Tras caminar todo el día desde la frontera con Serbia junto a otros refugiados, Anwar llegó hoy a la estación Keleti de Budapest agotado, con hambre y las zapatillas rotas y mojadas. Los trenes no salían a Austria, pero cuando supo que tenía opción de ir hasta otro punto y cruzar caminando, no lo dudó y salió corriendo.
"La mitad de mi familia murió en la guerra, por las armas químicas que fueron utilizadas en mi ciudad, Jobar, en Siria", cuenta Anwar a Télam, mientras discute con otros chicos sobre las alternativas para llegar hasta Viena, ante última parada del destino final de los miles de refugiados, Alemania.
Ayer, las autoridades de Austria decidieron suspender el servicio de trenes entre su país y Hungría ante la masiva afluencia de refugiados que llegan a Viena en trenes procedentes de Keleti.
"Por la mañana salieron miles de personas hacia Viena, era un verdadero caos", explica Mona, una voluntaria palestina de 24 años que viajó a Budapest junto con su esposo exclusivamente para brindar ayuda a los refugiados.
"Juntamos dinero entre nuestros amigos y familiares para poder aportar algo a esta terrible situación, que es peor a los que vivimos en Palestina", apunta.
Ante la suspensión de los trenes hacia Viena, unas 300 personas quedaron varadas en la principal estación de Hungría, pero se esperaba la llegada de unas 400 personas más. "Tenemos comida para al menos 700 personas", subraya Mona.
El ambiente era el de un campamento, con gente comiendo de una olla común, durmiendo en carpas, cantando en torno a una guitarra, tratando de apoyarse mutuamente y, sobretodo, buscando la forma de seguir camino.
Según los voluntarios, los refugiados van llegando a todas horas, pero por la mañana y a la tarde vienen en grupos en colectivos que envían desde la frontera.
Muchos que logran cruzar desde Serbia a territorio austríaco terminan en un campo de refugiados cercano a la frontera desde el que son trasladados en colectivos, pero otros directamente se escapan de las autoridades y emprenden el camino a pie, como Anwar.
Los refugiados llegan a Budapest extenuados y tras sufrir todo tipo de violencias. En el caso de Anwar, durante el trayecto a pie en la frontera entre Serbia y Hungría su grupo, integrado por 11 personas, se perdió.
Pero eso no fue todo: "Encontramos a cinco personas con uniforme militar y que estaban armadas. Nosotros llevábamos cuchillos para protegernos, pero cuando nos dijeron que eran policías los tiramos", relata.
"Nos exigieron a cada uno 1.000 euros para poder seguir. Llevaban la cara tapada, creo que eran de las mafias", afirma.
"Nosotros nos perdimos durante dos días en el bosque, por suerte teníamos algo de comida que nos había dado la Cruz Roja en Serbia, pero en un momento estábamos desesperados", cuenta Hussein, un sirio de 23 años, procedente de Deir Ezzor, en el este de Siria.
Su amigo Ziad, de 17 años, dice que esa fue una de las partes más duras del viaje junto con el cruce en bote desde Turquía a Grecia, por el que pagaron las mafias 1.500 dólares. Ambos afirman que quieren ir hasta Alemania, pero no saben muy bien por qué. "Ya no tenemos más dinero, así que queremos llegar allí", sostienen.
La mayoría de los refugiados que llegan a Budapest quiere seguir adelante, pero Faizan Kahn no es uno de ellos. Este joven afgano de 17 años llegó a Hungría hace un mes y ya está tramitando su asilo aquí. "Presenté todos los papeles y me dijeron que en 20 días me dirían algo", explica.
"Quizás el gobierno dice que no somos bienvenidos, pero la gente de Hungría me gusta, es muy simpática", afirma Faizan, conocedor de la postura del primer ministro húngaro, Viktor Orban, quien se opone a la política de la canciller alemana Angela Merkel de abrir las puertas de Europa a los refugiados.
El gobierno húngaro anunció hoy que estudiará declarar "estado de emergencia" por la inmigración masiva, y que el Ejército intensificará los controles fronterizos y asumirá las tareas de registro de los solicitantes de asilo.
Faizan empezó a estudiar Medicina en Afganistán y planea continuar sus estudios en Hungría, si se lo permiten. Para llegar hasta aquí pagó unos 4.000 euros y quiere aprovechar la chance. No obstante, teme el gobierno húngaro lo rechace y lo deporte.
Su amigo Jahia Shan, en cambio, tiene claro que él se quiere ir a Noruega. "Allí tengo un hermano, y me dijo que somos bienvenidos", dice este joven afgano de 16 años.
"Está claro que en Hungría el gobierno no quiere recibir refugiados, pero de ahí a que sean xenófobos es otra cosa", opina Ahmad Tache, un joven voluntario libanés que vive en Budapest desde hace siete años y trabaja en una empresa multinacional.
"Creo que el gobierno tiene un discurso que busca asustar a los refugiados. Es principalmente propaganda", asegura Ahmad.
Por otro lado, este joven afirma que hasta hace muy poco, los húngaros no estaban acostumbrados a convivir con la inmigración. "Nadie venía aquí durante el comunismo, pero ahora han tenido una política de incentivo que atrajo a multinacionales y a muchos europeos, pero no están nada familiarizados con la inmigración", insiste.
Mientras Ahmad habla sobre la situación general de Hungría, Anwar, Hussein, Ziad y otros jóvenes debaten cómo podrían llegar hasta Austria.
Cuando menos se lo imaginan, una voluntaria les dice que hay un tren que llega a una ciudad -impronunciable- y que desde ahí pueden caminar hasta la frontera con Austria.
Los chicos ven una ventana de oportunidad, una alternativa. Se miran entre ellos y en menos de un minuto salen corriendo en dirección al andén, donde un nuevo tren los acercará un poco más hacia ese lugar en el que sueñan que podrán construir un nuevo hogar.
Anwar dice que es Sueca; Hussein y Ziad, Alemania, pero también están los que se quedan, contra todo pronóstico, en Hungría.

Comentá la nota