"Debo haber servido un millón de cafés"

Un oficio que viene de muy antiguo, que se perfeccionó hasta constituir una profesión para los que realmente tienen vocación por llevarlo adelante y lo hacen por lo general a lo largo de toda su vida.
Son todos, a su manera, con su estilo, con su modo de ser, personajes que se mueven entre la gente siempre comedidos y diligentes. Están los que se desempeñan en bares y restaurantes, pero también otros que ejercen su trabajo en forma más específica, en oficinas o dependencias que no tienen, precisamente, la dinámica de los lugares públicos. En todo caso tienen su propia peculiaridad.

En algún lado he leído que los buenos mozos son una especie en extinción, y de verdad no creo que así sea. Por el contrario, siempre habrá aquellos que no pueden menos que despertar admiración por llevar de la mejor manera una tarea que, me parece, es bien difícil.

Porque los clientes no somos todos iguales, y por el contrario cada uno tiene su carácter, su modo de mirar las cosas y la forma de dirigirse hacia el mozo. Están los que lo convocarán a la mesa con una breve seña con la mano, o los que harán un gesto con la cabeza, y no faltarán -seguro- los que alzarán la voz pegando el grito: ¡Mozo!. Estos, y los que se dirigen a él con un chistido, serán los más detestados, aunque por supuesto recibirán el trato amable que caracteriza al mozo de oficio.

Con mi carácter más vale parco -esto es para nada elocuente y más bien fastidioso- no me veo ejerciendo un oficio que, supongo, tiene que ser interpretado por personas amables, comedidas y preparadas para la ocasión. Pidiendo disculpas por la autoreferencia, agrego que podría concretar un verdadero desastre entre la gente con una bandeja llena de copas y bebidas. No duraría un par de horas, seguro.

Mozos "oficiales".

Decía que hay mozos y mozos. Los que atienden en bares, restaurantes y fiestas especiales, y los otros, los que hacen de mozos "oficiales". Es el caso de Alberto Efner (74), que podría decirse es completo, porque años y años sirvió gente en bares y cantinas, y se desempeñó también por más de tres décadas atendiendo a gobernadores, ministros y otros funcionarios. Alberto es uno de los más reconocidos en su oficio.

Días atrás Juan Carlos Carasay lo presentó en su fiesta de "El Invitado" como el mozo más conocido de la provincia y un cerrado aplauso emocionó entonces a Alberto, que caminaba como siempre atento entre las mesas de más de 500 comensales. Nacido en El Guanaco, sus padres fueron Marcos, un hombre que tenía campo en la zona, y mamá Catalina. "Eramos 12 hermanos y quedamos yo y dos mujeres; Elisa y Matilde", cuenta. "Fui a una escuela rural y como papá falleció cuando yo era chico nos vinimos a Santa Rosa, y ya a los 14 años trabajaba de lavacopas en el Hotel Comercio".

Iba a ser su primera experiencia en el rubro gastronómico. Es que parece ser una evolución casi natural: se empieza de lavacopas, luego mozo de mostrador, después cafetero y más tarde se pasa al salón. "Es casi como un aprendizaje, y yo hice todo ese recorrido", confía Alberto.

Casado hace 47 años con Nelly Edith, tienen dos hijos, María Aurelia y Santiago Alberto, y dos nietos, Daiana Melina (23) y Agustín Ezequiel (19). Hincha de Ríver en el fútbol local supo seguir a Sarmiento porque "era el equipo del barrio. Viví muchos años en calle Gobernador Duval, a pasitos de la Raúl B. Díaz", explica ese sentimiento sarmientino.

En la Provincia.

Después de hacer el servicio Distrito Militar se empleó como mozo en el Hotel Pampa -uno de esos lugares históricos de la ciudad que ya no existe-, donde trabajaría junto a otros que en la charla destacó especialmente, por su compañerismo y además por su profesionalidad en el ejercicio del oficio: Juan Soria, Carlitos Gómez -dueño de un salón de fiestas y ex jugador de All Boys-, Francisco Cabral, Sixto Pérez y Carlos Bodratto. Más tarde en el Club Santa Rosa, cuando estaba en calle Yrigoyen y la cantina la tenían el Gordo Alou y uno de los hermanos de Efner. "Pero fueron nada más que dos años, porque el 1º de junio de 1973 entré a trabajar en la Provincia, en la Cámara de Diputados, que estaba donde hoy está el Superior Tribunal de Justicia", precisa.

Obviamente eso iba a durar hasta el 24 de marzo de 1976, cuando se produjo el golpe militar. "Durante 10 días con otros empleados estuvimos encerrados en ese edificio, hasta que 'nos descubrieron' y a cada uno le fueron dando un destino: a mí me tocó en la Secretaría General de la Gobernación", por entonces a cargo del Capital Greppi, recientemente juzgado en el juicio por la Subzona 14.

"Tengo que decir que en verdad a mí no me molestaron nunca. Había cosas que uno veía, pero no se podía hablar... estuve de mozo en el comedor donde almorzaban los militares, porque comían en la misma Casa de Gobierno".

El mozo de Marín.

Después, con el advenimiento de la democracia, desde 1983 en adelante sería el mozo predilecto del ex gobernador Rubén Marín; con el que el mandatario tenía una suerte de código en el que bastaba una mirada para entenderse. "Y, algo hablábamos. Sobre todo de fútbol, porque sabés que es hincha de Boca. Fue sí con el que más cerca estuve, porque compartí 16 años con él", cuenta Alberto sobre los cuatro períodos que el jefe del justicialismo estuvo al frente del Centro Cívico.

