“Yo padecí dos secuestros”. Imelde Sans comenzó su relato poniendo en relevancia la palabra ‘secuestro’ como ningún otro testigo lo había hecho hasta el momento. Ella, Armando Alvarez y Ariel De Siervo detallaron en sus testimonios los tormentos sufridos durante sus días en cautiverio. Además, se reveló cómo desde la represión ilegal se aprovechaba para despojar de sus bienes a las víctimas.
Los integrantes del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº 1 de La Plata Carlos Rozanski, Pablo Vega y César Álvarez escucharon los testimonios, que solo se frenaron en dos cuartos intermedio.
Además de los testimonios de las torturas, la ex jueza Mary Mitchell relató cómo siguió un proceso contra la policía durante el año 1976, por la tortura de dos menores de edad que habían sido detenidos en un bar y picaneados en la Comisaría Primera.
Por su parte, Ana María Lanfranco relató como la policía y el ejército vigilaban su librería para saber quiénes ingresaban y qué compraban. “El señor Gómez Pola se paraba los sábados a la mañana en la entrada y vigilaba desde allí”, graficó.
Otro de los datos determinantes surgidos en la audiencia de ayer, es que la localidad de Agustín Roca volvió a ser señalada como una de las elegidas por los represores para torturar a los detenidos. El dato se conoció sobre el final de la jornada, con el testimonio de la hija de Pedro Real. El hombre, militante radical, fue secuestrado de su casa y llevado a Roca, donde fue brutalmente torturado con picana eléctrica.
La tortura en primera persona
“Me tuvieron sentada en una silla durante 14 días sin poder ir al baño, menstruando. Me daban muchos golpes en la cabeza, por lo que después sufrí de una hipoacusia. Me pegaban contra la pared y me hacían preguntas insólitas”, contó Imelde Sans sobre su primer secuestro, el día que su hija Paula festejaba el cumpleaños.
Aquella madrugada le había dado refugio a Susana Bogey, a quien ayudó a escapar al día siguiente por intermedio del doctor Domínguez. Esa tarde fue secuestrada de su vivienda, que fue destruida y saqueada por los militares, a la vista de todos los vecinos. Antes vio a Luciano Guazzaroni pasar en un Ford Falcon, siguiendo al vehículo en el que se iba Bogey.
“Padecí mucho los golpes, me la golpeaban contra una pared, así (hace el gesto). Me preguntaban muchas pavadas que no tenían respuestas. Además me daban patadas continuas a las piernas. Así estuve catorce días, hasta que alguien vino y me dijo ‘yo no soy como ellos, querés mandar algún mensaje’. Le dije que le diga a mi papá donde estaba. Creo que esta persona cumplió con lo que dijo”, contó.
Al otro día le trajeron un balde de agua para que se higienice, pero nunca le sacaron la capucha. La subieron a un móvil, con el que dieron varias vueltas hasta devolverla a la Comisaría Primera.
“Pena hace una gran actuación, y me pregunta señora qué le ha pasado”, relató y agregó: “fue todo un gran simulacro”.
De ahí la pasaron a una celda común, donde había más detenidas. Una de ellas era Susana Bogey. Así estuvo una semana más. Tras eso perdió su trabajo en el estudio jurídico Meza.
El otro secuestro fue el 24 de enero, junto a los integrantes del COART. “Me sacaron de mi casa, en la que estaba mi hijo Gustavo y su mujer embarazada. Me subieron a un camión y nos llevaron a la comisaría. Las dos veces me robaron todo”, recordó.
De ahí la llevaron a la UP 13, que estaba en construcción. “En la espera escuchaba cómo torturaban al resto. Hasta que me tocó. Me pusieron en una cama, me pasaron la picana eléctrica. Siempre riéndose. Me pedían que nombre gente, y yo no sabía nada”.
“El dolor era insoportable”, dijo y agregó: “me atendió un médico, porque estaba muy dolorida. Era Aldo Chiachetta, al que conocía desde la secundaria. Pero él se hizo como que no me conoció”. Sans dijo que fue violada “física y moralmente”.
