Tras las sorpresivas declaraciones del vocero presidencial, el sector privado se divide frente al atraso cambiario. Mientras el agro y la industria piden un piso de $1800 para recuperar competitividad, la construcción y el consumo masivo advierten por el golpe a la demanda.
Eugenia Muzio
El vocero presidencial, Adrián Ravier, le puso al dólar un precio para los próximos meses del que nadie estaba hablando. Al menos en voz alta: en empresas de distintos rubros de la economía aseguran que $1800 es un valor base con el que lograrían mejorar la competitividad para las exportaciones. Pero, la contracara de la inflación con los niveles de consumo actuales sería una consecuencia no deseada en un contexto de demanda en caída.
Con la moneda estadounidense orbitando los $1500, el sector privado argentino está al borde de perder competitividad respecto del año pasado y de ampliar la profunda brecha negativa frente a los altos niveles con los que inició el año 2024. El Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral (ITCRM) —el termómetro que mide la relación con los principales socios comerciales—, que se ubicaba cerca de los 80 puntos para principios de 2025, hoy marca en torno a los 86 puntos. El nivel arrastra una caída frente a los casi 94 puntos que el índice ostentaba en enero de este año. Una señal de atraso cambiario y en consecuencia, de que los bienes y servicios producidos en el país se volvieron más caros en dólares.
El campo y la industria frente a los costos en dólares
El sector agro exportador, el principal aporta te de divisas, apunta a un atraso más alto que el 20% que significaría el salto que previó Ravier. Según los datos del último informe del Consejo Agroindustrial Argentino (CAA) correspondiente a junio de 2026, la inflación devoró por completo la última corrección cambiaria. Aunque la cotización oficial del Banco Nación escaló un 23,1% interanual en el sexto mes del año, la devaluación nominal del peso no alcanzó a compensar el aumento de los costos internos frente a la dinámica de precios de los países socios. En este contexto, el complejo agroindustrial opera hoy con márgenes de competitividad asfixiantes y cada vez más ajustados para lograr colocar sus productos en el exterior. Para recuperar la competitividad del 2018, el cálculo es un tipo de cambio de $1920.
La economía real exhibe, en tanto, dos caras. En los sectores manufactureros más rezagados y expuestos a la competencia externa, un tipo de cambio más alto es visto como un salvavidas de emergencia para amortiguar los altos costos. Un empresario textil planteó, en off the record, que un dólar a $1800 sería “óptimo”, e incluso sugirió que un salto a $2000 sería el escenario ideal para exportar con mayor comodidad y bajar drásticamente los costos en pesos, que medidos en divisa extranjera hoy resultan altísimos.
El Gobierno abrió la puerta a un dólar de $1.800 y reavivó la pelea por el atraso cambiario
Es un fenómeno que atraviesa gran parte del entramado fabril en el último año: los precios de los bienes industriales viajan mucho más lento que los costos de producción. Según un análisis de la consultora I+D, mientras que en abril los precios en puerta de fábrica avanzaron un 23,1% interanual, el IPC general lo hizo al 32,4% y los servicios saltaron un 43,1%.
Este "efecto sándwich" tensiona al máximo la actividad. Por debajo, presionan los costos crecientes de las tarifas, el GNL y los combustibles; por arriba, asfixian el menor consumo y la flexibilización de las importaciones. Todo esto detona la rentabilidad de las empresas, paraliza decisiones de inversión y deja al descubierto los problemas estructurales de Argentina frente a una competencia internacional cada vez más voraz por ganar mercados.
El impacto en el bolsillo y la decodificación de la City
En sectores como el alimenticio y la construcción, el colapso de la demanda es una amenaza. Una fuente corporativa de una multinacional líder de consumo masivo advirtió que el tipo de cambio debería seguir la evolución de la inflación. El razonamiento es que un salto brusco pegaría de lleno en el bolsillo, en un contexto de consumo deprimido. Para esta porción del establishment, el dólar ajustado por precios debería rondar hoy los $1640.
Tras sufrir una violenta contracción que dejó a la actividad un 30% por debajo de 2023, el rubro de la construcción proyectar cierta estabilidad. Lejos de pedir una devaluación que encarezca los materiales de golpe, los popes del sector aseguran que un dólar a $1800 no traería nada bueno. Remarcan que la verdadera llave para la recuperación no es cambiaria, sino financiera: necesitan que se reactive el crédito a largo plazo para que las familias vuelvan a mover los cimientos.
En la City porteña, la declaración oficial fue decodificada como un error de cálculo en la gestión de las expectativas, aunque sin dramatismos. Efectivamente, los operadores recuerdan que el dólar actual de $1500 tiene espacio para moverse. Fuentes del mundo financiero aseguraron fuera de radar que la cotización hoy se encuentra muy por debajo del techo de la banda de flotación dispuesta por el Banco Central, establecida en los $1840.
Para estas voces, el tipo de cambio continuará flotando en esa franja y se irá acomodando naturalmente. La recomendación que destilan desde las mesas de dinero hacia la Casa Rosada es pragmática: lo mejor para el Gobierno es dejar de hablar del tema y, en el mientras tanto, mostrar una mayor laxitud fiscal para volver a encender los motores apagados de la economía.
El vocero volvió luego sobre sus dichos y aclaró que se refería al período preelectoral, un año adelante en el tiempo, en un contexto de habitual mayor presión financiera. El Banco Central dio una señal está semana del tipo de cambio que quiere. Cuando el martes el complejo energético demandó divisas en bloque, se retiró de su posición compradora, después de 135 ruedas consecutivas. El mayorista quedó en $1498 y el minorista en $1520.

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