Verna (y radicales) versus Macri y la seguridad otra vez en el centro de la escena

Verna (y radicales) versus Macri y la seguridad otra vez en el centro de la escena

El gobernador Carlos Verna decidió llamar la atención sobre determinados aspectos de las políticas nacionales que -no es ninguna novedad- están causando sensibles perjuicios en nuestra provincia.

O mejor dicho entre la mayoría de los habitantes de esta provincia, que son los que trabajan -o no consiguen trabajo- y los que producen, cada vez con más inconvenientes para hacerlo.

En un discurso que algún etiquetador profesional hasta podría haber calificado como “K” por el rol fundamental que el jefe del Ejecutivo pampeano le atribuyó al Estado, Verna llamó la atención sobre la manía del Gobierno Nacional -integrado fundamentalmente por CEOs, representantes de la patronal, estudiantes de universidades privadas y porteños- de dejar demasiadas cosas en manos del “mercado”, con la convicción de que ese fantasma por sí solo acomodará las cosas.

Desde la asunción de Mauricio Macri como presidente se han tomado unas cuantas medidas de impacto brutal sobre los sectores más vulnerables: entre otras cosas, hubo despidos en masa, aumentó el número de trabajadores en negro, se anunció un tarifazo impactante, se incrementaron la desocupación y la pobreza, se volvió dificultoso llegar a fin de mes como consecuencia de una estampida inflacionaria provocada por las medidas del propio oficialismo (la baja de retenciones y la devaluación, sobre todo).

A la par que tienen lugar episodios de represión de la protesta social, incluso con militantes sociales tras las rejas, la voz del oficialismo, que sus referentes repiten en La Pampa como una cantinela, es que todos los nuevos males deben en realidad ser atribuidos a “la pesada herencia”, por más que la apuesta del nuevo Gobierno haya sido a un “nuevo modelo”.

El relato de la pesada herencia ya ni los radicales se la creen, de acuerdo a lo que salta a la superficie en nuestra provincia pero también en todo el país: dirigentes que “no se sienten parte”, quejosos porque no les dan cargos, pero también porque no hay ningún punto de contacto con la vieja columna vertebral del radicalismo, al punto que ya hay algunos que no dudan en decirse parte de la “oposición”, como afirmó en la semana el concejal santarroseño Marcos Cuelle.

Lo curioso es que frente a ese estado de cosas en el que sobresale la crítica de medidas que han sido feroces por parte del Ejecutivo nacional, los partidos tradicionales -peronismo y radicalismo, a grandes trazos- le han garantizado al macrismo la victoria electoral, la legitimidad de gestión y hasta las leyes que consideró fundamentales: los radicales le aportaron comités y votos a lo largo y ancho del todo el país, los peronistas le garantizaron manos alzadas para saludar a los buitres, para mimar a las corporaciones y para poner en riesgo el sistema previsional solidario (entre otras cosas).

La “nueva política” que representa “Cambiemos” también ha hecho base en otro sector “tradicional”: los sindicatos más vinculados al viejo régimen también le han ofrecido “paz social” a cambio de suculentos fondos para sus obras sociales, sin que se ponga el foco en la realidad que padecen los trabajadores.

En ese sentido, y con las numerosas diferencias que hay respecto de cualquier otro período de la historia nacional, sí parece una reconfiguración de las mismas alianzas que facilitaron el despliegue de los programas neoliberales más salvajes, tanto en dictadura como en los ‘90: un poder económico-financiero manejando los hilos de las decisiones, con el padrinazgo norteamericano; partidos tradicionales dispuestos a agacharse y sindicatos mansos.

Como característica similar a las de aquellas épocas, la distancia entre el dicho y el hecho: el confundido peronismo que reclama más Estado y menos mercado, que se queja en las provincias de que todo esfuerzo territorial es arruinado por las medidas nacionales, no tiene un liderazgo que lo represente, pero no solo por falta de carisma y volumen político, sino porque no está nada claro lo que habría que representar (¿un oficialismo, una oposición, una defensa del liberalismo, o un respaldo de los regímenes latinoamericanos que en los últimos años mejoraron los índices populares?).

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