Las próximas elecciones del 23 de octubre se presentan como un complejo laberinto de nombres y cargos a ocupar por un sinnúmero de personas, algunas conocidas, otras reincidentes y una gran parte absolutamente ignotas. Las propuestas serias y concretas brillan por su ausencia.
Un universo atomizado de candidatos, imposible de digerir por el elector medio y menos aún de conocer, se presentan en las listas que se ofrecen para el 23 de octubre, en las elecciones generales.
La Ley de Lemas, vigente en Santa Cruz para las elecciones municipales, es un recurso expresamente impuesto por Néstor Kirchner y en general rechazado por el elector libre e independiente, ya que, bajo la premisa de la “participación” democrática, se ofrece un abanico de candidatos que son más testimoniales que reales y finalmente el voto que cada ciudadano le haya otorgado a un determinado candidato, va a conformar el capital político de otro que jamás habría votado, pero que a criterio del Partido, conjugue la mejor opción para adjudicarle el triunfo. Es una lamentable forma de votar indirectamente y no tener control de lo que se vota. La Ley de Lemas privilegia al partido sobre los hombres y todos sabemos que dentro de cada partido hay candidatos que por sí mismo no podrían ganar ni una elección en un club de barrio.
La Ley de Lemas ha sido objetada y rechazada por la oposición en esta provincia y más precisamente por el Radicalismo y Encuentro Ciudadano, sin embargo, en la única oportunidad que ha tenido el partido de Irigoyen de cambiar el sistema, no lo ha hecho. Si el Intendente Héctor Roquel hubiese accionado para la aprobación de la Carta Orgánica Municipal, hoy la comuna de Río Gallegos tendría la potestad de definir su propio sistema de elección. Indudablemente, las presiones directa que sufrió el Radicalismo por parte del oficialismo para que el sistema no se cambie, han sido tan evidentes y efectivas, que transforma a la UCR en cómplices de la continuidad de este ridículo y perverso sistema de elección de candidatos, que reduce o anula, finalmente, el verdadero espíritu de participación popular en la elección de un determinado y genuino candidato en cada municipalidad.
Con 94 sublemas, 17 candidatos a intendentes en Río Gallegos y 9 en Caleta Olivia, el 23 de octubre el elector tendrá ante sus ojos, en el cuarto oscuro, innumerables alternativas compuesta por nombres conocidos, otros que reinciden en su vuelta a la política, después de un tiempo en que prefirieron apartarse de la vida pública para que la gente olvide su paupérrimo paso por el Concejo Deliberante o la Cámara de Diputados y un grupo de “recambio” entre los que se cuentan amigos y parientes de políticos y funcionarios actuales y pasados, algunos “referentes” sociales (mucho de los cuales saltaron al conocimiento público con poca, escasa o nula actividad política, en algunos casos solo les bastó encabezar una marcha, ser despedido de un organismo público o haber mantenido un discurso opositor al gobierno desde un sindicato o un micrófono) y así se generaron inmensas listas, que el elector deberá seleccionar para colocar en un sobre el cual, probablemente, quedará chico.
Entre el ser y el parecer
La pléyade de candidatos es variopinto. Plagada de carteles fotoshopeados, la ciudad de Río Gallegos luce como una exposición farandulesca de actores que quieren llegar convenciéndonos de que son lo mejor que nos puede pasar. Mostrando caras increíbles, que van desde los rasgos más duros y las expresiones más grotescas, hasta rostros que parecen amenazarnos el futuro si le damos nuestro voto, en general la mayoría de los publicistas han aconsejado mal a los postulantes o bien han errado absurdamente en la elección de la foto y los símbolos de campaña. Algunos símbolos que intentan caracterizarlos y actuar por asociación, son tan inexpresivos como los “bigotes” utilizados por la UCR, que en algunos afiches adquieren connotaciones escatológicas y en otros se asemejan a una llana de albañil; ergo: hay que explicarle a quien no es de acá, que esos aditamentos amorfos que dibujan sobre o bajo el nombre de un candidato radical, excepto el de Eduardo Costa, es porque por coincidencia o elección la mayoría de ellos luce el “bigote cepillo” y de allí la comparación (¿?). Otros, como es el caso del candidato del FPVS Raúl Cantín, aplica la anacrónica y contraproducente imagen de un asterisco, símbolo antipolítico si lo hay, ya que, naturalmente, el asterisco remite a una acción dudosa, que necesita aclaración o ser explicada; ademá,s la representación esquemática que simplifica el símbolo, semeja un escupitajo.
Salvo raras excepciones, la imagen del candidato “en vivo” tiene poco que ver con la que muestran las gigantografías donde lucen sonrisas forzadas y perfiles de baja producción. En ese mismo sentido están alineadas las “propuestas” que cada uno tiene y con las cuales tratan de seducir al votante.
Los discursos y propuestas de quienes aspiran a un cargo, ya sea municipal o provincial, son patéticas. Inconsistenes y de una liviandad absoluta, generales, sin el abordaje técnico necesario para esclarecer y no confundir, sin decir cómo hacerlo y hasta en algunos casos con desconocimiento supino; reducida a la crítica por parte de los candidatos de la oposición y un panegírico sobre el ex presidente, como denominador común en todos los postulantes del FPVS. Nadie dice exactamente qué hacer y cómo hacerlo. Las bases de las “propuestas” son prácticamente un “desiderátum” de lo que a todos nos gustaría que fuera la provincia y la ciudad, pero nadie tiene claro cómo lograrlo.
Los que están y van por la reelección hablan en sus discursos como si hubieran llegado ayer a la función pública y prometen hacer lo que no hicieron hasta hoy, transformando a las promesas de campañas en la autocrítica que se negaron a realizar durante sus sucesivos mandatos.
Han achatado a la prensa que escribe de (y sobre) los candidatos de todo pelo y linaje sin profundizar, sin preguntar, sin sondear, sin comprometer ni incomodar. Las empobrecidas hojas de los diarios locales y provinciales (más empobrecidas en campaña) son cartillas de propaganda política donde los probables diputados, concejales, intendentes y gobernadores predicen el futuro brillante que nos brindarán y ríos de tinta imprimen los diarios capitalinos para cumplir con la pauta, pero sin exigir un verdadero compromiso con la verdad de cada candidato transformando en publinotas desechables, largas declaraciones de (en algunos casos) personajes intrascendentes o reiterativos de la política vernácula, que han dicho lo mismo una y otra vez para rellenar sus espacios de campaña.
En definitiva, el votante del 23 de octubre entrará en el cuarto de la confusión, más que en el cuarto oscuro. Los que sueñan con ser arrastrados por la figura del gobierno nacional, hablan poco, cruzan los dedos y rezan para que la gente no corte boleta. Los otros, los que tiene pocas chances en la presidencia, alientan el corte de boletas y suman más confusión a la confusión. El PJ subido a la ola triunfalista de las primarias, no cree que la elecciones del 23 sean otra cosa que un trámite y actúa en consecuencia. La oposición, disgregada y errática, busca hacer frentes para combatir al kirchnerismo y mezcla la sal con el azúcar y terminan conformando un cóctel increíble como tener la opción, dentro del Radicalismo en Santa Cruz, de votar para Duhalde presidente, dado que el sector político que representa el ex presidente, está asociada en la provincia con la UCR.
Todo confuso, demasiado tal vez, para un acto tan simple como es el de votar a quien uno cree puede representarlo en un cargo electivo. “A río revuelto…”, dice un viejo proverbio y solo basta darle un repaso a las listas de quienes se postulan para ver cuántos son los pescadores que obtendrán ganancias.



Comentá la nota