Un mecanismo de corrupción que sigue vigente

Fernando Gonzalez

La corrupción es un fantasma que persigue a la política argentina. Con mayor o menor protagonismo ha sido parte de todos los gobiernos desde la restauración democrática: solapada con Raúl Alfonsín; exhuberante con Carlos Menem; parlamentaria con Fernando De la Rúa y paulatinamente creciente con el kirchnerismo.

En este tiempo se podría señalar la investigación interrumpida sobre el aumento del patrimonio de los Kirchner; la saga ostentosa de Ricardo Jaime o las prevenciones del gobierno estadounidense, que ayer volvieron a la luz a través de los archivos de WikiLeaks. Pero es mucho más grave la decisión judicial por la que se procesó a Héctor Capaccioli, el encargado de recaudar en 2007 el dinero para financiar la campaña presidencial de Cristina.

El fallo del juez Norberto Oyarbide castiga el modo arbitrario en que el ex funcionario de la Superintendencia de Salud repartió 48 millones de pesos destinados a las obras sociales entre los sindicalistas amigos del poder, con el actual titular de la CGT, Hugo Moyano, como principal beneficiado. Debería ser un llamado de atención para la Presidenta, quien hace diez días acaba de transferirle a sus aliados gremiales 250 millones que llegarán a 1.000 millones antes de las elecciones de octubre.

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