Entre el deseo y la realidad

Por Martín Lousteau
Cada vez que se celebran comicios, los medios suelen mostrarnos a sus protagonistas saliendo de emitir el sufragio y exaltando la naturaleza del acto eleccionario como una "fiesta de la democracia". Si ello es así, las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) vienen a ser como la matiné, una suerte de simulacro preparatorio para el gran evento en el que a priori se supone que va a ocurrir muy poco: de hecho casi no había disputas internas relevantes que dirimir.

Las PASO no han servido para elegir los candidatos presidenciales de cada partido, pero sí han permitido establecer el nivel de adhesión de cada espacio político después del colorido mosaico de elecciones previas. En los breves cinco meses que transcurrieron entre la primera de ellas (Catamarca) y la última (Córdoba), pasamos de la euforia oficialista a un clima prematura y equivocadamente triunfal en el campo opositor.

Existe un fenómeno peculiar en los trabajos de campo que revelan la percepción de los individuos respecto de su situación económica y social. En ellos, la proporción de gente que se considera de clase media es siempre muchísimo mayor que la clase media en sí. La explicación es sencilla: en el limitado y homogéneo ámbito en que nos movemos, siempre podemos encontrar gente en mejor y peor situación económica que nosotros mismos, y ello tiende a ubicarnos mentalmente en el promedio. Pero basta cambiar de entorno o mirar las estadísticas de distribución de ingreso para corregir y hallar nuestro verdadero lugar socioeconómico. Ignorar el hecho de que desarrollamos nuestras actividades cotidianas en un hábitat específico ha llevado a muchos analistas y periodistas (e incluso a varios políticos) a confundir sus deseos y los de sus seres cercanos con la realidad.

Ahora que tenemos la primera encuesta con cobertura nacional, sin "errores muestrales" ni falsificación de resultados por interés del que la encarga y falta de escrúpulos de los que la realizan, sus resultados son contundentes: el Gobierno tiene un apoyo abrumador, que se refleja en los números obtenidos tanto por la fórmula presidencial del oficialismo como por su candidato en la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Ambos obtuvieron alrededor del 50% de los votos, con lo que prácticamente duplicaron las cifras sumadas de sus dos inmediatos perseguidores. Y, para desgracia del arco opositor, los magros números de estos últimos son parecidos, por lo que ni siquiera surge de allí un único liderazgo.

A estas alturas, parece casi imposible que pueda entrar en zona de riesgo la victoria en primera vuelta de Cristina Fernández de Kirchner y Amado Boudou. Seguramente, en los próximos setenta días veremos el esfuerzo de algunos sectores del establishment por sostener algún nivel de desafío por parte de Duhalde y Alfonsín. Pero cuesta pensar que vaya a tener lugar una traslación de los votos de quienes ayer optaron por Binner, Carrió o, incluso, el milagro de Altamira, hacia cualquiera de los dos.

Una característica de las elecciones nacionales de este año es que van a limpiar el escenario de actores que parecen haber sido declarados intrascendentes a los ojos de la sociedad. La voz de Lilita podrá ser incisiva en el diagnóstico, pero ya sabemos que los argentinos le prestan poca atención a su contenido. El discurso de «Pino» Solanas parece haber sido juzgado con la letra de Sabina en la mano: "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Los Rodríguez Saá seguirán siendo un fenómeno exclusivamente puntano. La estrella de Alfonsín habrá sido tan efímera como livianos los fundamentos de su ascenso al firmamento, y su ocasional socio, De Narváez, deberá optar por volver al redil de aquellos a quienes despreció, como Duhalde o Macri, o bien evaporarse paulatinamente.

En los desempeños de Duhalde y de Binner podemos hallar una curiosa paradoja. Entre ambos, el de mayor caudal de votos no pudo ocupar el rol de principal opositor, ya que repite su derrota de 2005 en la provincia de Buenos Aires y confirma su posición como una importante figura del pasado reciente argentino que carece de protagonismo futuro. Mientras, el socialismo parece ir pasando exitosamente las etapas obligatorias para su consolidación: de partido municipal a gobernar Santa Fe y, ahora, a transitar definitivamente la desafiante tarea de construir un partido nacional.

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