El PJ pasa por el peor momento de la historia

Perdió la Nación, la provincia de Buenos Aires y más de un tercio de las intendencias bonaerenses. Se abre una dura etapa de renovación, en la que buscarán intervenir actores que hoy están afuera.

El peronismo afronta el momento más duro desde la derrota en 1983, cuando regresó la democracia. Ni siquiera comparable con la pérdida de la Nación en 1999 en manos de la Alianza, cuando por lo menos había conservado un extenso poder en las provincias encabezadas por la emblemática Buenos Aires. La caída de este año deja al partido en estado de asamblea permanente y a las puertas de otra histórica renovación.

Allá por 1985 fue Antonio Cafiero el abanderado del nuevo ciclo, que se coro-nó con la victoria en 1987, para abrir el más extenso capítulo en cuanto a resultados, con 28 años al mando de la Provincia y sólo un impasse en el Gobierno nacional entre 1999 y 2001.

El peronismo arrancó el ciclo democrático con 29 intendencias, de las 125 que por entonces tenía Buenos Aires. El triunfo del ‘87 sirvió para revertir esa asimetría con la Unión Cívica Radical. Y desde ese año hasta este 2015 siempre fueron más los intendentes del Partido Justicialista que los de cualquier otra fuerza. Está bien que en Cambiemos confluyen varios sectores, donde se destacan el PRO y la UCR, pero el frente logró por primera vez quebrar la hegemonía de tres décadas.

Con picos máximos de representación territorial en 1995 y 2011, el récord obtenido hace cuatro años se vio reducido en un tercio por la derrota bonaerense, de enormes consecuencias. Los intendentes jóvenes y ganadores del Conurbano se posicionan para encarar la renovación en curso. Sergio Massa quiere terciar, pero ya con un alcance nacional, y eso enciende alertas puertas adentro.

José Manuel de la Sota también busca ser el padre de la nueva criatura; pero en el peronismo orgánico, que hasta ahora jugó pegado al Gobierno, empezaron a au-tofomentarse figuras, como el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey. Y hay sectores dispuestos a impulsar a otros di-rigentes, como el electo senador santafesino Omar Perotti. Llegó el momento en el que los madatarios y referentes provinciales den a la tan mentada “liga de gobernadores” el sustento que se le publicita pero del cual ha carecido.

Las provincias del PJ alineadas con el FpV son diez (Catamarca, Chaco, Entre Ríos, Formosa, La Rioja, Salta, San Juan, Santa Cruz, Tierra del Fuego y Tucumán). No son las únicas peronistas. También están Córdoba, La Pampa y San Luis, pe-leadas con el kirchnerismo. Son aliadas Misiones y Santiago del Estero, y el gobernador de Río Negro integraría el bloque si soplan nuevos aires.

El peronismo ha perdido poder en el núcleo productivo, político y económico del país, y deberá abroquelarse desde las provincias menos pobladas. Córdoba es la excepción, pero su incidencia en el PJ es inversamente proporcional al poder que como fuerza política sostenga el kirchnerismo.

Recluido en Santa Cruz y con fuerte incidencia en el Congreso y la Legislatura bonaerense, el kirchnerismo depende del protagonismo que quiera mantener su conductora, Cristina Fernández. El peronismo, dolido y enojado por las decisiones electorales de la mandataria en retirada, no acostumbra a volver sobre sus pasos. Jamás perdona derrotas, y es casi unánime, puertas adentro, el clamor por iniciar una nueva etapa, distinta.

A nadie debería extrañar que el proceso de renovación esté precedido por un quiebre interno. “A mí no me va a llamar Máximo Kirchner y me va a decir quién es el presidente de bloque; si uno de La Cámpora quiere ser, será de su bloque, pero no del mío”, anticipó ante La Tecla un senador bonaerense del Frente para la Victoria. Vaticinio de duras discusiones y de muy probables rupturas.

Urgido, el Partido Justicialista atraviesa el peor momento desde la reinstauración de la democracia, y ha iniciado un proceso de recambio como aquel de hace 30 años; aunque esta vez se anticipa más duro y sumamente tenso.

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