Encabronados

Por: Pepe Eliaschev.

Las imágenes de la cancha cordobesa eran deprimentes. En realidad, fueron más que eso. Fueron indignantes, capaces de producir depresión profunda. Esos facinerosos que en el césped de Belgrano pretendían castigar a los jugadores de River eran tan detestables como situaciones parecidas que todo el tiempo se dan en este país.

Encapuchados muchos de ellos, corrían como simios por la cancha, tratando de embocarles una piña a los mediocres futbolistas de la banda roja. Bestiales pero cobardes, guturales, seguidos por el rugido justiciero de una tribuna que tal vez se sentía vindicada por esos violentos, verdaderos prepotentes de la imbecilidad, configuraban la coreografía de un país enfermo.

Es injusto y desaforado extrapolar ciegamente. Algo me decía la noche del miércoles que esas imágenes desagradables y violentas, lejos de verificar el accionar aislado de unos supuestos inadaptados, representaban el estado mental de una sociedad enojada a la que se le nubla la mirada todo el tiempo.

Tuve la sensación profunda (libre de toda culpa) de que los despreciaba sin miramientos. Esos sujetos que patrullaban como fieras idiotizadas ese campo de fútbol para darle “su merecido” a un equipo de once tipos asfixiados eran una parábola. Lo eran para mí, al menos.

Alta la noche de una jornada ya terminada y mientras millones de seres se preparaban para un nuevo día de trabajo, estos rufianes bien calzados, vestidos con ropa deportiva y con las caras cubiertas, ¿qué tenían que ver con la indigencia, la marginalidad o la exclusión social? Atrás de unas alambradas ya perforadas, centenares de admiradores de los violentos alentaban la excursión punitiva. Gritaban con los rostros descompaginados. Amenazaban con cortarles el cuello a los futbolistas. Anunciaban con sus brazos desparramados y sus manos de arriba abajo que se venía una paliza si River descendía a la B.

Soy de Racing. Conozco la tristeza. Que no me expliquen cómo es la desgracia. Recuerdo 1983. Cuando regresé del exilio vi a la “Acadé” peleando por volver a primera. Pero, además, la vida me permitió la lujuria del disfrute. Desde la tribuna, mis ojos se han deleitado con el exquisito talento de Corbatta, Sacchi, Sosa, Paz y Capria. Hasta lo vi jugar a Pelé. Si comparo, me sumerjo en la penumbra. Primaba la habilidad, el delicado juego de ser mejores a fuerza de pura joyería de piernas y creatividad.

La noche de este miércoles, en medio de aquella turbia demostración de “justicia” por mano propia, lo peor de la Argentina supuraba hacia la epidermis de la pantalla de televisión. Lo peor de la Argentina no es poca cosa. Tampoco es irrelevante. Es mucho y es grueso.

Imposible no detectar en esos enardecimientos la misma fisiología de un cuerpo social apestado de pugnacidad, una cultura marcada por el desprecio. Tampoco se puede obviar la filigrana profunda tras las recurrentes explosiones de destructividad a las que asistimos, habituados e impávidos, tan inmutables como las policías criollas que todo el tiempo sólo se dedican a mirar y a dejar de hacer, conductas sistemáticas en un país en el que se decidió no “reprimir” nada, nunca, y por ninguna razón.

Confieso una fantasía: hubiera amado que esos tipos hubiesen sido prontamente detenidos y arrestados. Prevalece, empero, la cultura de “contener”, ese verbo que intoxica a una sociedad que no sabe qué significa ni para qué sirve la tal “contención”. Pero seamos justos; esa demencia depredadora tiene sus representaciones en la vida política de un país en el que nadie parece capacitado para acordar algo con alguien. Sociedad de “aguantes”, donde “bancar” implica a veces ser cómplice de delitos, la norma aquí es no aceptar, no negociar, no transar. ¿No enseña eso el panorama electoral?

El propio despotismo vertical con que procede un Gobierno, donde todo depende absolutamente de una sola persona, encuentra su contraparte dialéctica en fracciones opositoras que se apuñalan por la espalda o se rompen como endebles cristales a la primera divergencia.

El verticalismo opaco y agresivo que gobierna parece trasladar su espíritu de gresca sistemática hasta quienes se proponen heredar al actual elenco conductor. Se percibe eso: una sociedad encabronada, incapaz de la más elemental cordialidad social, desprovista de afecto, intoxicada de soberbia excluyente. Esos tipos que querían pegarles a los pobres jugadores de River fueron la foto de un desquicio más vasto y profundo, imagen de un país enojado, de arriba hacia abajo, consigo mismo.

En ese país, las coaliciones no sobreviven, las concertaciones se quiebran, los acuerdos se parten. Ese mecanismo de brusquedad se reitera en todos lados, no es invento ni exclusividad de los políticos. Pero es particularmente agraviante que prolifere y mande en espacios convencidos de sostener valores superiores. Ejemplos de la última quincena en el progresismo abundan, pero tres de ellos son elocuentes.

En el Inadi terminaron a las patadas, atragantados de procaces robos y enfrentados hasta a la comisaría, justo ellos, gente de avanzada, moderna y transgresora del viejo orden. Tal vez excesivamente ingenua, o queriendo creer, Vilma Ibarra le confesó su disgusto a Martín Sabbatella, al enterarse de que el diputado del kirchnerismo “crítico” resolvió disciplinarse a la Casa Rosada. A Pino Solanas le duró 48 horas su romance con los socialistas y armó rancho aparte.

Mala vibra por todos lados, dientes apretados, nadie cede nada. Ese es el magisterio que se le impuso al país desde 2003 y el que se propone para seguir en carrera hasta 2015. Lo notable es que la epidemia no sólo afecta al Gobierno; se difunde por todas partes. Es una pedagogía del odio.

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