Señaló, además, que le preguntaban por “mariposa”. “No sé quién era, después me entero que esa era yo. Que era mi nombre de guerra, según lo que se había publicado en el diario”, indicó.
“Si este se muere, matamos a los otros 13”
Ariel De Siervo era parte del COART. La madrugada del 24 de enero de 1977 lo sacaron de su casa y lo llevaron con la cabeza cubierta con una capucha hasta la Comisaría Primera y después a la UP 13. Allí sufrió, después de una de las sesiones de tortura, dos paros cardíacos.
“Cuando volvió mi conciencia, vi al lado mío a Aldo Chiachetta, que era el médico de la policía y al que conocía porque nuestros hijos jugaban juntos. Unos días antes del secuestro había estado en mi casa festejando un cumpleaños”, contó.
Además, dijo que el médico recomendaba que lo llevaran al hospital, pero que el militar que estaba a cargo le dijo: “este de acá no se mueve, si se muere, matamos a los otros 13”.
De Siervo dijo que las sesiones de tortura eran diarias, que sabía que cuando lo venían a buscar y lo hacían subir una escalera, era porque se venían los tormentos.
“Me tiraban en una cama y me pasaban la picana en los testículos, las encías, en el dedo gordo, al que me lo terminaron quemando. El día de los paros cardíacos me taparon la boca con una toalla porque gritaba mucho”, recordó. “La picana en las encías aflojó mis dientes, a los que fui escupiendo uno por uno. Salí del secuestro desdentado”, agregó.
De Siervo era socio de una distribuidora de ropa de Juan José Martín, que también fue secuestrado. Cuando salieron se encontraron con que les habían saqueado los dos negocios que tenían. No les dejaron nada. Para seguir adelante tuvo que vender su casa y su socio un departamento. Esto fue ratificado por la mujer de Martín, Elba Fontanes.
“Los interrogatorios eran solo para la tortura. Preguntaban pavadas, cualquier estupidez. Los médicos (aquí surgió el nombre de Farah) estaban para controlar que no se les pase la mano”, contó y agregó que hubo momentos en los que sufrían simulacros de fusilamiento.
“Manzanares me
dijo que hable, que
no tenía problema en
empezar de nuevo”
Armando Álvarez también fue detenido el 24 de enero. Estaba junto a su novia Ana María Rinaldi en el hotel Los Pinos. De allí los trasladaron a la Comisaría Primera, en autos particulares, sin matrícula. El pianista estuvo todo el tiempo encapuchado, mientras que su novia no.
“Me encapucharon y me llevaron a la UP 13, nos torturaron con picana eléctrica, con todos los chiches”, contó Alvarez.
“Al único que vi dos veces es a un militar petiso, que no reconocí. Vino dos veces, en una de ellas con el fotógrafo Correa, que me sacó fotos”, señaló.
Además, dijo que también lo vio a Chiachetta, quien le preguntó qué le habían hecho. Después de eso lo llevaron nuevamente a la comisaría, donde lo llevaron al despacho de Pena, en el que estaba Mastrandrea. “Le pregunté cuándo iba a salir y me dijo que se sabía cuando se entraba pero no cuándo se salía, si se salía”.
También dijo que Manzanares le tomó declaración y que como Alvarez no se acordaba, le dijo “hablá, que no me cuesta nada empezar de nuevo”. El pianista inmediatamente lo relacionó con las torturas sufridas.
Tras eso fue trasladado al penal de San Nicolás, y al llegar “nos dan una flor de paliza. El que nos recibió dijo que agradezcamos, que solo nos pegaron, porque a Torreta (hace un gesto de degüello con el dedo sobre su garganta)”.
El pianista dijo que esas experiencias, como la de estar encerrado en un baúl durante mucho tiempo, le generaron la claustrofobia que hoy sufre. O el miedo al cierre de las puertas de los cajeros automáticos. “El trick ese me hace acordar al de la celda”, dijo.
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