"Somos tan inmigrantes como los antepasados de Macri"

Los habitantes del Parque Indoamericano protestaron por los dichos del jefe de gobierno porteño; pobreza y marginación, la dura realidad de cientos de familias forzadas a buscar un lugar donde vivir

Si algo le faltaba a este escenario, era la lluvia. Literalmente, la tormenta terminó de embarrar la situación. Desde el puente que desemboca en la avenida Castañares, se observan cientos de carpas improvisadas. Lejos de ser un campamento de lujo, en el lugar se mezcla el hambre, la basura, el barro y la necesidad de muchas familias que llegaron allí empujados por la desesperación.

Bajo una de las carpas, tres mujeres se acurrucan y tapan a los niños con lo que tienen a mano. El olor a humedad y a podrido es insoportable. La lluvia hizo que descendiera la temperatura, factor que sólo hace que la situación sea más difícil de sobrellevar.

Desde una carpa vecina se aproxima otra mujer a ofrecer el guiso que cocinaron con lo que aportaron entre todos.

"Sí, somos extranjeros. Pero somos tan inmigrantes como los antepasados de Macri y de todos los argentinos", dice un hombre boliviano que se protege de la lluvia bajo un techo improvisado con tela y algunos palos.

Se refiere a los dichos del jefe de gobierno porteño sobre los ocupantes de los terrenos del Parque Indoamericano. Se tapa la cara, entre enojado y triste, y protesta porque se siente discriminado por funcionarios y vecinos. "Sólo queremos una vida digna", dice entre dientes.

Las mismas palabras repiten todas las personas que, como pueden, resisten en el lugar, en medio de tiroteos y cruces políticos.

Video: el Parque Indoamericano, por dentro

Paraguas en mano, Henry invita a lanacion.com a recorrer el lugar. "Para que vean con sus propios ojos que no somos narcotraficantes", aclara. Henry tiene 28 años y vino desde Bolivia en busca de una vida digna. Tiene dos hijos: una niña de 5 años y un niño de apenas dos meses. "Los saqué de acá porque después del enfrentamiento de ayer no quiero arriesgar sus vidas", cuenta el joven padre.

Lo que más necesitan con urgencia, asegura, son sanitarios. "No podemos vivir como animales", dice. Le preocupa la acumulación de basura y el hecho de que la lluvia acelere el proceso de putrefacción. Pero, por sobre todas las cosas, no deja de insistir en que no son delincuentes. "No nos conocen y están distorsionando la realidad. Van a provocar una guerra civil. Incitan a los vecinos a que vengan a patotearnos. No somos ladrones. Trabajamos, queremos vivir bien, pagar la luz y el agua, tener una vida digna", repite Henry.

Por la calle ahora sí se ven los móviles de la Policía Metropolitana. Son unos 5 o 6 autos que pasan lentamente patrullando los alrededores del parque.

"¿Narcos? ¡Ja! Si fueramos traficantes no estaríamos resistiendo en chozas con nuestros hijos. Tendríamos una mansión y mucha plata", ironiza una joven que, junto a otras mujeres, se amontona al reparo de otra de las carpas de la zona.

Es mediodía y en dos o tres de los cientos de chozas improvisadas, algunos se juntaron a preparar algo de comer. La lluvia amainó, pero no paró del todo. En otro rincón, Aurora recuerda con terror los hechos de la noche anterior.

"Corríamos para todos lados, nos rozaban las balas", dice la mujer, también oriunda de Bolivia. Aurora vino a la Argentina hace ya varios años. Tiene una hija que es madre soltera. Durante mucho tiempo, Aurora trabajó de lo que pudo: cocinera, empleada doméstica, niñera. "Hoy ya no me toma nadie porque soy mayor. Además estoy enferma, tengo mal la columna. Me las arreglo con algunas changas, para ayudar a mi hija y a mi nieto", dice.

Los tres alquilan una pequeña habitación en una de las villas que rodean el parque. "Dormimos todos sobre un mismo colchón porque no tenemos más espacio. Para colmo, no nos quieren alquilar más porque les molestan los chicos. No tenemos donde ir", cuenta la mujer de mirada triste.

Si bien cuando el juez Gallardo dictó la medida de no innovar, la ciudad se comprometió a proveer comida, agua y ayuda, estas familias aseguran que no les llegó absolutamente nada. "Nos ayudamos entre todos. Pero nadie nos dio nada", dice Henry.

Mientras tanto, más allá de las discusiones sobre la nacionalidad o los derechos que les competen, la realidad es que estos cientos de familias continúan acampando, con lluvia o con sol, en medio de enfrentamientos protagonizados por bandas armadas y discusiones políticas que, como dice Henry, "no tienen nada que ver ni con el problema ni con la solución" que necesita este conflicto.

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