Banqueros centrales sufren presiones de los gobiernos para que se aparten del mandato original y ayuden a reactivar la economía. Al precio de sacrificar toda su credibilidad
Pero en circunstancias como las actuales, donde hay consenso en que lo que se tiene que hacer es apagar cuanto antes el incendio, estos recelos no son compartidos por la mayoría. De hecho, en Francia crece una verdadera rebelión dentro del partido oficial del Presidente Nicolas Sarkozy, donde ya se formó un grupo parlamentario que pide sin eufemismos que se termine con la independencia de la máxima entidad continental. Llamamos a cambiar radicalmente la política monetaria. La rigidez monetaria del BCE, exacerbada por la rigidez de Alemania, lleva a un desastre político y económico, dice el manifiesto firmado por el grupo de diputados díscolos.
Por supuesto, en la otra vereda se paran (casi) todos los funcionarios y políticos alemanes y de los países del norte europeo, quienes no están para nada dispuestos a seguir tolerando los deslices del BCE. En contra de lo que dice su carta orgánica (a diferencia de la Reserva Federal, que tiene como mandato cuidar la estabilidad monetaria y el crecimiento económico, el BCE sólo se tiene que ocupar de lo primero), el organismo ha estado comprando títulos públicos de países de la zona euro en problemas para evitar que la crisis se volviera sistémica. Y eso preocupa a los alemanes en primer lugar, porque temen que la compra de deuda (que equivale a emitir dinero) genere inflación y licúe el valor de sus activos.
En este combate mediático saltó al ring el irreductible Jürgen Stark, quien renunció a su silla en el BCE por estar en desacuerdo con la compra de deuda por parte del equipo dirigido hasta hace poco por Jean-Claude Trichet (el más alemán de los funcionarios franceses, en sus propias palabras cuando se candidateó al cargo de presidente del banco central). El BCE no es prestamista de última instancia y recomiendo a los gobiernos que no le pidan que lo haga. Eso significaría perder inmediatamente la independencia del banco, advirtió el alemán.
Sin embargo, las lanzas de Stark parecen haber sido rotas en vano, ya que el nuevo presidente del organismo, Mario Draghi, afirmó que está de acuerdo con la compra de bonos: me siento listo para seguir con el programa de compra de deuda soberana, sostuvo recientemente el funcionario italiano.
Pero tal vez todo este debate haya puesto el foco en el lugar equivocado desde el principio. Eso significa que en una de esas la independencia de los bancos centrales (empezando por el europeo) no esté en peligro, sino más bien todo lo contrario. En Grecia, el reemplazante de Papandreou como Primer Ministro es Lucas Papademos, ex vicepresidente del BCE. Y en Italia, uno de los que suena para suceder a Berlusconi es Lorenzo Bini Smaghi, ex miembro del directorio del banco. Podría ser que los banqueros centrales, cansados de las presiones de los políticos por influir en sus decisiones de política monetaria, finalmente hayan decidido dar el salto y partir a la conquista del poder político. Habría que revisar en ese caso quién en realidad estaría perdiendo su independencia.

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