Los próximos días serán de intenso aprovechamiento para el kirchnerismo neuquino. El sábado estará en la capital neuquina, con caminata en barrio incluida, la fórmula presidencial del oficialismo, Daniel Scioli y Carlos Zannini.
Y el lunes se inaugurará el servicio ferroviario interurbano, también con boato oficialista.
De los dos acontecimientos, el primero reviste una connotación mucho más partidaria, pero no por ello menos impactante para una sociedad que ve ya en Scioli una posibilidad cierta de próximo gobierno, después de haber superado todas los escollos que el mismo kirchnerismo sembró en su paso, siempre constante, impertérrito hasta la exasperación.
El segundo, la inauguración del servicio de tren entre Cipolletti y Neuquén, es de alto impacto. El tren siempre fue popular, aun en su desaparición de estas tierras, por mera nostalgia. Su retorno, en la forma de un servicio muy acotado (unos cinco kilómetros de recorrido) ha despertado una expectativa fortísima, que se expresa en la cantidad de ciudadanos que hacen cola en la estación (ver foto, en el caso de Cipolletti) para sacar su tarjeta SUBE.
A Scioli lo alabarán y lo criticarán por igual. Al tren no. Por el momento, son todos elogios, y las únicas prevenciones críticas tienen que ver con la seguridad en los pasos a nivel, que se ha confiado al personal humano capacitado al efecto. El tren llega, hay que admitirlo esto por ser un dato objetivo, de la mano del empecinamiento kirchnerista en el tema, más allá de que desde la región se insistió mucho en el tema, desde distintos enfoques políticos y partidarios.
La mano principal, por supuesto, se le reconoce a Cristina Fernández, la presidente. La segunda mano, ejecutora de sus deseos, ha sido en este caso Florencio Randazzo, rival de Scioli hasta que la primera mandataria inclinó la balanza para el lado del actual gobernador bonaerense, imponiendo a Zannini como acompañante.
Así, Neuquén verá con diferencia de horas a estos rivales internos lucir cada uno lo suyo: el primero, la posibilidad cierta de calzarse la banda presidencial; el segundo, el presente de realidad concreta que permite cumplir aquella promesa de trenes anunciada en plena campaña.
Llega con máquinas nuevas y vagones confortables, a diferencia de aquel servicio que dejó de funcionar en los ’90; aunque parecido en el enfoque populista, que rápidamente se aprecia cuando se observa que para mover este pequeño convoy desde Cipolletti a Neuquén harán falta más de 70 personas, un pequeño ejército de empleados.



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