Los tres principales partidos mendocinos tienen una materia pendiente: la renovación de sus dirigentes. La última se dio en los ´90.
Éste no sólo sugería que una nueva generación se hiciera cargo de las cosas del poder sino que les agregara su personalidad diferenciándola de la de las generaciones anteriores. Implicaba, sí, un cambio de personas pero más que todo de nuevas ideas y nuevas prácticas políticas. Como decía Perón, no se trataba de que los jóvenes todos los días “"tiraran un viejo por la ventana”, sino que impusieran su impronta.
Mendoza tuvo una renovación política inicial en sus tres partidos principales, pero esa renovación sigue sin poder “renovarse”.
En la UCR el gobierno de Llaver sentó las bases de la misma, pero fue el municipio capitalino, primero con Víctor Fayad y luego con Roberto Iglesias, el que produjo la innovación estructural de la élite radical.
En el PJ ella comenzó con José Bordón y prosiguió en las gobernaciones de Rodolfo Gabrielli y Arturo Lafalla.
En el PD esa tarea estuvo en manos de tres dirigentes: Carlos Balter, Gabriel Llano y Gustavo Gutiérrez.
Por cuestiones políticas o por el simple paso del tiempo, ese proceso renovador y la generación que lo condujo se fueron desgastando sin que una nueva generación tomara plenamente su lugar.
Más bien lo que ocurrió fue un deshilachamiento progresivo, un desgaste natural de lo que siendo nuevo comenzó a envejecer, apenas cubierto ese “bache” por conducciones de transición que no se animaron a romper todo lo anterior que había que romper ni a crear todo lo posterior que había que crear. Políticos entre dos mundos que carecieron de la personalidad colectiva de los que venían a suceder.
El radicalismo no pudo con Julio Cobos iniciar el trasvasamiento porque su conflicto con Iglesias no condujo a la gestación de una nueva generación radical sino a un pacto con el kirchnerismo que fracturó al partido. Aunque luego se reunificó, ya la oportunidad del trasvasamiento estaba perdida.
El peronismo intentó en las postrimerías del gobierno de Lafalla proveer una sucesión de jóvenes que continuara el proyecto, pero es muy difícil que los padres pasen la rienda a los hijos si estos de alguna manera no rompen con ellos para alcanzar su plena independencia, aunque luego se reconcilien.
Desde esa lógica, el jaquismo pareció ser ese trasvasamiento, pero hasta hoy no pasa de ser un acuerdo político entre los dos sectores tradicionales del PJ: los ex-”naranjas” y los aún vigentes “azules”, que prosiguen, con otras caras, más o menos los mismos debates de antes sin lograr una superación o síntesis de esa división interna ya definitivamente envejecida pero aún actuante.
Lo mismo ocurrió con los demócratas, ya que la hegemonía de Omar De Marchi fue más personal que colectiva y su impronta no gestó un nuevo clima político en el tradicional partido ni los cuadros para lograrlo. Más que como un “hijo” rupturista, De Marchi es visto por casi toda la dirigencia demócrata previa a él, como “sapo de otro pozo”.
En realidad, la renovación política de los tres partidos en la primavera democrática fue posible no sólo porque sus nuevas élites se atrevieron a debatir con sus respectivos pasados, sino también porque miraron más a Mendoza que a Buenos Aires. Por el contrario, sus continuadores de transición están sobredeterminados por la relación con la Nación, a la cual -además- nunca le pudieron encontrar -por las más variadas razones en cada partido- una adecuada vuelta.
La consecuencia inevitable fue que no supieron construir su propio “sol” al quedar oscurecidos por dos brutales “sombras”: por un lado, las supuestas "glorias" del pasado que siguieron condicionando mucho su accionar y, por el otro, el creciente intervencionismo nacional en las decisiones locales que incluso hicieron perder personalidad propia a la provincia.
Por ende, un verdadero trasvasamiento, además de sacarse de encima definitivamente las hilachas del pasado (única manera de recuperar para un nuevo tiempo lo mejor de ese pasado), deberá encontrar una relación entre la política local, la provincia y su sociedad que no espere encontrar afuera lo que sólo puede hallarse acá (única manera, además, de recuperar el protagonismo nacional que hemos ido perdiendo).
En el marco político electoral que nos depara este año, varios precandidatos en todos los partidos imaginan serlo de ese imprescindible trasvasamiento. Pero para eso no sólo deberán “matar” al padre o mostrar un DNI más joven sino imaginar, proponer y, sobre todo, conducir la nueva Mendoza que desde hace bastante tiempo se sigue construyendo más bien sola que acompañada por los que supuestamente deberían dirigirla hacia el futuro.



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