Una existencia simple puede tener, como en este caso, caras atractivas. El kiosquero-canilla que va todos los días por la ciudad en su bicicleta encuentra motivos para pensar que la vida tiene sentido.
Así somos en esta sociedad prejuiciosa, que no pocas veces se nutre de apariencias, del manejo prolijo de los modos por el qué dirán, que nos mantiene atentos a la pacatería que nos pueda hacer transitar la vida en forma más o menos decorosa. Pero es verdad que también hay otros individuos que suelen tener menos filtros, que muestran menos condicionamientos, y se mueven al compás de sus propias pasiones, mostrándose tal cual son... y es allí donde asomarán los que los enrolarán como "locos", alterados, o como tipos que no saben -y quizás no les interesa- mostrarse donosos para aparecer simpáticos ante el resto de las gentes.
El viejo canilla.
Carlos Ceccani, o el Flaco, o el Flaco Flamarhe, o el Loco Ceccani, o Carlitos, es de esos tipos que algunos verán cotidianamente como el canilla que lleva sus diarios y revistas, como el tipo que parece vivir en un estado de cierta exaltación, porque habla alto, porque dice lo que piensa sin querer ser complaciente a la mirada de los demás.
Lo conozco hace mucho, cuando se le ocurrió que iba a incursionar en el sóftbol -un círculo minúsculo deportivamente hablando, pero que tiene su historia, sus historias, y también sus protagonistas-, que dice es una actividad que lo marcó y que, al cabo, le deparó algunos de sus mejores momentos.
Pero más allá de eso Carlitos es un personaje que vale la pena conocer. Porque detrás de esa máscara de hombre polémico, encendido, que no le escapa a las definiciones, tiene claras algunas cosas. A mí se me ocurre que es de esas personas que más de una vez pueden aparecer casi atormentadas aferradas al ejercicio de pensar, de darle laburo a la mente en eso de tratar de entender qué es la vida... sin encontrar nunca la respuesta que nos ayude precisamente a eso, a vivir. Simplemente a vivir.
"Cosas para contar".
Su vida es como la de tantos laburantes. Él mismo creyó que podría ser más o menos interesante contarla, y Griselda -"mi compañera, mi apoyo permanente", la define- lo alentó: "Vos debieras estar en estas páginas", le dijo un domingo cualquiera desayunando mientras hojeaban estas notas de LA ARENA.
El teléfono me devuelve una voz conocida. "Mario, quiero hablar con vos. ¡Urgente!", escuché hace días. "Tengo cosas para contar", me expresó decidido.
Después, a rasgos gruesos me iría dando detalles, aspectos de su existencia. Y cuenta: Que nació hace 61 años -por estos días llegará a 62-, que "la mamma, Cesira me trajo desde su Alatri de Frosinone, Italia, de polizón, porque estaba embarazada de tres meses. Constantino, mi padre se quedó allá, haciendo el 'servizzio militare' y trabajando la tierra, ajena, por supuesto".
Y sigue: "Al principio vivíamos en la casa del tío Francisco Padovani, en calle Sarmiento entre Pico y Villegas. ¿Primo lavoro de la Cesira? 'serva' (empleada doméstica) en lo de Carlos Battaglia, en Moreno casi Mansilla. A mis cuatro meses de vida llegó el viejo, y obvio, también a laburar, primero en el asfaltado de calles Alvear-Alsina, después, promediando la primavera del 52 a un chalet de vacaciones de una familia de Catriló, hasta principios del 63. En el interín habían nacido Mario Alberto y Cesar Osvaldo, mis hermanos".
En Santa Rosa.
Carlos recuerda luego que se vino "a terminar la primaria en la Escuela 4, "parando en lo del Gino, hermano de mamá, en Duval 65. ¿Cómo era de chico? En el pueblo, en Catriló, era Carlitos, un buen pibe, hiperkinético, polideportivo, fútbol, rugby, natación, ciclismo, polo. Sí, polo, ¿me creés?". La verdad, me resulta difícil Carlitos imaginarte arriba de un petiso y a los tacazos con una bola...
"En Catriló fue una infancia casi perfecta. Muchos juegos, deportes pero también trabajo. Dice Raúl González Tuñón que empezó a trabajar a los 4 años... bueno, es mi caso: Es simple, ya llegaban mis manos a la desnatadora y mientras el viejo iba ordeñando, yo a sacar crema... eso si los primeros chorros caían en la media galleta que tenía preparada", menciona.
Llegada a Santa Rosa.
Cuando Carlitos Ceccani llegó a Santa Rosa, el resto de la familia se iba a un campo en la zona de Miguel Cané. Ingresó a 5º grado, con algunos compañeros "como los Acosta, que vivían en la Rural, Alfaro, los Einaudi, Martins, Jorge Cenizo. Con estos dos últimos más Hugo Miglione formamos un fallido grupo folklórico que ensayó y ensayó, pero nunca debutó", recuerda ahora.
"¡Qué rápido pasó la niñez!, llegó la adolescencia y el secundario en el Nacional y por la tarde interminables picados en los potreros del barrio. Como tenía buen físico y muchas ganas me prendía en los entrenamientos del Deportivo Penales y de All Boys, y lo bueno es que quisieron ficharme. En los 'carceleros' el Negro Gómez -le decían "El chanfle"-, con All Boys entrenaba más al atardecer, y un día tuve mi momento de gloria, cuando en el arco norte le atajé cuatro o cinco mano a mano al Pity Kraemer... sí, al mismísimo Oscar Felipe Kraemer, que después jugó con Facio, Zabala y todos esos grandes. Al final del entrenamiento el profe Luis Romero, el director técnico, mientras caminaba dijo las palabras mágicas: hay que fichar a ese arquero. Pero no sucedió y nunca jugué oficialmente", rememora.
