Por más que nos consideremos una sociedad evolucionada, aunque se hable de diversidad sexual, hay muchas personas que no pocas veces tienen que soportar palabras despectivas y acciones discriminatorias.
"Un día leyendo LA ARENA vi que invitaban a aprender a patinar y sin pensarlo dos veces me dije, allá voy. Llegué, estaba Aixa, la profesora, y un grupo de chicos y les dije lo que quería. Me dijeron que hacía falta un seguro para hacer la actividad, pero les expliqué que yo era profesional y me dejaron practicar. Sí, fue como volver a vivir, porque hacía doce años había dejado la actividad. Y es cierto, casi podría decirse que ese día cambió mi vida".
Una infancia "terrible".
Ahora estamos en su domicilio, un bonito chalet en la calle Eliseo Tello, casi donde termina Santa Rosa. Afuera espera un Renault 19, y un perro guardián nos avisa que el oficio de cartero, canillita, o cronista a domicilio, puede resultar igual de peligroso. Gabriela, "una amiga, de Victorica" y "la mano derecha" de Marión nos hace pasar. Ella se para, saluda desde su metro 80 y vuelve a sentarse. Viste con sencillez, remera blanca, jean y zapatillas, luce en sus manos un anillo en cada dedo, y un par de pulseras que completan su atuendo.
Marión Montiveros (38), que de ella se trata, es nacida en Montes de Oca, Santa Fe, donde vivió hasta los 18 años. Hoy es la profesora de patín de la Escuela 180.
Nacida en un hogar tradicional, con papá Nolfo que hacía duras tareas de jornalero en campos de aquella zona -le gustaba tener caballos de carrera-; con mamá María Eva, que sabía "el secreto" del que no se hablaba; y sus hermanas Claudia, Gabriela y Paula. La práctica del patín, desde muy pequeña, era su cable a tierra, la que la hacía olvidar los problemas que la abrumaban.
"Fue una infancia terrible", define con crudeza, "y la adolescencia igual. Aunque no me crean les aseguro que de los 5 a los 13 años no me acuerdo de nada". De todos modos le quedan sensaciones, saber que "no tenía amigos varones, sólo alguna amiga entre comillas... era retraída, lloraba muchísimo. En un pueblo de 3.000 habitantes todos murmuraban, y obvio que mi papá sufría muchísimo, pero nunca me decía nada...".
La partida.
Había hecho la primaria aguantando las pullas, después el secundario hasta tercer año, hasta que "por mala conducta", por la tensión en que vivía, la expulsaron. "Tenía que ir con mi papá para reincorporarme, pero nunca fue. Sí mi mamá, pero no aceptaron y dejé. Mi papá me llevó a trabajar al campo y casi no me hablaba. Un día, después de una discusión, tomé la decisión, esperé que se fueran a una carrera de caballos, armé el bolso y me fui jurando que nunca más iba a volver a vivir en Montes de Oca". En Córdoba empezó a trabajar con un tío albañil. "¿Si en la obra me molestaban? No, porque no daba lugar, pero igual era 'remariquita' y mi tío hacía lo que podía. Después conseguí un buen trabajo en una fábrica de ropa donde la dueña era un travesti, y ahí sí me sentí bien". Pero paralelamente había empezado a andar en la calle, hacía dinero y conoció la noche, que define como "terrible". "Me di cuenta que la noche me iba 'comiendo', dejé de patinar y me dediqué sólo a 'eso'... anduve con mucha plata, pero como la hacía la tiraba".
Admite que no debió soportar episodios de violencia. "Nadie me puso un cuchillo ni nada por el estilo. Pero en ese ambiente la solidaridad no existe, y casi se piensa 'si yo la pasé vos también', y soportás como podés. Pero nunca por suerte tuve un escándalo, no tengo problemas con nadie y no me gustan los líos. ¿La discriminación? Lo que digo es también hay un poco de autodiscriminación, el homosexual muchas veces se aisla, vive con sus pares y no se integra. Y a veces se visten de una manera que hace que la gente los mire distinto. Yo no hago ninguna ostentación, me visto discretamente, jean y remera, aunque también tengo mis buenas minifaldas, pero sin hacer escándalo. Yo soy yo", sonríe convencida, ahora sí, de quién es y qué quiere.
La Pampa y el cambio.
Se fue a Buenos Aires y allí no le fue mejor. "La noche, la droga, que cuando pasa el efecto termina siendo un bajón, y te das cuenta que estás en más problemas que los que tenías antes... Un día me invitaron a conocer La Pampa, vine y nunca más me fui. Después conocí un chico y convivimos 10 años, en una relación que fue muy buena. Él un día me dijo, 'si no dejás de consumir te dejo', y desde ahí nunca más, y la verdad es que no me resultó difícil. Después se terminó el amor y bueno, decidimos cada uno por su lado".
