A veinte años del nacimiento de la convertibilidad, sostiene que “a este Gobierno le crece la nariz” y que no puede mantener políticas consistentes para evitar las subas de precios.
Con esa frase, Domingo Cavallo, padre de la convertibilidad, el plan que demoró un año en frenar el proceso hiperinflacionario iniciado a finales de los 80 y que continuó durante los dos primeros años de gestión de Carlos Menem, comenzó a responder las preguntas que PERFIL le realizó en ocasión del nacimiento, hace veinte años, del uno a uno.
—¿Cómo se le vende a un presidente un programa como la convertibilidad?
—Menen estaba consciente de la gravedad de la situación general de la Argentina. Estaba ansioso por encontrar una solución. Cuando yo le expliqué el programa, de inmediato se dio cuenta de que era una buena solución y estuvo de acuerdo.
—¿Les preocupaba que la inflación no bajara de inmediato?
—Durante el primer año, la tasa de inflación fue como de 20%. Por supuesto que nos preocupaba. Esperábamos una convergencia más rápida, pero junto con el lanzamiento de la convertibilidad eliminamos las retenciones que eran del 33% sobre las exportaciones agropecuarias. Entonces los precios de los alimentos y, en particular de la carne, estuvieron subiendo hasta octubre. Pero luego, ya en el segundo año, la inflación estaba en el orden del 5 al 6%. Ya en el 93 estaba en el 3 por ciento.
—¿Y que pasó con el gasto público?
— Prácticamente congelado entre el 91 y el 95, excepto en un rubro: el pago jubilaciones y pensiones. A partir de diciembre del 92, tuvimos que ajustarnos a las leyes vigentes, subimos la jubilación media y empezamos a pagar lo que la ley establecía además de regularizar la deuda con los bocones previsionales. No sólo hubo que reconocer deuda con los jubilados. Las había con proveedores, contratistas. El déficit comenzó a aparecer en el segundo semestre del 94, por el aumento del gasto previsional. Si bien nosotros habíamos frenado el ajuste por inflación de las jubilaciones, no estaba frenado el 82% móvil para los que se habían jubilado con anterioridad.
—Hoy también los fallos de la Corte tienden a aumentar el gasto previsional...
—La Corte convalidó todo lo que habíamos mandado al Congreso pero no en forma automática. Nos obligó a dar un ajuste adicional a todas las jubilaciones de 20%. Pero después ya convalidó la ley de solidaridad previsional.
—¿No empezaron a cuestionarse si había que hacer algo adicional con la convertibilidad cuando llegó la crisis del Tequila?
—Había dos alternativas: echar todo por la borda y dejar que se produzca una crisis o conseguir apoyo del exterior para recomponer el nivel de reservas y continuar con la convertibilidad, con el tipo de cambio fijo. Conseguimos mucho apoyo en el exterior, del FMI, del Banco Mundial y el BID y hasta el BIS de Basilea, que le había negado apoyo a México. Entonces pudimos revertir rápidamente esta situación de fuga de capitales. Ya en el 96, la economía estaba creciendo vigorosamente.
—¿Pensaron qué hacer después, en el 97, para evitar que impacten otras crisis externas?
—En aquella epoca recibí una crítica del New York Times, que argumentaba que justo el padre de la convertibilidad hablaba de dejar flotar el peso. No se hizo porque confluyeron los intereses de tres grandes actores: los industriales, que no querían ver una apreciación del peso, como no la quieren ver hoy en Brasil. Los bancos, porque eso implicaba menor entrada de capitales y menor liquidez. Y las provincias, porque estaban gastando mucho, en particular la de Buenos Aires, y necesitaban financiamiento. Ya no estaba en el Ministerio de Economía. Y Roque Fernández (sucesor de Cavallo), Pedro Pou (presidente del BCRA) y el mismo presidente Carlos Menem pensaban en el esquema de dolarización y no de flotación. Pero justamente la dolarización es llevar al extremo el problema de la entrada y salida de capitales de corto plazo.
—¿Con qué ideas volvió a ocupar el Ministerio de Economía en 2001?
—Apuntalar el aumento de la productividad, para lo cual necesitamos eliminar todo tipo de restricciones a la importación de bienes de capital, bajar a pleno los aranceles y compensar a la producción local de esos bienes. Por el lado de la demanda, había que restablecer la confianza para que no se siguieran fugando los capitales pero ésa era la parte mas difícil porque obviamente se había gestado un problema de insolvencia del sistema bancario, a causa precisamente de los préstamos que le había hecho el sistema bancario a las provincias. El FMI primero nos prometió apoyo y desembolsó US$ 5 mil millones en agosto pero luego cuando ya estábamos lanzando el proceso ordenado de la deuda, el Fondo comenzó a demorar una decisión y finalmente optó por no desembolsar en noviembre.
—¿Hacía falta devaluar en diciembre de 2001?
—Producimos una devaluación virtual haciendo que las exportaciones recibieran un reembolso de la diferencia entre el euro y el dólar, y las importaciones pagaran en forma de arancel esta misma magnitud. Y recurrimos a este mecanismo porque no queríamos violar la ley de convertibilidad pero el día que un euro valiera un dólar, lo que ocurrió a mediados de 2002, hacer flotar el peso entre el dólar y el euro. En realidad, como el euro se iba a apreciar, cosa que nadie estaba seguro que ocurriera, obviamente el peso seguiría prácticamente pegado al dólar. El dólar ya a partir de ese momento era la moneda más débil.
—¿Cuál fue el error del gobierno que asumió en diciembre de 2001?
—El mayor error del gobierno que asumió en diciembre de 2001 fue decretar la pesificación. Porque si se hubiera dejado flotar, pero sin pesificar, a partir de ahí hubiera sido factible aplicar una política de metainflación similar a la brasileña. Pero al producir la pesificación compulsiva, provocaron una megadevaluación.


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