El ahogo financiero ya estrangula los balances del sector productivo. En medio de una recesión profunda y tasas asfixiantes, la economía real asiste a un derrumbe silencioso que amenaza con un colapso generalizado.
Eugenia Muzio
El endeudamiento que comenzó como un síntoma de asfixia en los hogares argentinos se trasladó de forma violenta a los balances de las fábricas, llevando la cadena de pagos de la industria a un punto de tensión máxima, al borde del quiebre. Con los niveles de consumo minorista por el piso, las empresas enfrentan atrasos en sus cuentas corrientes que, en sectores críticos, superan los 100 días, mientras asisten a la multiplicación de los cheques rechazados. Esta crisis de liquidez castiga con mayor fuerza a los rubros que combinan la peor ecuación técnica: un desplome histórico de la demanda frente a una altísima capacidad ociosa, un escenario de colapso que esta misma semana sumó un capítulo emblemático con el derrotero operativo y financiero de Garbarino.
Según un diagnóstico de la Unión Industrial Argentina (UIA) el 45,6% de las empresas industriales ya reporta dificultades para afrontar pagos básicos como salarios, proveedores, compromisos financieros o impuestos. La principal consecuencia del corte en los cobros es el impacto de los intereses compensatorios, un ahogo financiero señalado por el 39,8% de la muestra encuestada.
La asfixia en el interior y el costo de sobrevivir
Economistas que miran los números de las principales empresas del país aseguraron a PERFIL que el fenómeno cobra mayor fuerza al analizar la provincia de Buenos Aires, donde las fábricas acusan las peores dificultades de caja. Al operar con menor demanda y mayor capacidad ociosa, las plantas licúan su capital al tener que distribuir altos costos fijos entre menos producción, viéndose obligadas a cubrir descubiertos bancarios con tasas exorbitantes que oscilan entre el 80% y el 100%.
El efecto impensado de la recesión: la falta de residuos dispara los costos de la cadena productiva
En los galpones del interior productivo, la crisis se materializa con una velocidad y crudeza aún mayor en los atrasos de la cuenta corriente. Sectores como la maquinaria agrícola tienen un promedio de 100 días de demora. "Resulta imposible de sostener", sentenció el dueño de una fábrica que representa al rubro. Las pymes hacen malabares para sobrevivir: mientras la lógica de rentabilidad exige operar con un costo financiero cercano al 5%, en la práctica las fábricas están asumiendo cargas del 25% al 30% para cubrir los baches crónicos de caja.
Esta dinámica implica licuar entre un 5% y 6% mensual del capital propio a través del descuento de valores bancarios, venta de cheques o la toma de nuevos créditos. Datos territoriales, como la recaudación de la tasa de Derecho de Registro e Inspección (DREI) deflactada en Rosario, muestran que la caída fabril acumula 32 meses consecutivos, empujando a cerca del 60% al 70% de las pymes metalúrgicas de la región hacia una fase crítica. "Ya está muy difícil seguir aguantando. Estamos viendo cierre de empresas, despidos y convocatorias de acreedores. Algunos pueden aguantar, otros se reconvierten", alertó el dirigente.
Cheques rebotados y el colapso del consumo
En la esfera minorista, mientras tanto, se multiplica la cantidad de cheques rechazados y el nivel de endeudamiento. Datos oficiales del Banco Central, analizados en un reciente reporte del especialista financiero Alejandro Sangiorgio, reflejan que el crédito destinado a las familias registró una morosidad relativa del 9,3%, lo que marca un salto violento y alcanza su valor más alto desde el inicio de la serie histórica en enero de 2010. Las líneas de financiamiento al consumo son las más castigadas por la recesión: en los préstamos personales, el índice de morosidad trepó al 12%.
En diciembre, la autoridad monetaria informó que los cheques rechazados sin fondos se triplicaron, alcanzando los 119.285 documentos sobre un total de 160.823 rechazos formales en el sistema. En términos estadísticos, esta dinámica representa un salto del 19% mensual y un alarmante incremento del 205% interanual.
El estrés financiero golpea más a los eslabones más vulnerables del entramado social y comercial. Según un cruce de datos del Instituto Argentina Grande (IAG), el decil de menores deudas (hogares que deben entre $25.000 y $123.000) registra un nivel de morosidad del 27,9%, evidenciando que los sectores de ingresos más bajos que se endeudaron para el consumo diario directamente dejaron de pagar.
En esa misma línea, el ahogo se extiende a los locales de retail: la morosidad en el rubro de venta de electrodomésticos se disparó al 27%. El caso de Garbarino, que anunció su quiebra, o de Peabody, que entró en concurso de acreedores, son los ejemplos empíricos de las consecuencias de estos datos, combinados con una fuerte competencia de la importación de productos, a la que la cadena productiva local todavía no puede hacerle frente.
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