El deporte, el menemismo...
A todos nos debe pasar. Detalles de los que ningún otro se acuerda, tal vez nimiedades que en nuestras mentes ocupan no obstante un lugar definitivo e indeleble. "Hay que fichar a ese arquero... pero no, no hubo arquero de All Boys, ni de Penales ni Sarmiento que también me buscaba".
Carlitos habla y mueve esas manos grandotas de arquero que no fue, y menciona la vuelta al deporte del bate. "Era creo que el '84 vuelta al sóftbol y menos lanzador y receptor, todos los puestos. Lo disfruté mucho y le puse todo el fervor. Había jugado antes, y obvio entendía que el tiempo perdido de la primera juventud no volvería, pero cada batazo, cada carrera, cada fly out, eran una pequeña gran revancha. Soy claro, lo disfruté a pleno".
Pero Ceccani es un hombre comprometido y no olvida. "Vendría el menemismo y cuando pasó todos éramos un poco más pobres y más idiotas. Sí, los pro menemistas y los anti, y así nos toma la Alianza que termina con todo yéndose al diablo".
Movilidad social.
Carlos no puede dejar de referirse a aquella ambivalente sensación de alegría y de angustia que se dio en ese momento: "De la Rúa que se va en helicóptero y mi hijo Marcos que regresa con el título de ingeniero Aeronáutico. Te juro, todavía me vuelve la cambiante sensación de alegría por el logro de mi hijo mayor y la angustia de un país saqueado. Después sería Hernán, el menor, que en 2006 se recibe de ingeniero en Recursos Naturales".
¡Dos hijos ingenieros! ¡Qué tal!, le digo. "Y sí, son mi gran orgullo. Los hijos del kiosquero-canillita profesionales... mirá si no es país único el nuestro. Con esa movilidad social que envidiarían tantos otros... ¿por qué no pensar que podemos ser mejores?", razona mientras su mente se traslada a Neuquén, donde los dos muchachos, ya hombres, ya padres de familia, lo iban a disfrutar en este domingo de Pascua cuando fuera. "Sí, me convirtieron en abuelo de Irina y Sofía". "¿Te cuento un secreto?", me dice bajando la voz hasta transformarla en un susurro... "Ambas tienen un problema: no son lindas... son muy lindas".
El Loco Ceccani -no tiene un ápice de eso, seguro-. Así como es, tómelo, o déjelo. Lo verá pasar cualquier día de estos, desandando las calles con su bicicleta cargado de diarios y revistas, lo verá parado en una esquina discutiendo con alguien por algún motivo, tratando de hacer pesar su punto de vista. Extendiéndose en ese comentario agudo e inteligente, esperanzado en que las cosas van a cambiar. Y para bien... "Flaco./No te quedes triste/todo no fue inútil/no pierdas la fe.../En un cometa con pedales/¡dale que dale!/ (Osvaldo Ferrer)
Interesado por los Derechos Humanos.
La presencia paterna ha sido fuerte en la niñez y adolescencia de Carlos Ceccani. A fines del 69 le llegó "la obligación" de ir a la escuela penitenciaria. "Fue un año de mierda... siempre estuve preso y la pasé mal. Conocí Caseros y Devoto de las rejas hacia afuera y fue suficiente. Me hice echar y volví a santa Rosa", relata.
Ingresó en Ciencias Humanas, participó de las movilizaciones por la nacionalización de la universidad, luego el servicio militar en el Distrito y enseguida el casamiento. "Fui padre, de Marcos, muy jovencito. Llegó el día del 'rodrigazo' ¡Vaya fecha de nacimiento".
Es buen dactilógrafo, y como tipeador trabajó un tiempito en LA ARENA, y también en Nuevo Diario, un periódico que salió un tiempo en Santa Rosa.
Después en la Dirección Prensa, en época de Regazzoli, "pero no me pagaban nunca y me fui, y también en Vialidad Provincial cuatro años. Vino el golpe, el nacimiento de Hernán... Pero eran tiempos de horror: La Gringuita Lucía que no volvía, Daniel Elías tampoco. En el '87 el divorcio, que fue difícil por los de afuera más que todo...", menciona.
"Pero las contrariedades me hicieron más fuerte... Me acerqué a la CPE de la mano de Pablito Fernández, un hermano para mí, y fui delegado. Me intereso por lo social y sigo vinculado", cuenta de su interés por el cooperativismo. Pero no sólo eso, porque los movimientos de Derechos Humanos lo cuentan en la militancia.
Hay un detalle que no se puede obviar: frente a su kiosco, en el 81, se instaló el IV Cuerpo de Ejército. "¿El trato con ellos? Ahí, a lo milico, civilizada, de convivencia", explica.
Una relación ambivalente.
Hay una cuestión no resuelta en Carlos, y tiene que ver con una relación ambivalente con su padre. Es que a veces el cinturón, o la fusta, eran utilizados para castigar las travesuras. Los tiempos cambiaron, mucho, pero no olvida aquello. "Es cierto que jugábamos al fútbol, corríamos en bicicleta, y allí le ganaba siempre... Pero había otros momentos complicados...", cuenta con un dejo que va entre la tristeza y algo de dolor... "¿Querés que te diga?, me gustaba mucho ir al cine, y te aseguro que me identifico en un todo con la película 'Padre padrone'. Y con eso te digo todo, ¿no te parece?".

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