Los precios se dispararon a pesar de que entre febrero y junio regía el congelamiento en todos los artículos de los supermercados. Por ejemplo, el kilo de queso de rallar pasó de 49 a $140
Seguramente el lector tendrá en vista productos de consumo habitual cuyos precios se han disparado en los últimos meses. Por mencionar algunos ejemplos, el café instantáneo Dolca, en su versión suave, pasó de sus $22 habituales a costar $38 en apenas un par de hojas del calendario. Las latas de atún al natural desmenuzado de segunda marca, que se conseguían por $12, ahora no bajan de 18 o $20, al igual que las mermeladas bajas calorías, especialmente las de durazno y damasco que son las más consumidas.
El caso de los panificados es paradigmático. Al calor de las subas en las harinas destinadas a panificación, las decenas de productos que de ella se derivan sufrieron ajustes de distinto tenor. Un paquete de 12 vainillas salía cerca de $5 y ahora cuesta $8, lo que significa un aumento de más del 50%. Las galletas de agua brindan otra fotografía: dejando de lado las Criollitas o las Exprés que la mayoría de los supermercados ofrecen a precio congelado (si es que se consiguen), el resto ha subido de a pesos en todos estos meses. Según el informe sobre inflación que realiza mes a mes la consultora Evaluecon, en julio último entre los productos de este rubro que más se incrementaron se encuentran las pastas, las tortitas, las galletas y el pan lactal.
Los lácteos también han sentido el impacto de la inflación taconeando sobre sus etiquetas. El kilo de queso reggianito para rallar que en febrero salía $49 ahora no baja de los $140, los quesos crema untables que estaban a $14 hoy bordean los $20 y por el mismo paquete de 10 láminas de queso cheddar que antes se pagaba $10 ahora hay que desembolsar $22.
Sin efecto
Hace unos 5 años, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, implementó una manera de categorizar los productos que le permitiera “pisar” los valores de uso más común, catalogados como masivos, y en contrapartida permitirles a los fabricantes un mayor margen en los clasificados como selectivos y premium.
Este esquema funcionó hasta que el 1 de febrero el Gobierno negoció con los supermercadistas – para su ojo, los principales formadores de precios– no tocar durante dos meses los valores de toda la oferta disponible en sus locales. El acuerdo se estiró hasta mayo, cuando se moldeó lo que aún sigue vigente: una lista de 500 productos cuyo precio está (y estará) congelado.
“En Mendoza no existió ese primer congelamiento. Esto incluso fue reconocido por el propio Gobierno. Nosotros registramos alzas sostenidas en todos los productos y eso que medimos los mismos 50 que mide el INDEC. Por ejemplo, entre abril y mayo, el pan subió 28,57%, la harina 38,89% y la polenta 40,91%”, advirtió Karina Ferraris, responsable de la filial local del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana, el cual viene midiendo desde hace un año el Índice Barrial de Precios (IBP) en diversos comercios de todo el Gran Mendoza.
Y agregó: “En esta segunda etapa no podemos dejar de decir que muchos de los congelados ni siquiera son parte de la canasta básica, como los siete tipos de vinagre o los tres de sal, porque pareciera que para llegar a los 500 metieron cualquier cosa. En el último relevamiento, en el que tomamos 3.298 precios, nos dio 1,67% de diferencia entre junio y julio y 13,44% en lo que va del año”.
De sus cálculos se desprende que una familia tipo necesita $1.867,25 para cubrir la canasta básica de alimentos, de los cuales $924,45 se destinan al gasto de almacén, $666,83 al gasto en carnicería y los $275,97 restantes en verdulería. En la variación anual (agosto 2012-julio 2013), los resultados son estremecedores: el primer rubro acumuló 41,42% y el segundo 3,59%, mientras que el tercero disminuyó -4,65%.

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