La dura realidad de la oposición

Por Fernando Laborda

El fin de semana pasado, Mauricio Macri habló de la necesidad de que la oposición se plantee, como objetivo de máxima, una candidatura presidencial unificada, y como propósito de mínima, un gran acuerdo que dé garantías de gobernabilidad.

A menos de 48 horas de esa declaración, aquel objetivo de máxima ha pasado al terreno de las utopías. En especial, luego de que el radical Ricardo Alfonsín dijera, en una elíptica respuesta al jefe de gobierno porteño, que no creía que "una nueva Unión Democrática o una alianza entre quienes piensan diferente pueda ganar las elecciones".

También la candidata presidencial de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, rechazó la idea de máxima de Macri, al afirmar que "jamás estaría con grupos corruptos o con narcos". Y, en la víspera, el precandidato justicialista Alberto Rodríguez Saa advirtió que una candidatura unificada "no sería bueno".

En cambio, cerca del radical Ernesto Sanz se ha admitido la necesidad de una "convergencia amplia, sin prejuicios" y de pensar en "una coalición competitiva, para ganar y no para perder por lo menos posible". El problema pasa por la instrumentación de esta idea.

Hoy, a algo menos de siete meses de las elecciones presidenciales, todo parece indicar que la oposición no podrá llevar un único postulante presidencial para enfrentar al kirchnerismo. En el mejor de los casos, podría simplificar su escenario, reduciendo su número de postulantes a dos: uno por una coalición integrada por radicales, socialistas, el GEN y, muy eventualmente, la Coalición Cívica y el Proyecto Sur, y otro por una convergencia entre el macrismo y el peronismo federal.

Si, al mismo tiempo, todos esos sectores de la oposición lograran acordar un programa de coincidencias mínimas, podrían sentar las bases de un posible entendimiento electoral de cara a un hipotético ballottage frente a Cristina Kirchner.

La dura realidad de la oposición -o mejor dicho, las oposiciones- es que no encuentra la salida a un particular laberinto. Si las fuerzas políticas que la conforman llevan cada una su propio candidato presidencial, estarán potenciando las chances electorales de Cristina Kirchner; si se unen, corren el riesgo de perder credibilidad y sufrir el síndrome del fracaso de la Alianza UCR-Frepaso, que llevó a Fernando de la Rúa al poder.

Lo cierto es que un acuerdo para la primera vuelta no reúne hoy el mínimo consenso necesario. Las diferencias y los celos personales son todavía muy fuertes. Y sólo algún hecho de mayor gravedad institucional podría modificar la actitud que hoy tienen los líderes de la oposición.

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