Un día recibió una llamada que empezaría a cambiar su vida. "Me llamó Claudia Fernández, coordinadora de patín en la Escuela 180 y me ofreció empezar a enseñar... Le estaré agradecida mientras viva, porque se jugó por mí y me permitió insertarme en la sociedad. Empecé con 20 alumnas en la Escuela 1 y sí, al principio me sentía observada, porque en patín en algún momento tenés que agarrar de la mano al alumno, o acompañarlo tomándolo de la cintura, o de la cadera, y pensaba que podía aparecer un padre a decirme que estaba manoseando a su hijo. Convivía con ese temor, pero me di cuenta que me tomaron confianza. Al punto que empezamos a viajar a distintos lugares, sobre todo a Córdoba, para competir, y veía que confiaban en mí", celebra la situación.
Hoy atiende 80 chicos en la Escuela 180. "Soy super exigente, pero me doy cuenta que progresan y a ellos les gusta. Al principio fue difícil, pero ahora la sociedad está un poco más abierta para que chicas como yo puedan trabajar dignamente", señala.
Ni hijos ni casamiento.
"Soy travesti, sí. Es como que siento que estoy al medio, así que eso de instinto maternal, olvídalo... No está en mis planes un hijo, porque aunque quisiera no puedo pensar totalmente como una mujer, ni tampoco como un hombre, y casi diría que estoy en el medio".
Superado el duelo de aquella primera convivencia, empezó a vivir con Martín. "Lo conocí un domingo y el jueves estaba en mi casa presentándome a sus padres. ¡Imaginate la sorpresa! Enseguida estábamos viviendo juntos. Tenemos una relación fantástica, me apoya y me acompaña a todos lados. Y también su familia es espectacular. ¿Sabés qué pienso?... que en definitiva todos tenemos derecho a ser felices", resume.
"¿El casamiento? Y que pasa con eso... son papeles. No me cambia nada, ni estar casada ni no estarlo. Si un día se da y él quiere no tendría problemas, pero no sueño con eso. Estoy muy bien así. Te digo que me gusta disfrutar de la vida, viajar... Ahora mismo estuvimos en Salvador de Bahía, en Brasil, y tenemos todo arreglado para ir a conocer Nigeria, en África".
Tiene sí una ilusión para cerrar el círculo de este momento feliz: "Tener un día el DNI que diga verdaderamente quién soy. Sí, Marión Montiveros, número de documento...".
El momento de la discriminación.
En algún momento Marión entra en una contradicción, porque en un momento sostiene que no se siente "discriminada en La Pampa", y al ratito recuerda que en dos boliches -El Sol y Pavarotti- no la dejaron entrar. "Vos no, dijo uno... Y sí, es muy desagradable ese momento. Y te puedo asegurar que con mi pareja íbamos sólo a bailar, porque nos encanta, que no nos metemos con nadie, pero no nos dejaron. Por eso vamos a bailar a cualquier otro lado, a otros pueblos, y nunca tenemos problemas, ni en Anguil, que es un pueblo tan chiquito, ni en Macachín, ni en ningún lugar. Sólo aquí en Santa Rosa, así que acá no vamos para no tener un disgusto", completa.
Su gran amiga Gaby apunta que para ella eso es discriminación y que tiene que denunciarlo en el Inadi, "para que no les pase a otros". Pero Marión reafirma que no le gustan los líos y las peleas y prefiere dejarlo ahí.
"Yo no tomo, no me drogo, en esos lugares ni siquiera voy al baño de mujeres para que nadie diga nada... y soy capaz de aguantarme cuatro horas para no molestar a nadie", agrega.
Lo cierto es que, más allá de esos episodios desagradables, y que debieran ser castigados por las autoridades, hoy se siente muy bien. "Estoy bien con mi pareja y su familia, mis padres vienen a visitarme cada tanto... Sí, por suerte ahora está todo bien... ellos llegaron aquí, vieron cómo estoy viviendo, lo que hago y entiendo que también están felices. ¡Pobre papá! A veces me dice que él no supo acompañarme y se lamenta por eso. Pero te aseguro que lo entiendo perfectamente. Era el único hijo varón, el que prolongaría su apellido y mirá..."
Patinando por un sueño.
Marión Montiveros es técnica nacional de patinaje artístico, especialidad escuela y libre, con título otorgado por la Confederación Argentina de Patinaje. Muestra orgullosa su título: "En el país hay dos travesti que tenemos este título, una de ellas es Tamara Alvarez, quien fue coach de 'Patinando por un sueño' en el programa de Tinelli, y yo".
Ahora, con sus antecedentes y el diploma que la habilita, se ilusiona con la posibilidad de poder empezar a dar clases en otros puntos de la provincia. "Ojalá me llamaran de General Pico, Castex... donde sea. Mi título me habilita para eso", afirma.
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