La presidenta de Brasil persigue a los funcionarios que crecieron bajo el calor del gobierno anterior. Malestar en la alianza oficialista. Otro ministro fue denunciado.
En el rodeo, el primer funcionario en caer fue Antonio Palocci, dirigente histórico del PT y hombre de confianza de Lula, quien renunció a la jefatura de gabinete por sospechas de enriquecimiento ilícito. Luego le llegó el turno al ministro de Transportes, Alfredo Nascimento, quien estaba a cargo de esa cartera por recomendación de Lula. Al margen de las denuncias, el titular de Defensa, Nelson Jobim, tuvo que dimitir tras reconocer que ni siquiera había votado por Rousseff. La última pieza del dominó fue Wagner Rossi, ministro de Agricultura, otro que había asumido sobre el final del mandato del ex presidente. Esta semana se supo que hay una investigación en curso sobre el jefe del Ejército por contratos irregulares, y que el ministro de Ciudades habría pagado sobornos.
“Dilma está realizando un gobierno extraordinario. Las tapas de los diarios hablan de una crisis que no existe”, aseguró anteayer Lula, en referencia a la renuncia de Rossi. Ocurre que el ex ministro de Agricultura es un influyente dirigente del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), aliado táctico del PT y componente vital del gobierno de Rousseff. Lula sigue de cerca la cruzada anticorrupción y, según trascendió en la prensa brasileña, le habría sugerido a la jefa de Estado que evitara avanzar sobre el PMDB para no afectar la estabilidad de su administración.
La batalla ética de Rousseff también agitó el avispero al interior del PT. El diario O’Estado de São Paulo publicó esta semana que “dirigentes del PT, senadores, diputados y hasta ministros temen que, con la escalada de escándalos de los últimos meses, el gobierno de Lula da Silva acabe catalogado como corrupto”. El periódico opositor agregó: “En conversaciones a puertas cerradas, ciertos petistas critican el estilo de Dilma y lo que llaman el ‘modo rígido’ de la presidenta. Una de las frases más escuchadas en esos círculos es: ‘Tenemos que defender nuestro proyecto y a Lula’”.
Sin embargo, el disgusto factible de algunos funcionarios del PT no refleja un distanciamiento entre Rousseff y Lula. “La salida a la luz de estos casos no los separa sino que los une más, porque este gobierno también le pertenece a Lula, es su continuidad y él siempre lo entendió como propio. Lula tiene una sintonía especial con Rousseff y habla periódicamente con ella sobre las decisiones que toma”, dijo a PERFIL Pablo Gentili, director de Flacso en Brasil. “Sabe que, así como la política social le dio una credibilidad extraordinaria a su gobierno, la credibilidad de la gestión de Dilma está por ahora muy atada a la lucha contra la corrupción”, subrayó el profesor de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro.
Aunque, según Gentili, eso no anula el dilema: “Uno podría preguntarse: ¿este es un gobierno honesto porque combate la corrupción, o es un gobierno corrupto por la cantidad de casos que han salido a la luz? Prefiero pensar que está haciendo un esfuerzo muy importante”. En cualquier caso, el escobillón de la limpieza ética barre con todo.



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