Macri, Vidal y la misión más difícil: dar vuelta la elección en provincia con ajuste y recesión

Macri, Vidal y la misión más difícil: dar vuelta la elección en provincia con ajuste y recesión

Por Diego Genoud

 

Cuando llegó a presidente, Mauricio Macri hizo lo más complicado. Reconciliar dos mundos antagónicos detrás de una propuesta electoral que se puso el traje de lo nuevo. 

Al presidente y a su equipo lo votaron en masa los accionistas del Círculo Rojo, a los que les había negado el gusto de acordar con una variante peronista para llegar al poder. Heredero de un clan destacado de la patria contratista, Macri se animó incluso a hacerles advertencias en público sin perder su apoyo. Tenía lógica: por primera vez un hijo del mundo de los negocios aterrizaba en la Casa Rosada. Si eso era previsible, el triunfo en la provincia de Buenos Aires era lo que no figuraba en ningún manual y muy pocos esperaban.

Hoy el presidente corre el riesgo de perder, al mismo tiempo, en esos dos territorios incompatibles. Los empresarios no ocultan su fastidio con la recesión, la inflación récord, el derrumbe en el consumo, las tasas de interés y las reformas ortodoxas que se postergan. Si no se alejan más rápido de las costas del oficialismo es sólo porque ven en la otra punta el regreso de Cristina Kirchner.

En el pelotón de los disconformes conviven desde el banquero Jorge Brito, que suele rebajar a Macri a la categoría de “el hijo de Franco”, hasta los miembros de la Fundación Mediterránea que acaban de convocar a Roberto Lavagna para su virtual lanzamiento. Otros como Luis Pagani transmiten a la comandancia del PJ el lamento por las pérdidas de la multinacional Arcor, que vio cerrar miles de sus bocas de expendio en todo el país durante 2018. No hace falta más que escuchar a José Urtubey, el hermano del peronista más parecido a MM, para comprobar que quedan pocos aliados entre los industriales. O ver la catarsis de las viudas de la Mesa de Enlace, también muy calientes con el rumbo de una economía que convierte en mentiras las promesas de ayer.  

Sostenido por el Fondo y la administración Trump, el presidente puede ganar por poco, empatar o perder la elección entre los actores del poder permanente. Pero no puede permitirse caer derrotado también en la madre de todas las batallas.

Sostenido por el Fondo y la administración Trump, el presidente puede ganar por poco, empatar o perder la elección entre los actores del poder permanente. Pero no puede permitirse caer derrotado también en la madre de todas las batallas.

Con casi 13 millones de electores, la fortaleza que gobierna María Eugenia Vidal se divide en tres tercios de poco más de 4 millones de votantes. Los especialistas en la geografía bonaerense miran encuestas y detectan con claridad el problema que tiene hoy Cambiemos: no compensa con la primera sección electoral y los votos del interior la creciente diferencia que Cristina le saca en la tercera sección, el territorio blindado del exFrente para la Victoria.

Los memoriosos recuerdan que Francisco De Narváez y Sergio Massa ganaron la provincia en 2009 y 2013 pese a perder por alrededor de 170.000 votos en el subcontinente que incluye a Lomas de Zamora, Avellaneda, Berazategui, Florencio Varela, Lanús, Quilmes, Almirante Brown, Esteban Echeverría, Ezeiza y La Matanza. El exdueño de Casa Tía empató en la primera sección pero sacó 300.000 votos de diferencia en el interior, a caballo del conflicto con el campo. El exjefe de Gabinete igualó en el interior, pero ganó por 600.000 votos en la primera, donde se concentraban los intendentes que acababan de romper con el peronismo kirchnerista. El voto de Cambiemos heredó esa composición.

En 2017, el vidalismo llegó a 41 puntos en la provincia y derrotó a CFK en todas las secciones electorales, salvo en la tercera, donde consiguió un 30% de adhesiones y quedó 15 puntos por detrás de Unidad Ciudadana.

Según los números que manejan en La Plata, Macri cuenta con un 30% de intención de voto y queda casi 10 puntos abajo de su archienemiga. Por eso, admiten, a siete meses de la elección que definirá el futuro de Vidal, el riesgo de perder la provincia existe para Cambiemos y no depende siquiera del postulante que ofrezca el cristinismo.

Con devaluación permanente, inflación imparable, caída de consumo y aumento del desempleo, el escenario de 2019 asoma cuesta arriba como pocas veces. Según los números que manejan en La Plata, Macri cuenta con un 30% de intención de voto y queda casi 10 puntos abajo de su archienemiga. Por eso, admiten, a siete meses de la elección que definirá el futuro de Vidal, el riesgo de perder la provincia existe para Cambiemos y no depende siquiera del postulante que ofrezca el cristinismo. Sea quien sea, sostiene el vidalismo, será arrastrado hacia arriba por la senadora.

En la primera sección, el macrismo ahora gana por poco o no gana. Sólo Vicente López y San Isidro brillan sobre el río como fortalezas del PRO, pero los municipios que atraviesan el tren Sarmiento y el ferrocarril San Martín se tornan hostiles. Hasta en La Plata y Mar del Plata, dos bastiones del oficialismo, la diferencia es menor a nivel de gobernador y CFK gana las presidenciales, en más de una encuesta. Es una ecuación que obligaría a Vidal a lograr un descomunal corte de boleta, mayor incluso al de 2015, cuando superó a Macri en un 6,5%.

El macrismo no registra una caída notoria en los distritos peronistas: desciende sobre todo en los municipios que hoy gobierna, donde su propio electorado es el que migra en busca de una nueva opción y anuncia -con decepción y hartazgo- que esta vez no votará por el PRO.

En la gobernación bonaerense, entienden que el problema no es el crecimiento de la expresidenta, que araña los 40 puntos, sino la huida del votante de Cambiemos. El macrismo no registra una caída notoria en los distritos peronistas: desciende sobre todo en los municipios que hoy gobierna, donde su propio electorado es el que migra en busca de una nueva opción y anuncia -con decepción y hartazgo- que esta vez no votará por el PRO. En el interior, en las grandes ciudades y en la primera sección, se nota la ausencia de un votante que se aleja entre el desencanto y el enojo.

Por eso, si las elecciones fueran hoy, lo mejor que podría pasarle a Cambiemos es perder por poco en las PASO. Reeditar un escenario como el que se dio en 2015 y 2017, cuando después de una derrota inicial, logró una remontada que le dio la victoria.

Si la economía no empeora todavía más y el 11 de agosto Vidal queda 5 puntos abajo -no mucho más- del candidato o candidata del cristinismo, las chances de ganar estarían intactas. En los dos meses siguientes, hasta el decisivo 27 de octubre, la maquinaria electoral del macrismo puede desplegar todos los recursos del Estado y la propaganda amarilla para revertir voluntades, captar indecisos y recuperar desilusionados. La alianza gobernante puede organizar el corte de boleta y resultar beneficiada por un votante independiente que, aún cansado del presidente, se espante al ver una vez más a CFK empoderada. Esa es la gran apuesta amarilla: dar vuelta la elección con el renacer del antikirchnerismo, la fuerza que hizo grande a Cambiemos y hoy cede abrumada por el presente que construye Macri.

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