El presidente habló en público de la amenaza, que creció luego de que el debate se rompiera
Tan extrema parecía la situación que, por primera vez desde que esta crisis empezó, Barack Obama barajó públicamente el escenario de una moratoria de pagos que, en caso de ocurrir -según dijo- sería responsabilidad del partido opositor.
"Si entramos en moratoria, entonces vamos a tener que hacer ajustes'', advirtió Obama en una conferencia de prensa en la Casa Blanca, organizada tan contra reloj que apenas un puñado de periodistas pudo llegar a tiempo. Sin embargo, y tras manejar esa grave posibilidad, el propio presidente pareció volver sobre sus palabras y expresó esperanza en que no se llegue a eso.
"No entraremos en impago. Confío en eso y en que el lunes [por pasado mañana], cuando abra Wall Street, tengamos mejores noticias", dijo, en alusión a la crisis de confianza global que, según coinciden expertos, dispararía un default en este país.
La eventualidad de que Estados Unidos entre en default fue catalogada de "catástrofe" para la confianza financiera global por expertos y figuras políticas de ambos lados del océano Atlántico.
El plazo para evitarlo se agota el próximo 2. Anoche, tras una semana de arduas negociaciones entre las partes, las gestiones se empantanaron por completo y dejaron el peor escenario a la vuelta de la esquina.
El abrupto giro se produjo cuando el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano John Boehner, confirmó la ruptura de conversaciones con Obama, en quien dijo no poder confiar para esto.
Boehner dejó, en cambio, abierta la posibilidad de una difícil negociación con los demócratas en el Senado. Pero no con la Casa Blanca, a la que descalificó con la idea de que "negociar algo allí es tan cambiante que uno tiene la impresión de que se dialoga con un pote de gelatina".
Obama no fue menos duro. Acusó a Boehner de no poder gobernar a su propio bloque, de ser incapaz de comprometerse con una propuesta y de jugar con la economía de los norteamericanos al abandonar la negociación. "No me preocupa tanto que no me conteste las llamadas; mucho más me inquieta escuchar lo que pasará si no encontramos una solución a esto", dijo Obama.
Presionado, el presidente emplazó a todos los líderes parlamentarios -incluido Boehner- a que hoy a las 11 estén en la Casa Blanca para que le expliquen cómo se evitará el default. Anoche, pese a su enojo, el líder republicano confirmó que asistiría. Lo hizo con un lacónico yes y sin dar precisiones sobre qué pensaba decir cuando llegue el momento del cara a cara con Obama.
Pese a lo difícil del momento, aquí domina la convicción de que, con dramatismo, se llegará a algún tipo de acuerdo que evite el default. "No puedo creer que se llegue a tanta irresponsabilidad", dijo anoche a LA NACION Grover Norquist, directivo de American for Tax Reform, una de las organizaciones que más activamente trabajó en el recorte de gastos.
En lo formal, la ruptura de las negociaciones se produjo por diferencias en la suba de impuestos que quiere aprobar Obama y que los republicanos resisten. "Lo que queremos es recortar gastos y no más cargas fiscales sobre los ciudadanos", dijo Boehner.
Por debajo de eso, anoche hubo quienes veían aquí un juego político de cara a la campaña electoral. En una agónica conferencia, Boehner asoció a Obama con la imagen de un gobernante de quien dice que "prefiere un Estado grande sin importar lo que les cueste a los ciudadanos" y, explícitamente, se pronunció por dejarlo de lado en las tratativas y conversar, en cambio, con los demócratas en el Senado.
"Nadie quiere incumplir las obligaciones financieras", subrayó Boehner, quien dejó así sentado que no permitirán un default, pero tampoco olvidar que las diferencias existen porque "hay visiones disímiles sobre el modelo de país".
El republicano aprovechó para decir que fue Obama quien puso fin a las conversaciones, al alterar las metas y exigir 400.000 millones de dólares en aumentos de impuestos, además de 800.000 millones en ingresos que se hubieran recaudado mediante una reforma amplia del código fiscal.
Entre reproches, lo que está claro es que, antes de que el 2 de agosto suene la campana, se espera que el Congreso aumente el techo de deuda de 14,3 billones de dólares. De no ocurrir, las agencias de calificaciones amenazaron ya con bajar la actual calificación de Estados Unidos.

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