Por Martín Kohan.Las frases del general Perón son atesoradas por sus seguidores como gemas de verdad cristalina, como compendios epigramáticos de cabal sabiduría histórica.
Y sin embargo no fue así. Para nada: ahí está don Antonio Cafiero, patriarca justicialista, pintón y casi nonagenario, referente de la política nacional, caudillo ilustre. ¿Qué es lo que hay que entender, entonces? ¿Que en su momento a las palabras del líder les faltó eficacia? Imposible, impensable, inadmisible; no hubo jamás palabra tan eficaz en la historia política como la del general Perón. ¿Entonces, qué? Acaso esto: que esas palabras no buscaban cerrarle el camino, sino abrirle un atajo mejor; para nada sellar su caída, más bien acomodarlo en algún lugarcito propio.
“Cafierito”, dijo Perón, con afecto y hasta ternura en el uso del diminutivo; si hay un reto, hasta parece ser el que se podría dispensar a un niño. “Se quedaba con los vueltos”: robo –travesura, descuidismo o avivada, pillerías de menudeo. Perón no trató de acabar con Cafiero: lo constituyó en el pícaro que desde entonces nunca dejó de ser, lo consagró para siempre en la gestualidad del guiño de ojo y la verdad dicha con el costado de la boca.
Acaban de nominar a Cafiero como revelación masculina por su actuación en Pájaros volando, de Néstor Montalbano, donde hace de vendedor de boletos de micro. Cafiero le agradeció a Diego Capusotto la convocatoria, confirmando así lo que se viene diciendo de él, después de su Bombita Rodríguez y su Violencia Rivas, después de su Perón Prodan “rodeado de viejos vinagres”: que el suyo es uno de los más agudos y sostenidos intentos de entender o de explicar esa cosa que nos pasa que se llama peronismo.

Comentá la nota