Piden la pena de muerte para el atacante

Lo anticipó ayer la fiscalía durante la primera audiencia de Loughner ante el juez; se intensifica el debate político sobre el atentado

WASHINGTON.- Los norteamericanos vieron ayer por primera vez el rostro del asesino de Arizona, cuando el juez le dispuso prisión sin fianza y la fiscalía anticipó la intención de pedir la pena de muerte por el ataque que causó la muerte de seis personas y heridas de gravedad a otras 12, entre ellas, a una congresista demócrata.

"Sí, lo entiendo", contestó, con tono firme y sereno, el acusado Jared Lee Loughner cuando el juez le preguntó si "comprendía" que podía ser castigado con reclusión perpetua o con la pena capital por el ataque que protagonizó el sábado pasado en Tucson, Arizona.

Poco antes de contestar, su abogada le susurró algo al oído. Se trata de una letrada más que fogueada en casos difíciles: como defensora oficial, Judy Clarck asesoró al terrorista denominado "Unabomber", así como a uno de los conspiradores de los ataques del 11 de Septiembre.

Con la cabeza rapada y un corte en la frente, Loughner se presentó ayer ante la justicia para anoticiarse de sus cargos. Lo hizo con temple tranquilo y, según testigos, con la determinación de evitar contacto visual con los numerosos periodistas que había en la sala. En vez de mirar a la audiencia, prefirió dirigir la vista al techo cuando no tenía que contestar al juez.

El país sigue tan conmocionado por el ataque que, en los tres días que transcurrieron, hubo reacciones de todo tipo, mientras crecen los indicios de que el atentado tuvo su raíz en la obsesión de un joven con síntomas de alienación mental (ver aparte).

En pocas horas, el discurso colectivo apuntó, primero, a culpabilizar por lo ocurrido a la retórica partidaria de extrema derecha. Más tarde, clamó contra la legislación que permite acceder a armas de fuego y, en forma paralela, se recomendó "reforzar" la seguridad en el Capitolio.

Anoche, las cosas se habían precipitado al extremo de trascender que, en medios demócratas, se conjetura con la posibilidad de que la conmoción social pueda explotarse como trampolín para relanzar el alicaído liderazgo popular de Barack Obama.

"Esta es una ocasión para que Obama se muestre como un gran constructor de consenso", dijo al sitio de Internet Político el estratega partidario Dan Gerstein.

"Algo parecido ocurrió con el ex presidente Bill Clinton después del ataque terrorista de Oklahoma", se animó a comparar Paul Begala, quien fue consejero presidencial cuando aquella matanza, ocurrida en 1995, costó la vida de más de 160 personas e hirió a otras 500, un hecho de escala mucho mayor que el de Tucson.

"Yo no creo que mucho de lo que se está diciendo ahora, con reflexiones y llamados a la moderación, vaya a perdurar. Son expresiones que nacen de la conmoción, pero que no se sabe qué raigambre tienen", matizó, en un diálogo con La Nacion, Frederick Clarkson, autor de libros y blogs sobre la derecha religiosa en los Estados Unidos.

"Es evidente que los demócratas están tratando de capitalizar esto en su favor y es penoso que hagan algo así de una tragedia", sostuvo, en un comunicado, el Tea Party Express, una de las ramas del movimiento a cuyo discurso se indica como posible disparador del drama.

En contraste con la verborragia creciente, la parálisis ganó a la Cámara de Representantes, donde la única actividad del día fue el homenaje a las víctimas, entre ellas, la congresista demócrata Gabrielle Giffords, que resultó gravemente herida en el ataque que la tuvo como blanco central.

Radicalización

La primera presentación del acusado contrasta con lo que, horas antes, había dicho el comisario Clarence Dupnik, del condado de Pima, donde todo ocurrió. "El detenido no colabora. No ha dicho ni una sola palabra", había afirmado el policía responsable de custodiarlo hasta el momento de entregarlo al FBI.

Además, Dupnik intentó relativizar en parte sus declaraciones iniciales en las que, tras detener al asesino, afirmó que el "clima de radicalización en el discurso político" de derecha estaba en la raíz del ataque. "Dije eso porque estaba muy molesto", confesó el policía. Loughner "parece el típico individuo problemático y solitario", añadió.

En terapia intensiva tras una compleja operación para quitarle una bala de la cabeza, Giffords luchaba por su vida. "Se está aferrando y eso es alentador", dijo el neurocirujano Michael LeMole, del Centro Médico Universitario de Tucson. La bala que la hirió atravesó la cabeza por el lado izquierdo, pero no dañó centros vitales y puede responder a algunos estímulos, según se indicó.

La legisladora participaba en un acto público al que ella había convocado, cuando Loughner disparó.

Acompañado por su mujer Michelle, Obama encabezó ayer un minuto de silencio, que se repitió en todo el país. "Estamos apenados y conmocionados por la tragedia", dijo el líder demócrata.

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