismo. Esto quedó demostrado en la previa electoral del 2009 cuando, como candidato a diputado nacional, medía cinco o seis puntos en un escenario que tenía ausente a Néstor Kirchner en la cabeza de lista. En el interior, más allá de los “escraches”, no estaba tan afectado por el “efecto campo” promovido por la Mesa de Enlace.
Esos cinco puntos de ventaja sobre el padre del proyecto tuvieron algo de anecdótico. Pero también se convirtió en alguna deuda política que Scioli jamás reprochó al kirchnerismo. No hace falta recordar que en la Provincia se perdió por dos puntos, y esto permitió instalar en la agenda mediática una derrota, cuando a nivel nacional la sumatoria de votos había dado un balance muy favorable al oficialismo.
Scioli jura lealtad a Cristina. Pero podría sumar muchos votos del sector del peronismo disidente e independientes que prefieren sepultar al kirchnerismo. Eso es lo que están calculando por estos días muchos operadores políticos que ya han tomado debida nota. Y allí es donde la gente de Sabbatella vio una grieta para aprovechar. Y convertirse en exégetas del transformarse en más papistas que el Papa, aún teniendo en cuenta que su referente ingresó al Congreso como una expresión opositora.
Pero el pasado suele ser una variable de debate muy desgastada. Scioli no puede pasar factura del pasado a su ocasional rival bajo la amenaza de un efecto “boomerang”. El actual mandatario provincial se inició en la política de la mano del menemismo en la época en que la convertibilidad pulverizaba la producción y el empleo.
Los sabbatellistas, igualmente y a pesar de esas prevenciones, prefieren utilizar el pasado reciente. Pero aquel que da cuenta de conjeturas como si hubiesen sido realidad fáctica. Un dirigente que recaló en este sector tras haber circulado por la UCR y el ARI señaló que Scioli no hubiera tenido problemas en postularse como candidato presidencial por el peronismo disidente. Esto si bien fue una meta que se alimentó hasta antes de la muerte de Néstor Kirchner, nunca llegó a concretarse.
Pero el solo hecho de haber permitido esa posibilidad, al menos en el debate, no dejó bien parado a Scioli ante estructuras tanto oficialistas como peronistas opositoras, que son más que valiosas para un gobernador que no tiene una estructura muy aceitada desde lo personal.
Ahora las huestes de Martín Sabbatella pretenden instalar la idea de un kirchnerismo visceral y químicamente puro. Pero, paradójicamente, recién ahora ingresan en forma de amor platónico, sin penetrar en la verdadera médula que es el Partido Justicialista orgánico. Por otra parte, y alimentando más paradojas, Scioli a raíz de su eclecticismo entre dos variantes del peronismo puede quedar desgastado en su credibilidad, más allá de sus gestos hacia el gobierno nacional.
Lo cierto es que el gobernador habla cada vez más de la visibilidad de su gestión que de los armados electorales. Fue muy comentado un reproche del gobernador hacia ministros y secretarios por la falta de comunicación efectiva de hechos de gobierno. Los recursos de comunicación sobran, pero los contenidos son escasos en lo real o escasamente visibles.
Algo de razón parece asistirle. Lo más positivo de enero, dicen dirigentes opositores, ha resultado alguna propuesta de Scioli para descorrer la primera línea de carpas de distintas playas turísticas. O también el ciclo de recitales en la costa, que fue funcional para la alegría de la clase media alta o aquel tercio de la población, en versión de Roberto Lavagna, favorecido por la economía.
Pero quedaron desguarnecidos vastos sectores territoriales y de gobierno. Entre los primeros, sólo se habla de gendarmes para el Conurbano y nada de planes culturales y sociales. En las áreas de gestión, la inseguridad hace competir hechos esclarecidos con el discurso mágico como opción para solucionar dramas de antigua data.
Sólo frases de Scioli y muy pocos actos de gobierno se instalan en la agenda de los grandes medios. Y de esta manera resulta imposible incrementar el humor social favorable a la gestión.
El crédito de la opinión pública, traducido en intención de voto, perdura. Pero nada garantiza el futuro en un país donde una postura suele ser muy volátil y está vinculada a resultados y no sólo a buenas intenciones.





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