Crisis mundial, rebeliones y anarcocapitalismo financiero

Ricardo Forster

La plaza Tahrir arde y, en medio de movilizaciones de miles de egipcios que resisten al poder militar, lo que es puesto en cuestión es el límite que se le quiso dar, desde los Estados Unidos y la Comunidad Europea (que cada vez más se reduce a Alemania, en primer grado, y a Francia, en segundo grado, mientras que el resto de sus miembros ve de qué modo se van disolviendo las expectativas de un futuro asociado, así se lo veía, a un consumo indetenible e infinito) a la “primavera árabe”.

La frontera que se quiso cerrar a cal y canto era, precisamente, la de la participación popular exigiendo más y mejor democracia bajo la forma, olvidada, de la equidad y no simplemente un cambio cosmético que dejara todo igual. El ignominioso fin de Kadafy en Libia, su asesinato bajo la mirada cómplice de las fuerzas de la OTAN y con el regocijo de las grandes empresas petroleras, la continuidad de la protesta en Siria, pese a la represión feroz, el desbarrancamiento del régimen yemenita, el inicio de un giro democrático en Marruecos y la persistencia de una resistencia heroica en El Cairo con preponderante participación juvenil, constituye uno de los momentos más intensos, complejos y desafiantes de una época en la que el capitalismo central no sabe cómo salir de una crisis que sigue profundizándose.

El agotamiento de la paciencia entre los pueblos árabes está relacionada a la multiplicación exponencial, en esos países, de una doble tenaza que comienza a quebrarse: por un lado, la decadencia de regímenes opresivos sostenidos, avalados y protegidos por las mismas democracias occidentales que, de un modo cínico, se desgarran las vestiduras ante esos mismos regímenes en el momento en que sus pueblos se rebelan y, por el otro lado, al impacto directo del aumento de los alimentos y el deterioro creciente de economías entrelazadas con las europeas y que también fueron contaminadas por el virus del neoliberalismo que acabó por pulverizar no sólo formas tradicionales de vida sino, incluso, los propios desarrollos industriales en países que volvieron a convertirse en deudores de una división internacional del trabajo que los condena a ser simples productores de bienes primarios y a un crecimiento exponencial de la tasa de desocupación que afecta, principalmente, a los sectores juveniles –alma rugiente de las grandes rebeliones– (el petróleo en el caso de esos países, la minería o los productos agropecuarios en el de gran parte de América Latina, con la excepción de Venezuela, que sigue buscando escaparle, con éxito desparejo, al abrazo de oso de la primarización de la economía. No hay que dejar de subrayar que la Argentina es el país de la región que no se ha reprimarizado en estos últimos años).

Lo que se agotó, al menos en ciertas regiones del mundo, es la continuidad de un modelo económico sustentado en la valorización financiera, una de cuyas consecuencias ha sido el endeudamiento generalizado de aquellos países que, siendo parte de la comunidad europea o productores de hidrocarburos y otros productos primarios, se dejaron capturar por las mieles, supuestas, de un mercado global en el que cada país debería contribuir a un orden mundial arrasador de esa vieja entelequia llamada “Estado-nación” en nombre de fuerzas abstractas capaces de desplegarse por geografías exclusivamente diseñadas por los nuevos lenguajes de las finanzas, la especulación, los commodities y la gendarmería internacional representada, en lo central, por el ejército estadounidense y sus aliados de la OTAN. Más de 30 años de expansión neoliberal dejaron, como consecuencia, una inédita concentración de la riqueza y la consiguiente desigualdad que eso trajo aparejado (tanto en los países centrales como en los periféricos), una multiplicación de la pobreza, la indigencia y la exclusión, nuevas y variadas formas de violencia, anomias y fragmentaciones sociales que transformaron de cuajo sociedades enteras, la proliferación de políticas de desarrollo inversamente proporcionales a la protección del medio ambiente (en 2012 se llega al final de los famosos acuerdos de Kyoto sin que ninguno de sus objetivos de sustentabilidad hayan logrado cristalizar, sobre todo, en los Estados Unidos y Japón, haciendo del calentamiento global y de la crisis medioambiental uno de los problemas fundamentales que se continuarán descargando, con cada vez mayor virulencia, sobre nuestro planeta y sobre nuestras sociedades), la multiplicación de regímenes corruptos y represivos avalados, durante décadas, por el Occidente democrático y la dependencia de la locomotora China que, ante la amenaza de que detenga en algo su marcha, llena de espanto al mundo entero.