"Pero con todos me llevé bien, eh!", agrega mientras me muestra un cuaderno donde tiene anotados los nombres de todos los gobernadores a los que tuvo que atender: Trapaglia, Regazzoli; los militares Iriart, Aguirre y Etchegoyen; Telleriarte, Fraile, Marín, Ahuad y finalmente con Carlos Verna. "Apenas asumió el ingeniero en 2004 me ofreció quedarme, pero ya había empezado los papeles para jubilarme y le agradecí y me vine a casa", recuerda sus últimos momentos en Casa de Gobierno. "Fueron 31 años allí, y me parecía que ya estaba bien, pero mirá que igual sigo trabajando: con los servicios para fiestas de Fabio Paladino, de Macagno y Cantero", expresa.

Carlitos, el más divertido.

En tantos años como mozo "oficial" le tocó también atender a muchos presidentes, democráticos y de los otros: "Sí, así conocí a Onganía, a Lanusse, al mismísimo Videla, a Galtieri en el asado del siglo en Victorica y también en la residencia... Pero también estuve con Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Fernando De La Rúa... Carlitos era lejos el más divertido, y con el que pude hablar más porque también es de Ríver. Yo no sé cómo hacía el Turco pero siempre que venía lo rodeaban las mujeres, tenía alguna atracción especial, era simpático", cuenta Alberto.

Después se extiende sobre las costumbres de unos y otros: "Los militares eran más del café, pero los gobernadores democráticos un poco más del mate, alguna galletita y agua... sin demasiados misterios. Aunque los milicos eran más formales: te tocaban el timbre, vos ibas, te atendía el secretario privado, te preguntaba si te había llamado y entrabas. Ahí te pedían lo que querían. No había demasiadas conversaciones...", completa.

"¿Cuántos café habré servido? Vos sabés que en una época llevaba una cifra, pero en tantos supongo que es un número que tiene que andar por encima del millón... a unos 100 por día... No sé, que fueron muchos, fueron muchos", se ríe.

Trabajador sin francos.

Aunque hace ya varios años que se jubiló, Alberto no deja de trabajar. "Trabajé mucho, toda mi vida, porque aparte de la Casa de Gobierno, los fines de semana lo hacía en el restaurante de Bodratto, así que casi no tenía francos. A veces llegaba a mi casa un domingo a las 2 de la mañana y al otro día a las 6 me levantaba para ir al Centro Cívico. Ahora mismo viste que estoy trabajando (lo vi en la cena de "El Invitado" el sábado anterior), pero ya bastante menos, elijo dónde voy. Ya hice bastante, ¿no te parece?", reflexiona.

Hoy, en la paz de su hogar, Alberto dice que sus sueños pasan "por tener salud y ver a mis hijos y mis nietos felices".

Al final se acuerda de una frase de Marín: "Sirvan algo a los periodistas. Si total igual van a hablar...".

Un mozo de la vieja guardia. Por suerte hay muchos que siguen el oficio por el camino que trazaron tipos como Alberto Efner. El que sirvió café por millones...

El protocolo de un buen mozo.

Hay maneras de trabajar de mozo, gestos. Un mozo debe saber que se sirve por la izquierda y se retira por la derecha, cómo abrir un vivo, cómo retirar un cenicero para que las cenizas no vuelen; cómo hablarle al cliente.

Debe ser discreto, saber cuál es el talante del cliente, si está dispuesto a recibir una mínima chanza, o si es mejor callar y sólo tomar el pedido. No caerán bien los que se exceden en comentarios, los que pretenden de irónicos y "gastan" al parroquiano con alguna broma futbolera, que en ese momento hubiera sido mejor no hacer.

Algunas actitudes que los clientes valoran especialmente son, por ejemplo, que les alcancen el diario ni bien se sientan; que le lleven la jarra con agua al servir el café, o los maníes junto a la cerveza. Algo que llama la atención es que el mozo no anote los pedidos, y eso lo elevará en la consideración de quien concurre al bar o restaurante. Están los que son capaces de memorizar hasta una docena de pedidos, sin errarle jamás.

Alberto Efner es un mozo de la vieja guardia, y tiene algunas cosas claras: "Te imaginás que en tantos años de gobernadores escuché muchas cosas, pero una de las virtudes que tiene que tener un mozo es la discreción. Uno salía de ver al gobernador y no faltaba el que te preguntaba con quién está, y la respuesta era siempre la misma: "No sé, hay dos personas pero no sé quiénes son".

Igual cuenta que una de las cosas que más le angustiaron en el tiempo de los militares era saber que se estaban haciendo decretos por los que se iban a despedir gente. "Esos eran los momentos más tristes", recuerda a la distancia.

El día que le dieron la cana.

Los comensales estaban en extensa sobremesa y los porteños invitados degustaban un lindo vino blanco -"Suter"-, hasta que el mozo advirtió espantado que de esa marca ya no quedaba. Junto a Daniel Carro -hoy árbitro y encargado de compras en la residencia- urdió una maniobra. Buscó otro vino parecido, y envuelta la botella en una servilleta blanca volvió a servirle al hombre que sorbió y le dijo: "Me cambió la mano". "No señor, siempre sirvo con la derecha", contestó Alberto. "Lo que me cambió fue el vino...". Alberto se avergonzó un poco, pero el hombre igual siguió tomando, y de lo lindo.

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