La certidumbre sobre la reelección de Cristina Fernández parece haberse fortalecido cada vez más. Está a la vuelta de la esquina. En el palco central de la cancha de Huracán, así pareció entenderlo Daniel Scioli.
Para los kirchneristas ortodoxos todo es clima de festejo. Algunos consultados exponen que Scioli es un buen seguidor y cumplidor de pautas políticas, muchas de las cuales nos las siente. Los ultra K entienden como un perogrullo que Cristina es la única conductora de un proyecto nacional genuino y que el gobernador encarna una suerte de derecha reprimida que se expresaría con su máximo esplendor si Scioli fuera presidente.
En más de una mesa de café brotó espontáneamente aquel ejemplo de la discusión de Scioli con Néstor con distintas visiones sobre la economía. Por ese entredicho, el primero de ellos se ganó una importante Siberia política, aún como vicepresidente que era entonces.
Pero Scioli, según quienes lo conocen, suele realizar rápidamente sus etapas de frustración. Él mismo gusta de contar en distintas declaraciones periodísticas cómo salió al frente de situaciones personales desgraciadas, asimilando esas experiencias con el nivel político.
Necesita de las energías renovadas y crecientes para la etapa consuelo, que más de un político quisiera protagonizar, que es el camino a la reelección. Pero, a diferencia de otros tiempos, el mensaje del kirchnerismo en general ha sido claro; ese título lo debe renovar ganándoselo como el pan de cada día.
Ha sido clara en los últimos meses la subestimación de la Rosada hacia Scioli, demostrando que hay al menos dos y hasta tres potenciales gobernadores oficialistas que podrían claramente ejercer la custodia doctrinaria el proyecto en territorio bonaerense. Se nombra al diputado nacional Martín Sabbatella, pero también a Sergio Massa, a quien, pese a integrar una corriente interna diferenciada en el justicialismo, se lo observa como una suerte de kirchnerista crítico no mucho más despegado que Scioli del oficialismo.
Scioli tiene un tácito aval para seguir en carrera. Pero sólo eso. Tiene una clara ventaja en el sentido de exponer en vidriera su gestión y que contará con recursos importantes para su campaña y muy superiores a los de sus oponentes.
Sería un interesante desafío el develar por qué, si ante tanta lealtad demostrada, Scioli tiene uno de los tres boletos del tren, esto pareciera ser positivo y agradable.
Porque, según analizan en el oficialismo provincial, Scioli volverá a su rutina que más desea. La de mostrarse trabajando en actos públicos, tantos como la jornada los permita. Y demostrando que, aunque no pueda solucionar temas tan urgentes como la inseguridad, hay esfuerzo en dirección a ese norte.
En ese sentido, apuestan a la instalación de un escenario de cumplimiento imposible de las mejores garantías de seguridad o, en su defecto, de necesidad de un protagonismo integral para resolver esa problemática, donde confluyan otros poderes e incluso la oposición. Así, ante un hecho policial emblemático, no sería Scioli el único blanco. Ya el gobernador pretende lograrlo con el tema de apuntar a otros responsables como el Congreso de la Nación con la ley de baja de edad de imputabilidad.
Esto responde a una estrategia de gestión exclusivamente comunicacional que, pese a una relativa eficacia, puede volverse contraria a partir de la también eficaz difusión de hechos graves de inseguridad, donde el primer ausente es el Ejecutivo, que no llegó a tiempo con su tarea de prevención.
Pero a Scioli le preocupa, por el momento, ganar una interna que parece que va a ser casi segura contra Sergio Massa y mantenerse en la cima de las encuestas.
Apuesta a un frente social tranquilo donde, resuelto el principal conflicto con los docentes, podría también avanzar con el resto de los sectores laborales con ofertas similares.
El resto implica evitar mayores grietas y filtraciones de problemáticas –que las hay y muchas- en su gestión. Con esos detalles, el sciolismo entiende que sólo hay que hacer un esfuerzo cuantitativo por demostrar obras y presuntas soluciones eficaces. Y que el resto es mostrar el piloto automático.
Igualmente todo puede ser muy predecible. Pero los problemas suelen aparecer. Y en muchas ocasiones el mejor libreto escrito es totalmente inútil cuando se deben resolver desde una importante responsabilidad de gestión. Hasta ahora eso le ha pasado en muy pocas ocasiones a Scioli, y por eso está confiado. Pero nada garantiza el mejor de los futuros, incluso a quien puede estar gozando del mejor presente.





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