Una economía ferozmente entrelazada que logra, en la mayor parte de los casos, exportar mundialmente una crisis originada en Europa y Estado Unidos y cuyo núcleo principal es la valorización financiera que ha llegado a su límite y a su zona de colapso. La famosa burbuja inmobiliaria, apenas la punta del iceberg de un sistema atrapado en las telarañas de la especulación del anarcocapitalismo financiero como lo ha denominado con precisión quirúrgica Cristina Kirchner, ha dejado al descubierto el funcionamiento arbitrario y corrupto de un orden económico sustentado en el debilitamiento del Estado y de los actores sociales capaces de enfrentar su lógico expansiva. La hegemonía del liberal-capitalismo se hizo de la mano de una ofensiva, iniciada por el tándem Reagan-Thatcher al inicio de los años 80, contra los sindicatos y, fundamentalmente, contra la continuidad del Estado de bienestar que, desde la perspectiva de las usinas ideológicas del poder corporativo mundial, había llegado a su extenuación. A lo largo de más de veinte años, pero con modalidades diferentes (más brutales en algunos casos, como por ejemplo lo hizo Thatcher en Gran Bretaña o el menemismo en la Argentina, más lentos en otros –como en España, Italia, Francia o Alemania–), lo que se impuso fue el pasaje del capitalismo estatal-productivo nacido de la crisis del ’30 y de la segunda posguerra bajo inspiración keynesiana al capitalismo especulativo financiero. Lo que está en crisis en la actualidad es esta segunda variante de un sistema de la economía-mundo que nos ha llevado a un verdadero callejón sin salida.

En nuestro país se dio, desde la llegada de Néstor Kirchner al gobierno en 2003, un proceso inverso al de la mayor parte de las economías del mundo (tanto centrales como periféricas), proceso caracterizado por la recuperación del mercado interno, de la masa salarial y del consumo junto con una estratégica decisión de avanzar hacia el desendeudamiento desacoplando a la Argentina de un circuito financiero internacional profundamente corrompido. Nuestra alternativa a la crisis del 2001 no fue seguir con las recetas del FMI ni recluirnos en una reprimarización continua de la economía adaptada, siempre, a la continuidad del endeudamiento a través del retorno a los famosos mercados de capitales tan añorados por nuestro establishment económico y político ni, tampoco, a dejarnos seducir por las “metas de inflación” (un eufemismo que esconde el enfriamiento de la economía, la reducción de los salarios y la caída exponencial del consumo). Esto no significa, por supuesto, que la continuidad y la profundización de la crisis en el centro no afecte a nuestro país; significa, más bien, que las alternativas no serán adaptarnos, una vez más, a las exigencias de quienes causaron la crisis y que hoy se dedican a “gestionar” a aquellos países, como Grecia o Italia (a España no le falta mucho para que un “técnico” tome cartas en el asunto pese al triunfo de la derecha) que se han puesto en manos, renunciando a cualquier decisión democrática de sus pueblos, de los tecnócratas del Banco Central europeo y, bajo la atenta y punitiva mirada, de Alemania. Argentina, al borde del nuevo mandato del kirchnerismo, seguramente continuará los caminos de la heterodoxia, esos mismos que le permitieron escapar del abrazo de oso de los organismos internacionales.

Comentá la nota