Por Martín GranovskyDe vez en cuando la Argentina consigue una primavera política. Puedo citar el comienzo de tres: la democracia en 1983, la asunción de Néstor Kirchner en 2003 y el Bicentenario el 25 de mayo de 2010. A Manolo, como le decíamos los amigos a Juan José Canals, lo conocí en la primavera que arrancó en el ‘83. El trabajaba en el Senado con Adolfo Gass y yo escribía en La Razón con Jacobo Timerman. Manolo se murió el miércoles a la noche, a los 61. Ahora, entonces, puedo confesarlo: además de un amigo, fue una gran fuente. O, para decirlo sin jerga de redacción, un tipo confiable al que consulté muchísimo.
Manolo tuvo arte, paciencia y un rigor extremo. Era absolutamente leal al trabajo bien hecho. No importaba quién era el jefe. Si radical o peronista. Pero no trabajaba para el jefe como un soldado, sino como un funcionario con enorme vocación pública. Con devoción por Raúl Alfonsín y respeto por Cristina Kirchner, que lo conoció bien, Manolo era un tipo políticamente fino, que leía con sutileza las fuerzas en pugna en cada momento, conocía como nadie el reflejo de esa pugna en el Senado, manejaba la mecánica parlamentaria y sabía cómo funcionaba un monstruo invisible: el aparato. Como, además de no ser soldado, tampoco era mafioso, en 1999 la Alianza lo desplazó para consagrar a Mario Pontaquarto, un hombre de la Dirección de Asistencia Social, la poderosa DAS del Congreso. Es decir, del aparato. Pontaquarto terminaría siendo el puente de plata entre el radical José Genoud y el peronista Augusto Alasino cuando el gobierno de Fernando de la Rúa coimeó senadores para aprobar la flexibilización laboral. El puente, como se sabe, confesó haberlo sido, y la gran intriga ahora es si cuando se sustancie el juicio oral será el chivo expiatorio o habrá pruebas suficientes contra los senadores involucrados.
Esos días consulté mucho a Manolo para las notas de Página/12 y para el libro que publiqué en caliente, El divorcio, que llevaba como subtítulo “La historia secreta de la ruptura entre Chacho y De la Rúa, las coimas en el Senado y la crisis en la Alianza”. Nunca se aprovechó de nuestra confianza para inducirme a crucificar a nadie con datos falsos. Ni tonto ni cruzado: en el 2000 ya llevaba 17 años entre zorros y a la vez tenía muy claro que las coimas en el Senado eran la coronación de un feudo que había arrancado con la DAS. Y otra cosa: estaba convencido de que los sobornos indicaban un límite que la democracia no debía pasar.
Con su estilo didáctico y su sonrisa de siempre, Manolo le había pintado el cuadro del poder real en el Senado a Chacho Alvarez antes de que éste asumiera, como vicepresidente de la Nación, la jefatura del cuerpo. Alvarez le caía bien, pero Manolo opinaba que no le había dado suficiente importancia al tema y pensaba que, en política, no se puede subestimar el peso de ninguna estructura, sobre todo cuando tiene capacidad de supervivencia y daño.
Cuando murió Alfonsín, el 31 de marzo de 2009, fue Manolo el encargado de organizar el velatorio del ex presidente en el Congreso. Tuvo el equilibrio suficiente como para respetar los deseos de la familia y los pedidos del radicalismo y, al mismo tiempo, estar atento por si la Presidenta, en ese momento fuera del país, lograba adelantar su vuelta.
Dos años después, ayer, fue Manolo el homenajeado. Acaso en la mayor coincidencia parlamentaria de los últimos tiempos, lo despidieron el jefe del bloque radical Gerardo Morales, el jefe del bloque peronista, Miguel Pichetto, y el presidente del Senado, Julio Cobos. “Era una institución”, dijo Morales. “Un hombre de la democracia y, fundamentalmente, de la República.” También rescató “el oficio, la experiencia y las convicciones” de Manolo. Pichetto lo definió como “un hombre que siempre hizo importantes aportes en la búsqueda del entendimiento y de las soluciones”. Y agregó, poniendo un matiz que no suele formar parte de la frase hecha, que “era un hombre con códigos, con buenos códigos, que irradiaba respeto”. Cobos le elogió “la preparación, la buena voluntad y la total transparencia”.
Cualquiera diría, por esas coincidencias, que se murió un moderado. Error. Manolo distaba de serlo. Sólo era un político consciente de lo que tenía entre manos, sabía que no era propiedad privada y administraba ese poder de manera muy responsable.
Pero, más allá de las instituciones, es difícil olvidar su voz juguetona empezando siempre una conversación con la misma frase: “¿Cómo estás, querido?”. Y también qué me contestó el día que le pregunté cómo le gustaría figurar en el libro. “Con un apodo”, me dijo. “Vos poné Morpión.” Busqué la palabra. Descubrí que era del francés. Así se llaman un islote del Caribe y un juego. Y la traducción al castellano es “ladilla”. Cuando le pregunté a Manolo por qué Morpión, el turro se mató de risa.







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