El pueblo quiere saber de qué se trata

El pueblo quiere saber de qué se trata
Muchos de los argentinos que, durante el fin de semana, se tomaron unos minutos para escuchar el discurso que dio la Presidenta Cristina Fernández durante la presentación de sus candidatos que competirán en las elecciones legislativas, se deben haber preguntando: ¿de qué habla esta mujer con eso, que tanto repite, de “la década ganada”?
Se trata de uno de los tantos giros discursivos que suele utilizar el kir­ch­ne­ris­mo para intentar esconder una realidad diametralmente opuesta a lo que se dice desde la Casa Rosada. A esta altura de los acontecimientos, solamente pueden con­si­de­rar que hubo “una déKada ganada” aquellos funcionarios y amigos del poder que llena­ron bóvedas privadas, saquearon arcas pú­bli­cas y se enriquecieron vilmente a costa del hambre de una parte muy importante de argentinos. Como si eso fuera poco, hicieron infames negociados desde el estado que ter­minaron produciendo muerte y des­trucción. Los 54 muertos como consecuencia de los choque de trenes en Once y Castelar son una clara muestra de ello.

Los ejemplos de la devastación se multiplican. Luego de una década en el poder, de cada área del Estado brota pus, un olor putrefacto de las nefastas políticas de un gobierno que no sólo desaprovechó un contexto internacional marcadamente favorable, como no había tenido la Argentina en los últimos 50 años. Peor aún, cuando los K dejen el poder, en diciembre de 2015, quien asuma las riendas de la conducción del país deberá hacer frente a una inflación galopante, a un país sin infraestructura y con servicios absolutamente precarios. Y a un universo enorme de compatriotas que deben sobrevivir de las dádivas miserables que reparte el Estado de manera absolu­ta­men­te discrecional, con los métodos más infames del clientelismo político.

En distintas notas, que saldrán publicadas en esta edición, intentaremos demostrar como la realidad desmiente cada uno de los principales anuncios que ha hecho el gobierno en los últimos años. Por eso, en caso de cumplirse los deseos de la Presidenta, de poder mantenerse otra década en el poder (violando la Constitución y avasallando las instituciones), corremos se­rio riesgo de desaparecer como nación.

Lamentablemente para los K, hace rato que la población ha decidido dar vuelta la página y dio sobradas muestras de que no tolerará el proyecto de haya “Cristina eterna”, como proponen algunas afiebradas mentes de la Casa Rosada, que hasta han inventado a candidatos seudo opositores, co­mo Sergio Massa, para luego poder comprar fácilmente su adhesión en el congreso. El rechazo a los proyectos de perpetuidad se hicieron visibles durante las marchas del 8N (8de noviembre de 2012) y 18 A (18 de abril de este año), mientras que ahora se avecina el denominado 8 A (8 de agosto), donde se espe­ra más de un millón de personas, autocon­vo­cados en los principales lugares públicos del país, exigiendo cambios.

Mantenerse en el poder a cualquier precio, como pretenden algunos K, sólo puede generar caos y anarquía. Y eso es lo peor que le puede pasar a un pueblo como el nuestro que desea poder vivir en paz, con un gobierno que brinde seguridad jurídica y genere las condiciones para que haya empleo genuino.

No es necesario copiar ningún modelo exó­tico del exterior. Solamente, hay que ver lo que era nuestro país hace poco más de 50 años (en términos históricos, equivale a un pestañeo), cuando se fabricaban productos de alto valor agregado, el sistema productivo satisfacía ampliamente la demanda de la población (por ello la inflación era apenas un indicador más, y no afectaba la calidad de vida ni el poder adquisitivo de la población), y abundaba los puestos de trabajo de calidad (no se conocía lo que era la desocupación).

Durante aquella época, en nuestra región, donde la presidenta vivió hasta que decidió irse con Néstor Kirchner al sur para hacer negocios financieros (comprando casas de deudores hipotecarios a precio vil), el empleo público administrativo era prácticamente insignificante en relación a las oportu­ni­da­des laborales que ofrecían las abundantes fábricas y talleres que se levantaban en la periferia. El desarrollo de Marina Mercante hizo que los Astilleros de Ensenada adqui­rieran fama mundial: los frigoríficos de Berisso le daban valor agregado a la pro­ducción agropecuaria y empleaba a miles de obreros; YPF y gas del Estado se encon­traban en esplendor, con planes estraté­gi­cos que permitían que todos los argentinos pudieran tener acceso a combustible y ener­gía barata.

La destrucción de todo lo que era el país más pujante del continente, en materia económica y social, no se produjo de la noche a la mañana. El quiebre fue el arribo de la dictadura militar en 1976, que impuso la política económica neoliberal de Martínez de Hoz a sangre y fuego; continuó en los ´90 durante el menemismo con la entrega del patrimonio nacional (con la complicidad de los K, que gobernaron Santa cruz durante toda la década), y se terminó profundizando en el gobierno kirchnerista.

Tras estar en el poder más tiempo de lo que duraron las dos primera presidencias de Juan Domingo Perón, los K no modificaron en absoluto el panorama de exclusión y desigualdad que comenzó a configurarse durante la dictadura. Y no lo hicieron, básicamente, porque jamás tuvieron la decisión política de llevarlo adelante. Contaron con abundante excedentes económicos, generados por un mundo que a principios de la década pasada demandó masivamente los alimentos que se producen en el suelo argentino. Todos esos recursos se dilapidaron en clientelismo, en mantener el voto fácil, sin generar las condiciones para que haya inversiones que le permita a la gente poder progresar en función de su propio esfuerzo y sacrificio, sin ser tomado de rehén por ningún gobierno enfermo de poder.

La “DéKada ganada” también deja un país con mucho mas inseguridad, con una justicia seriamente dañada en su indepen­den­cia por culpa de los embates del propio gobierno; y con una moneda nacional que, producto de la inflación y la alocada emisión para sostener el gasto público improductivo, tiene menos valor que el cartón pintado.

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