Son pocos los lustrabotas que ejercen el oficio, como Juan, que desde los doce años recorre bares con su cajón. Hoy ya lo conocen y tiene sus propios clientes, pero el comienzo fue duro en un clima hostil de competencia desleal.
Los años de antigüedad y experiencia en la actividad a Juan le sirvieron para que en la actualidad no tenga ningún temor, pese a que forme parte de ese otro mundo que no se ve, mezclado con el de la gente que no vive ni trabaja en las calles. En diálogo con EL LIBERTADOR, el joven comentó cómo es el día a día rebuscándose por mantener uno de los oficios que tienden a desaparecer.
-¿Qué te llevó a trabajar de chico?
-En mi casa, donde vivía con mis padres, tres hermanas y cuatro hermanos, todos trabajaban, siempre trabajaron en la calle, así que a los doce comencé a hacerlo yo también porque me quería comprar una bici.
-¿Por qué elegiste lustrar zapatos?
-Mis hermanos más grandes ya tenían el cajón y les iba bien, yo veía que se podían comprar lo que querían. Algunos dejaron de trabajar de esto porque consiguieron otro trabajo, y entonces decidí seguir lustrando. Además, vendía diarios.
-¿Cómo articulabas los dos trabajos?
-A la mañana andaba con las dos cosas, pero los diarios no me dejaban mucho y tenía que venderlos todos. Además, tenía que tener plata para comprar al otro día, por eso al final terminé dejando.
-¿Y con la escuela?
-Iba a la tarde, pero no terminé el secundario porque no quise.
-¿Cómo fue tu primer día de trabajo en la calle?
-Tuve un poco de miedo, porque comencé a andar solo. La mano estaba jodida porque había muchos lustrabotas, y todos estábamos intentando ganarnos el mango. Esto era como una villa, en la que había muchos chicos, y algunos hacían líos a los demás para trabajar.
-¿La actitud de los otros chicos afectaba tu ingreso a bares y cafés?
-Cuando comencé sí, porque muchos no sólo se dedicaban a lustrar botas, sino que hacían algunas cosas malas, graves y no tanto, como correr en los bares y molestar a los clientes.
-¿Cómo superaste los inconvenientes generados por los otros lustrabotas?
-Me hice querer, los clientes comenzaron a identificarme porque siempre fui muy educado. Muchos me llevaron a sus casas, y más de una vez, me ayudaron con otras cosas, como con remedios y hasta me regalaron zapatillas. Hoy estoy tranquilo, nada que ver como cuando era chico.
-¿Es muy distinta la calle ahora que hace 17 años atrás?
-Sí, porque hay muchos nenes y nenas que a los seis años ya están en la calle, y es muy peligroso. Yo hablo y los aconsejo porque hay que acercarse hasta ellos para ver cómo es el mundo de la calle, lo que a la gente no le preocupa. Mucha gente pasa por al lado, pero si ve algo raro, sigue como si nada.
-En algún momento, ¿pensaste en trabajar en otra cosa?
-Probé ser empleado de comercio, pero no me gustó. Prefiero la libertad y ser mi propio jefe en la calle, donde tengo muchos clientes y cada vez conozco más gente.
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