La CGT definió el primer paso de su contraofensiva contra el fallo de la Corte que abolió el unicato sindical.
Por: Pablo Ibáñez
Hugo Moyano, escoltado por Belén (de espaldas), encabezó ayer la cumbre de la CGT para resolver cómo actuar ante el fallo de la Corte.
A ciegas, sostenido apenas por promesas difusas, la CGT tratará que Cristina de Kirchner mande al Congreso un proyecto para reemplazar el artículo 41 de la Ley de Asociaciones Sindicales, que abortó un fallo de la Corte, y terminó con medio siglo de monopolio sindical.
No todo el arsenal irá sobre la Presidente: en una señal inequívoca de que para el cacicazgo gremial, el centro de decisiones opera desde Olivos, Hugo Moyano fue encomendadopara pedirle a Néstor-Kirchner que, como jefe del PJ, exponga una posición y una táctica.
Esos dos ejes, uno institucional y otro político, bosquejó ayer la CGT en medio del festival del escarnio en que se convirtió ayer la sede sindical de la calle Azopardo donde sesionó, convocada de urgencia, el Consejo Directivo que comanda el camionero.
Lo explicitó, genéricamente, Héctor Daer, secretario de Prensa cegetista: «Debe haber una solución política porque entra en colisión con la estructura de los derechos sindicales», señaló el dirigente de Sanidad que ofició como vocero de la resignación: «El fallo no se discute», dijo
Legislación
La vía formal consistirá en pedirle a la Casa Rosada, a través de Carlos Tomada, que avance con una legislación que supla el suprimido artículo 41 que regula la elección de delegados en las empresas y que, con la declaración de anticonstitucional, queda desierto.
La avanzada sobre Kirchner manotea otro argumento: la Ley 23.551 fue promovida y sostenida por el PJ, cuando se diluía el gobierno de Raúl Alfonsín. Y, dicen en la CGT, el partido -del que Moyano es vice segundo- no puede estar ajeno a los cambios que introdujo la Corte.
Por lo pronto, Kirchner les corrió el cuerpo: ayer, durante una charla con movileros en la Casa Rosada luego del acto por Héctor Cámpora, evitó opinar sobre el fallo y se limitó a la obviedad de que respeta la decisión judicial.
Los planteos, que excluyen en principio movimientos callejeros, no traducen en toda su dimensión el clima hostil que se apoderó ayer del edificio de la calle Azopardo, donde desde los Kirchner hasta los jueces de la Corte fueron fulminados por las quejas sindicales.
Cruce
Puede relatarlo Julio Piumato que, parsimonioso, quiso ensayar una defensa de la Casa Rosada y le saltaron a la yugular: «Acá no venimos a defender al gobierno; acá estamos para defender a los trabajadores» lo cruzó un jefe sindical que ya anota despidos en su gremio.
Se escucharon, también, palabras poco amigables para Esteban Righi, a quien la CGT sindica como el « operador» que despabiló una causa que estaba dormida desde hace 7 años. En una remembranza del otro setentismo, le recordaron su filiación en La Tendencia.
La metralla alcanzó a Tomada, sobre quien pusieron en duda su cintura en asuntos legales. No se trata, menos cuando está enojada, de gente sutil: «inepto» calificó un sindicalista del rubro servicios al ministro de Trabajo a pesar de que es, casi, un hombre de la casa.
Fue abogado de la CGT -por entonces, el principal aportante de argumentos legales para frenar las demandas de libertad sindical de la naciente CTA-y, recuerda Héctor Meguira, asistió a PECIFA, gremio donde se gestó la demanda que derivó en el fallo cortesano.
Sin margen, aunque sin dejar de marcar su enojo -Moyano, el más suave de todos, dijo que se trató de «un error»- la CGT aceptó ayer públicamente la validez del fallo, pero se esforzó por minimizar su alcalde y volcó sobre la Corte el riesgo de « consecuencias imprevisibles». Cuestionó, además, al tribunal por citar una resolución de la época de Juan Carlos Onganía y, traductor del fallo, sostuvo que no pone en duda ni cuestiona el monopolio gremial porque destaca la preeminencia del gremio con mayor representatividad; es decir con más afiliados.
Pero no todo se apagó ahí: aunque fue, apenas, discutido dentro de la cumbre, la CGT no perdió la oportunidad para repetir su alerta sobre el riesgo de despidos. Antonio Caló, jefe de la UOM, llegó más lejos: «Se puede paralizar la producción del país».









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