Colombia se ilusiona con la paz, pero duda de las intenciones de las FARC

El 60% de los colombianos respalda la convocatoria al diálogo con los rebeldes, pero muy pocos tienen esperanzas de que se llegue a un acuerdo; creen que el principal obstáculo son los nexos entre insurgentes y narcos, un negocio difícil de desarmar

Por Alberto Armendariz |

Cientos de palomas bajan sobre la Plaza de Bolívar, en el corazón de esta capital, donde algunas personas desafían el frío andino para tomarse fotos con las aves que comen de sus propias manos. A la distancia, soldados armados que custodian los edificios públicos observan el revoloteo de los pájaros con atención, mientras un vendedor de diarios ofrece de viva voz la noticia que resume la semana que pasó: el 60% de los colombianos apoya las conversaciones iniciadas por el gobierno de Juan Manuel Santos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para lograr un acuerdo de paz.

En la calle, sin embargo, la gente expresa su escepticismo sobre este nuevo proceso negociador -el cuarto en las últimas tres décadas- y desconfía de las intenciones de las FARC, la guerrilla más antigua y poderosa de América latina, que lleva casi 50 años de lucha contra el Estado colombiano.

"Chévere el diálogo, la paz. Pero las FARC no son mansas palomas que van a dejar las armas fácilmente. Esos malparidos son unos asesinos, terroristas y narcotraficantes que ya nos han engañado otras veces y sólo usaron las negociaciones anteriores para fortalecerse", advierte a LA NACION la maestra Diana Ramos, 29, quien junto con su marido, el ingeniero John Jairo, y su hija Karen, 3, alimentan a las agitadas aves.

Al igual que cientos de miles de colombianos, Ramos sufrió la violencia de las FARC en carne propia: en 2002, su abuelo murió en un atentado con coche bomba que mató a once personas en su natal Villavicencio, departamento del Meta. Como el 60% de los colombianos que registró la encuesta de Gallup de anteayer, Ramos respalda la iniciativa del presidente Santos, pero no alberga muchas esperanzas de que dé resultados.

"El mayor obstáculo ahora es la confianza; los procesos de paz anteriores generaron mucha frustración, pero estamos decididos a no repetir los errores del pasado. Santos quiere dejar su impronta en la historia como un gobierno ligado a los temas de paz, no a los de guerra", comenta a LA NACION el político izquierdista y uno de los líderes del Partido Verde Luis Garzón, ex alcalde de Bogotá (2004-2008), quien se acaba de sumar al gabinete de Santos como encargado del diálogo social y la movilización ciudadana.

Su misión, explica, será generar una gran base de apoyo al proceso y aislar socialmente a los sectores extremistas, de derecha y de izquierda, que exigen ya sea la rendición absoluta de las FARC o que el gobierno ceda al reclamo guerrillero de instalar un Estado marxista-leninista y bolivariano.

En el pasado, los gobiernos de los presidentes Belisario Betancur (1982-1986), César Gaviria (1990-1994) y Andrés Pastrana (1998-2002) se sentaron a dialogar con las FARC. Como gesto de buena fe hacia la guerrilla, Pastrana (Partido Conservador) desmilitarizó un área de 42.000 km2 en los departamentos del Meta y Caquetá, lo que fue utilizado por los insurgentes para consolidarse y luego lanzar una ola de violencia contra civiles.

"El experimento de Pastrana fue un desastre. Al final de la década, las FARC sumaban casi 20.000 efectivos, controlaban casi el 50% del país, y pasaron de ser una suerte de ejército protector de los carteles productores de cocaína a involucrarse de lleno en el negocio del narcotráfico. Y la violencia desatada entre la guerrilla, el ejército y los grupos paramilitares que surgieron en las zonas rurales desataron una gran crisis de personas desplazadas", recuerda el historiador Álvaro Tirado Mejía, de la Universidad Nacional.

En 2002, al asumir la Casa de Nariño, el presidente Álvaro Uribe (Partido Primero Colombia) cambió 180 grados la estrategia y fue a la confrontación militar total contra la guerrilla, tanto de las FARC como del más pequeño Ejército de Liberación Nacional (ELN); descabezó sus estructuras y mantuvo tensas relaciones con Venezuela y Ecuador, cuyos gobiernos respaldan las reivindicaciones sociales de la guerrilla. Uribe aprovechó los recursos -más de 6000 millones de dólares- que Estados Unidos aportó al país a través del Plan Colombia de lucha contra el narcotráfico, firmado por el gobierno de Pastrana, y su "política de seguridad ciudadana", que llevó efectivos de policía y del ejército a los municipios antes controlados por la guerrilla, permitió que los colombianos pudiesen volver a recorrer el país con tranquilidad. Muchos colombianos que vivían afuera regresaron, Colombia se convirtió en atractiva para los inversores y la economía creció hasta el 7,5%.

