A punto de desmoronarse

A punto de desmoronarse

Por: Fernando Stanich.

Hay una escena que se repetirá, por lo menos, de aquí hasta marzo: los forcejeos internos en el alperovichismo por resolver quién completará una eventual fórmula gubernamental junto a Juan Manzur.

Es que aquel viernes en que anticipó que no quería a su esposa como sucesora, José Alperovich hizo un tiro al aire de tal magnitud que los oficialistas salieron disparados por el estruendo. Recién ahora, después de casi 20 días, el humo comienza a disiparse alrededor de la Casa de Gobierno y los dirigentes empieza a ver con más claridad hacia dónde se dirige el mandatario tucumano.

Pese a la docena de años que lleva como croupier de la política local, Alperovich aún conserva la posibilidad de repartir las cartas antes de su despedida. Pero la otra cara de esa fortaleza es la extrema debilidad de los jugadores que él sentó alrededor de la mesa. Y eso, casi exclusivamente, sí es responsabilidad suya. Ni Manzur, ni Osvaldo Jaldo ni Beatriz Rojkés le garantizan un triunfo y la consiguiente tranquilidad para evitar que su gestión sea hurgada y, eventualmente, llevada de a tandas a los tribunales penales. Consciente de que ya no le sobra nada, el jefe del oficialismo se apoyó primero en el binomio Manzur-Jaldo valiéndose del antecedente de que con ellos le bastó para derrotar, por unos 100.000 votos, al radical José Cano en octubre de 2013. La proyección que elucubró antes de lanzarlos a caminar la provincia es que, así, le alcanzaría para cortar las aspiraciones de la UCR siempre y cuando el ahora disidente intendente Domingo Amaya no se baje de su postulación en soledad.

Hasta aquí, ese es el mensaje común que repiten los oficialistas. El problema es que todos saben que hasta el primer trimestre de 2015 la situación puede variar y, por eso, aprovechan la endeble situación del binomio para jugar la partida que a cada uno le conviene. Así se entiende el hervidero de rumores en que se convirtió el alperovichismo por estas horas. Jaldo, ubicado como virtual segundo en esa fórmula que lideraría el ministro de Salud nacional, rápidamente busca encontrar el respaldo necesario para eludir los trancazos de quienes fogonean su caída. El tranqueño recibió la luz verde y pisó a fondo para no toparse con otro semáforo: además de acercar a Manzur a intendentes y delegados comunales, él se arrimó a la liga de legisladores sin reelección con los que hasta hace un mes repartía codazos y traiciones mutuas. Todo, con el único afán de sostenerse en la pole position ante la arremetida del sector que lidera Jorge Gassenbauer. El superministro y su grupo de funcionarios y legisladores afines, al oler que el segundo lugar ya no sería de Rojkés sino que podría ser de Jaldo, se apuraron en estos días por sacar cuanto antes de boxes al intendente Amaya. El argumento es que sólo con el jefe municipal capitalino dentro, el oficialismo se aseguraría una victoria en agosto debido al crecimiento del radical Cano. En esta ala del Gobierno confían en que Amaya aceptará ser segundo de Manzur y que, ofreciéndole la candidatura a intendente a Germán Alfaro, el paquete se cerrará y el amayismo y el alperovichismo afrontarán juntos la complicadísima transición que se avecina. En esto, vale aclararlo, coinciden los gassenbauristas con los canistas: ambos creen que el intendente que mima a sciolistas, pero que divulga que se sacará una foto con Sergio Massa, terminará siendo el copiloto del conductor asignado por Alperovich. El dilema es que este análisis contradice el discurso de Amaya, quien en privado y en público promete ir por la gobernación. Y cuanto más avance con ese desafío, más difícil le resultará volver sobre sus pasos.

Frente a tantos temores, incertidumbre y ficciones que difunden oficialistas y opositores, lo único consistente es que los tucumanos asisten a un juego de mesa electoral sin haber sido invitados. Lo alarmante es que alperovichistas, amayistas y canistas arman por separado y en la misma proporción una torre de Jenga tan tembleque que corre el riesgo de desmoronarse ante el primer soplido.

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