Profundizar la continuidad, la meta de Cristina

Fernando Laborda

Los primeros pasos de Cristina Fernández de Kirchner tras la muerte de su esposo han brindado claras señales de continuidad.

En el futuro inmediato, no hay que esperar modificaciones en el modelo K. Tampoco en su estilo confrontativo, al menos en el plano discursivo. No deben esperarse cambios en la concepción del papel intervencionista del Estado en la economía, ni en el afán por garantizar la discrecionalidad del Poder Ejecutivo en la asignación de recursos, ni en los ataques a los medios periodísticos que no sean dóciles ante los deseos gubernamentales, ni en la estrategia para sentar las bases de un multimedios estatal al servicio del Gobierno, ni en el falseamiento de las estadísticas oficiales. Más aún, no deberían aguardarse cambios de relevancia en el gabinete, puesto que cualquier modificación temprana sería interpretada como una demostración de que el actual gabinete no era de Cristina, sino de Néstor Kirchner.

Las primeras declaraciones de la Presidenta en actos públicos la mostraron en el rol de una suerte de abanderada de los humildes y de castigadora de los poderosos que "disfrutan de la riqueza", como si la familia Kirchner no hubiera visto crecer su patrimonio en forma impresionante durante los últimos años.

La primera mandataria busca acumular poder y consolidar una corriente de opinión pública que siempre favorece, inicialmente, a quien ha sufrido una desgracia, además de dejarse arrastrar por el viento de cola que sigue impulsando la economía argentina.

Pero ni la compasión ni las solidaridades son para siempre. La idea, escuchada en medios empresariales, de que la Presidenta buscaría gobernar con piloto automático difícilmente pueda llevarse a la práctica con problemas que inquietan cada vez más a los argentinos, como la inseguridad y la inflación.

Basta señalar que sólo en la Capital murieron, a raíz de robos en lo que va de 2010, más personas que las que fallecieron en similares circunstancias en todo el año pasado. Si la delincuencia es hija exclusiva de la exclusión social, como afirman algunos voceros del oficialismo, el Gobierno debería explicar por qué sigue aumentando la criminalidad si es cierto que la economía crece a tasas chinas y la equidad social es cada vez mayor.

El discurso clasista no sólo está ahora en boca de la Presidenta. Su ministro de Economía, Amado Boudou, afirmó que la inflación es meramente una preocupación de "algunos integrantes de la clase media-alta". Olvidó que los sectores más empobrecidos, incluidos los jubilados, son los más castigados por las subas de precios en la canasta familiar, aunque la inflación afecta a todos, y también los asalariados de clase media y media-alta que hayan tenido la fortuna de recibir aumentos salariales nominales equiparables a la inflación real, por cuanto buena parte de ese incremento en su sueldo fue absorbido por el impuesto a las ganancias, con la consecuente pérdida de poder adquisitivo.

Con todo, la apuesta oficialista al viento de cola encontró en las últimas horas un aliado inesperado: los adversarios políticos. La discusión del presupuesto 2010 demostró que no hay una oposición, sino oposiciones.

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