Gregorio "Goyo" Centurión era amigo de Macri desde los 15 años. Secretario de Comunicación y Prensa fue uno de los creadores de la sigla PRO y el color amarillo. Buen tipo, sufrió en carne propia el costado más miserable de la política.
Tenía el pelo lacio y rebelde como un adolescente. Ojos claros y un cuidado para elegir las palabras que desnudaba ciertos rasgos obsesivos, como su pulcritud a la hora de vestirse. Amigo de Macri desde los 15 años, hablaba de “Mauricio” con una admiración apenas disimulada, afianzada en lo humano más que en la política.
La primera vez que lo ví fui preparado para aguantar con paciencia a un señor de clase alta, soberbio y riguroso. Me encontré un tipo franco, humilde y sobre todo, muy respetuoso del trabajo periodístico. No me pongo colorado si digo mi verdad: Nunca en los tres años que estuvo al frente de la comunicación del gobierno de Macri, me presionó para que dejara de publicar algo.
Su relación con la prensa –por lo menos en mi caso- fue la más respetuosa que encontré en toda mi carrera. Fue una sorpresa inesperada, en un país en el que todos se rasgan las vestiduras por la libertad de prensa, hasta que llegan al poder. Y cuando digo todos, esto incluye por ejemplo, a varios de sus antecesores.
Se divertía con la política y solía bromear sobre la inexperiencia del PRO: “somos unos chotos”, repetía y no ocultaba la fascinación indignada que le causaban los peronistas y su falta de límites a la hora de ejercer el poder.
Como amigo de Macri y Nicolás Caputo –aunque con este último mantenía cierta distancia-, despertaba celos inevitables en los advenedizos que todo gobierno tiene, esos que se desviven por “complacer” al Príncipe y decirle exactamente lo que quiere escuchar. Aunque le estén marcando la senda que lleva al precipicio.
Quizás su principal problema fue que la falta de rodaje político, lo llevó a tomarse en serio, miserias que no merecen más que una mirada de desprecio. Se amargaba, no por él, sino porque creía que algunos de sus rivales internos le hacían mal a “Mauricio”.
Hace un mes y medio o dos, tuvo un preinfarto. Fue luego que se publicara una nota que cuestionó su gestión. Hubo muchas miserias detrás de ese episodio, que no vale la pena recordar. Macri se volvió loco cuando se enteró lo que le pasó a su amigo. Pocas veces sus funcionarios lo vieron tan enojado.
Pero Gregorio venía golpeado. Meses antes, Macri había decidido –con todo su derecho- dividirle la Secretaría de Prensa y Comunicación, sacándole el área de Prensa.
Es que si bien a Goyo le atraían los medios, se notaba que lo suyo era la publicidad. Uno de sus mayores orgullos era haber diseñado junto a Savaglio la sigla PRO y el color amarillo que asfaltaron el arribó de Macri al gobierno porteño. Por eso, lamentó que Michetti no lo hubiera sumado a su campaña del año pasado. Era su pasión.
Sería muy fácil ahora empezar a señalar culpables. Y ganas no faltan. La muerte gratuita de un hombre joven, talentoso y sobre todo buena persona, subleva. Claro que ahora saldrán las hienas, encantadas con la novedad, y buscarán la manera de utilizar su desgraciado final para pegarle aún más a Macri ¿Para qué sumarse a ese coro lamentable?
Los que le hicieron la vida imposible ya tienen bastante en su conciencia. Y los que creen que era otro demonio de la “derecha” al que había que perseguir, no hay argumento en el mundo que los vaya a moderar.
Hable con Goyo por última vez en medio de los incidentes del Indoamericano. Lo note bajoneado, pero supuse que era por la crisis que vivía el gobierno porteño. Me preguntó si yo creía que el gobierno de Cristina estaba detrás de las tomas. Le dije lo que pienso: que no veía el negocio para Cristina de empujar una toma que después iba a tener que reprimir y desalojar, con un altísimo riesgo.
La secuencia de su depresión fue absolutamente visible, como los motivos que la precipitaron. El que no vio fue porque no quiso. No sería justo responsabilizar a nadie por su muerte.
La política desnudó esta noche su lado más negro. Esa capacidad para inyectar adrenalina y por momentos hacer que los hombres se crean que finalmente son su mejor versión, esa que siempre soñaron; y al minuto arrastrarlos al sótano más húmedo y miserable.
Hay que tener el cuero demasiado duro para soportalo, y algunos sencillamente solo son buenos tipos, una de las pocas especies que indigestan al poder.

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