Por: Julio Blanck.La Presidenta no va a la reapertura del Teatro Colón. Se enojó y no va. Se enojó porque el Jefe de Gobierno porteño, anfitrión en esa noche tan demorada y tan esperada, dijo cosas fuertes, que no le gustaron, cosas de la política, aunque algunas rozaron lo personal y pudieron sonar desdorosas.
Actuó como si el 24 de mayo y el Colón fueran propiedad del Jefe de Gobierno y el 25 de mayo, el Bicentenario, la Historia, fueran de ella. Si no es un triste error, se le parece bastante. Bajo la misma matriz, la Presidenta no invitó a los actos del Bicentenario al vicepresidente Julio Cobos, ni a los ex presidentes que son tan constitucionales y democráticos como ella.
Mal que les pese a ambos, los personajes de esta historia opaca tienen cosas en común.
A Macri lo acusaron, lo acusan y lo seguirán acusando de mezclar lo público con lo privado, o de privatizar lo público, o de tratar de hacerlo, o de pensarlo cuando menos. Seguramente alguna de esas acusaciones tiene de dónde agarrarse.
A la Presidenta también la acusaron y seguirán haciéndolo, cada vez más. Por lo que hace y lo que no hace, por lo que dice y cómo lo dice, por lo que piensa y por lo que manipula. Está escrito en su destino. Ella lo sabe, seguramente también lo provoca. Algunas de esas acusaciones también tienen de dónde agarrarse.
La Presidenta escribió en su enojada carta que "la política no puede, ni debe ser, una mera ceremonia de cinismo e hipocresía". Palabras elegantes, ordenadas por la idea de que el pecado siempre anida en los otros. Y le acertó una bella estocada dialéctica a Macri cuando le puso "Por favor, no sienta que me ha agraviado con lo que ha hecho o dicho, por el contrario son actos impropios que sólo lesionan su propia investidura".
Macri se anotó un poroto cuando, en su texto de respuesta, suscribió el párrafo que dice "Es tan sólo una circunstancia el lugar institucional que nos toca ejercer" y remata "Es nuestra responsabilidad compartida dejar de lado esa noche las diferencias políticas y personales que tenemos y estar a la altura de la historia que nos trasciende".
Este culebrón bochornoso ya había tenido un antes impregnado de recelos y revelaciones.
Hace tres semanas el cumplidor secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, llamó a las oficinas de Macri para pedir que le enviaran 960 entradas para la gala del Teatro Colón. Eso significa algo menos de la mitad de las localidades. El Gobierno porteño contestó que esa cifra era imposible, que había compromisos que cumplir y que las invitaciones ya cursadas no podían desconocerse. Ofrecieron 200 entradas para la Presidencia, en atención a las necesidades de un evento de esta magnitud. No hubo acuerdo.
Sobre el pedido de la Casa Rosada sobrevoló el temor a que el público invitado al Teatro Colón hostilizara de alguna manera a la Presidenta. Todo indica que se buscó evitar esa hipótesis enojosa, intolerable. Pero esa prevención deja en evidencia dos cuestiones.
Uno, que el kirchnerismo supone que todos actúan como son capaces de actuar ellos.
Dos, que la solución buscada implicaba ubicar en el Colón a una barra adicta a Cristina, capaz de retrucar eventuales muestras de antipatía.
No es fácil elegir cuál de estas revelaciones resulta más desoladora.
Una mirada corta y estrecha dominó estos episodios, justo cuando el Bicentenario reaviva la necesidad de un debate generoso sobre la Argentina deseada y pendiente.
Entonces es bueno volver sobre palabras de Mariano Moreno, nervio y verbo de la Revolución de Mayo.
"El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso".


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