Hernán de GoñiEl objetivo que le puso Cristina Kirchner a Julio De Vido está desafiando la enorme capacidad de diálogo de la que hizo gala hasta ahora el ministro de Planificación. Convertido en el principal interlocutor del acuerdo social, sus avances están respaldados por compromisos todavía frágiles. Si ha conseguido construir algunos consensos, es porque los empresarios aún prefieren aceptar cualquier promesa de racionalidad a la posibilidad de que la pelea salarial se desboque por completo en 2011.
En este sentido, el Gobierno supo entender que si torcía esas expectativas, podría cumplir varios objetivos a la vez: desactivar un factor de presión sobre la inflación, y darle un sustento real a la percepción de que el horizonte económico se está despejando.
Pero la fe no se construye solo con palabras. Los gremios, acostumbrados al lenguaje de los números, no van a aceptar tan dócilmente que su poder de negociación quede licuado en los intereses electorales del kirchnerismo. Si el acercamiento al FMI puede ayudar a blanquear la inflación, es un avance. Pero para que las promesas sectoriales no se caigan, lo que falta es que toda este circuito tenga un verdadero cable a tierra: un sendero descendente de precios y salarios


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