Ex ministro de Defensa de Uribe, el liberal Santos asumió el poder en 2010 y prefirió enfocar su administración como un gobierno de unidad nacional y reconciliación, haciendo esfuerzos por lograr un desarrollo social más equilibrado, uno de los reclamos históricos de la guerrilla.

"La aprobación de la ley de víctimas y de restitución de tierras fue un claro mensaje a las FARC, que luego anunció la renuncia al secuestro de civiles. Esto favoreció un nuevo clima, tejió confianzas", opina el periodista Hollman Morris, quien apuntó también el acercamiento a Hugo Chávez y Rafael Correa como positivo.

El enojo de Uribe

En cambio, para Uribe y los sectores de derecha que lo apoyan, estas actitudes convirtieron a Santos en el enemigo. Para colmo, la seguridad en el país comenzó a deteriorarse. "Ahora quiere vender la esperanza de la paz para recuperar popularidad. Ha habido retrocesos en todos los campos en que nosotros avanzamos", apunta José Obdulio Gaviria, ex asesor presidencial de Uribe.

"Lo que necesitamos es una Colombia en paz a partir de la autoridad. Con las FARC no hay que negociar, hay que exigirles la rendición", afirma el ex ministro del Interior y Justicia de Uribe, Fernando Londoño, que en mayo último sobrevivió a un atentado en su auto.

Mientras participa de una subasta de arte en el exclusivo Club El Nogal, que en 2003 sufrió un feroz atentado de la guerrilla con un saldo de 36 muertos y más de 200 heridos, el empresario inmobiliario Ernesto González, 43, dice que se siente traicionado por Santos, a quien votó. "Nos prometió continuidad, pero se relajó mucho. Ahora de vuelta se volvió común tener amigos secuestrados y extorsionados por las FARC en las zonas rurales. La inseguridad está afectando la economía, sobre todo porque muchos blancos de atentados son empresas petroleras y de minería", subraya.

Aun con una intensificación de la acción terrorista de las FARC en estos últimos tiempos, para muchos observadores no hay mejor momento que ahora para encarar un nuevo proceso de paz. La guerrilla está debilitada -las FARC cuentan hoy con unos 7000 efectivos, mientras que el ELN tiene unos 2500-, está restringida a áreas marginales -zonas rurales, corredores del narcotráfico, y las fronteras con Venezuela, Brasil y Ecuador-, y tiene un liderazgo diezmado y desmoralizado.

El problema, destacan algunos analistas, es que mientras el tema del narcotráfico no esté en la mesa de negociación, no habrá expectativas reales de acabar con la violencia. "Los frentes de las FARC que más formación política e ideológica tienen, vinculados a las comunidades campesinas, pueden aceptar desmovilizarse, pero los que están vinculados al negocio del narcotráfico lo dudo mucho. Mi temor es que esto lleve a una bandolerización de la violencia con carteles y pandillas varias", advierte Fernán González, historiador del Centro de Investigación y Educación Popular..

Diez años de fracasos y violencia

La relación de Bogotá y los rebeldes pasó por varias etapas

Esperanza, negociación y quiebre

2002

En 1998, el presidente Andrés Pastrana y el jefe de las FARC, Manuel Marulanda, "Tirofijo", inician, con amplio apoyo público, las negociaciones de paz. Cuatro años después, el infructuoso diálogo es roto por los rebeldes, que, con el secuestro de Ingrid Betancourt, lanzan una larga ofensiva.

Política de seguridad democrática

2002-2010

Con una postura de mano dura, Álvaro Uribe sucede a Pastrana, en 2002. Las FARC sufren varios golpes a través de la cuestionada política de seguridad democrática del presidente. Cercano a "Tirofijo", Chávez acusa a Bogotá de invadir tierras venezolanas y crece la tensión bilateral.

Un nuevo acercamiento y diálogo

2010-2012

Juan Manuel Santos sucede a Uribe y modera la política contra las FARC, ya debilitadas por las muertes de sus principales líderes, entre ellos "Tirofijo" . Chávez se acerca a Santos y, junto con Cuba, actúa de mediador en el acercamiento de Santos y "Timochenko", nuevo jefe rebelde.

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