Francisco: todo lo que el Papa podría hacer por Buenos Aires

Francisco: todo lo que el Papa podría hacer por Buenos Aires
El padre Jorge, de Flores, llegó al trono de Pedro en el Vaticano y, tal vez, ayude para que una ola de espiritualidad nos haga, al menos, un poco más amables
Desde el miércoles pasado, Buenos Aires se hermanó para siempre con la localidad alemana de Marktl am Inn (2700 habitantes, en la Alta Baviera) y la ciudad polaca Wadowice (30.000 habitantes, a 50 kilómetros de Cracovia). Allí nacieron, respectivamente, Joseph Ratzinger y Karol Wojtyla, los dos papas anteriores al Francisco argentino y sanlorencista que acaba de mudarse de Flores al Vaticano.

La familia urbana de nuestra ciudad se amplió sin que nadie lo hubiera imaginado, y la verdad es que pocos parientes podrían ser más humildes. Tal vez allí haya que ver otra lección de sencillez inspirada en "el hombre de la pobreza, el hombre de la paz", tal como definió el nuevo pontífice a San Francisco de Asís, cuya basílica porteña se sitúa en la esquina de Alsina y Defensa, en los límites del barrio de Monserrat.

Marktl am Inn es diminuta y muy antigua, y quizá por eso mismo la fecha exacta de su fundación permanece en algún rincón olvidado de la historia. Todo indica que su origen se remonta a algún momento del siglo XIII, y según Wikipedia los principales acontecimientos que vivió durante los últimos 25 años fueron la conexión con la autopista A-94 (1989), la renovación de la plaza del mercado (1996) y la creación de la cerveza conmemorativa Papstbier, o "cerveza del papa" (2005).

Por su parte, Wadowice habría sido fundada a fines de siglo X por un hoy incierto "Wlad" (Ladislao), y durante años vivió como centro de manufacturas. En el siglo XVIII, durante la primera partición de Polonia, pasó a manos de Austria, donde sería rebautizada con el prometedor nombre de Frauenstadt o "ciudad de las mujeres".

Considerada parte de la región de Galitzia, que también diera al grandísimo escritor Joseph Roth, Wadowice se integró a Polonia tras el final de la Primera Guerra Mundial, que marcó la desaparición del Imperio Austro-Húngaro. Actualmente, sus mayores atractivos son la fiesta de cumpleaños de Karol Wojtyla (18 de mayo), la Casa Museo del Santo Padre, la iglesia parroquial y la plaza Juan Pablo, donde el frío viento polaco hace flamear una orgullosa bandera vaticana.

No caben dudas de que la elección del "padre Jorge" de Flores como nuevo pontífice es un hecho abrumador que ningún argentino contemporáneo podrá olvidar.

Para quienes llevan décadas acostumbrados a creer que los acontecimientos nacionales se miden en goles, discursos o cantidad de víctimas, parece difícil advertir la dimensión de una noticia que transforma a un compatriota en un líder global con auténtico poder para cambiar el mundo.

La pregunta: "¿Dónde estabas cuando eligieron al papa?" suena en todos los rincones de la ciudad y sonará durante quién sabe cuánto tiempo.

En mi caso, yo me encontraba en un casamiento, en un Registro Civil del barrio de Belgrano, sobre la avenida Cabildo. Tras sortear aquí y allá manifestaciones y cortes de calles, había llegado justo a tiempo a una ceremonia que duró 4 minutos. Y en el minuto final, justo cuando me disponía a abrir el paquete de arroz grano fino con el que atacaría a los novios, sobre un muro de la sala divisé un insólito cartel con fondo amarillo que decía "prohibido tirar arroz".

Bastante mejor pertrechados, algunos amigos esperaban la salida de la feliz pareja con bolsas de papel picado; otros, con tubitos de lanzaburbujas que yo veía por primera vez. La alegría colectiva respetó las normas y salí del Registro Civil con el paquete de arroz en la mano y sin abrir.

En la puerta, un florista ofrecía ramos de todos los precios y tamaños, y mientras me acercaba para comprarle unas rosas me pareció notar una emoción exagerada en sus ojos y manos de anciano. "¿No sabías? ¡El Papa es argentino!", me explicó, con la voz quebrada.

Entre el tumulto alcancé a darle el ramo a la madre de la novia, y ya de camino al subte recordé el notición que me había dado el viejito.

Porteño como la línea A del subte que usaba para ir de Flores al centro, ¿qué podrá hacer el Papa por nosotros?, me pregunté. ¿Rezar para que el tránsito no se cobre más víctimas fatales? ¿Mediar por el conflicto entre los ocupantes de la Sala Alberdi y el gobierno local? ¿Promover una ley que recupere el hábito de tirar el arroz en las bodas? ¿O impulsar una ola de espiritualidad que nos haga, por lo menos, un poquito más amables?

En busca de respuestas, volví sobre mis pasos para buscar al florista. Pero cuando llegué a su puesto ya no estaba, como si en realidad hubiera salido de Wadowice o de Marktl am Inn..

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