Cara y contracara

Cara y contracara

El antiperonismo lujanense transformó en propia la máxima de su adversario histórico: todos unidos triunfaremos. Del otro lado, la contracara. Todo se hizo para llegar a este domingo de derrota.

El oficialismo local celebra un triunfo electoral rutilante. Darle un calificativo más tenue es injusto y alejado de la realidad. Igual que considerar que se llega a este escenario porque Luján tiene un fuerte componente de voto conservador (tal vez sea cierto, pero caracterizar de esa manera suena a consuelo de tonto o a soberbia recurrente). Del otro lado, el panorama de las fuerzas de extracción popular (mayormente peronistas) es profundamente preocupante, con pocas perspectivas de torcer el rumbo de cara a 2019.

La alianza gobernante inició su recorrido en las elecciones de 2011 y hoy se ve consolidada por un cambio de época en términos políticos mediante una nueva hegemonía en el plano nacional, un camino que Luján fue pionero en transitar.

Fernando Casset ganó anoche con casi el mismo porcentaje que seis años atrás depositó en la Intendencia a vecinalistas y radicales. En aquel momento, la Unión Cívica Radical (UCR) no tenía representación en el Concejo Deliberante (dejó de tenerla en 2007) y sumaba tres elecciones sin superar el piso. En el caso de la Unión Vecinal, llevaba dos décadas sin un intendente de su partido (luego del triunfo de Silverio Pedro Sallaberry en 1991). Necesidades mutuas sellaron el acuerdo que terminó en triunfo y destronó al peronismo del poder.

Desde entonces, nadie sacó los pies del plato, como se dice en la jerga política. No se trata aquí de analizar logros o fracasos de gestión, sino de reflexionar sobre estrategias y armados políticos.

Los radicales soportaron cuatro años de destratos vecinalistas. Amagaron varias veces con romper, pero no lo hicieron. Luciani también se aguantó a varios funcionarios radicales que funcionaban poco y nada. La prioridad, para ambos, fue mantener una unión imprescindible para disputar poder, mientras en la oposición se disipaban los anhelos de ruptura oficialista. El espaldarazo de 2015 terminó de consolidar el esquema gobernante. Hasta el PRO, sumado a partir de entonces en la figura de Nicolás Quarenta, soportó estoico el rol de reparto que le depararon vecinalistas y radicales. El antiperonismo lujanense transformó en propia la máxima de su adversario histórico: todos unidos triunfaremos. 

Del otro lado, la contracara. Todo se hizo para llegar a este domingo de derrota. Internas tras internas, disputas tras disputas, acusaciones tras acusaciones, un pase de factura tras otro. Y en el medio, las discusiones sectoriales alejaron la posibilidad de conformar una nueva mayoría que interpele a los sectores populares. Se dio paso a un peronismo de pasillo, de intrigas palaciegas, con muy baja presencia territorial mediante trabajos y propuestas sostenidas. No hubo dirigente que en estos seis años no recibiera el calificativo de traidor por su supuesta actitud contraria a la unidad luego de las PASO. Y el calificativo de traidor es suave en comparación a otros que ante cada derrota salieron de boca de muchos militantes en charlas informales para referirse a tal o cual referente. Si a todo esto se suman errores de superestructura, los resultados eran previsibles.

Un dato positivo en esta maraña de desencuentros internos: la decisión de reunir a este sector en un único bloque de concejales a partir del 10 de diciembre. Habrá que ver si lo anunciado por el propio Miguel Prince se transforma en un verdadero piso de reconstrucción o deriva en un nuevo proceso de atomización derrotista. De todas formas, parece urgente la necesidad de ir más allá de meras formalidades institucionales (aunque puedan servir de plataforma). Se trata, en cambio, de proyectar un frente amplio de corte progresista y popular (que contenga pero exceda al peronismo) que sea capaz de disputarle poder a un armado oficialista que hasta el momento se ha mostrado absolutamente eficaz en términos electores. Sin soberbias, sin menosprecios, sin personalismos forzados y, finalmente, sin subestimar al electorado.    

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